Opinión

Un Secretario General sin clericalismo

Conferencia Episcopal Española
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La próxima semana se celebra la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española con elecciones a Secretario General. Por lo que parece, y es en cierta media lógico, el patio se ha revuelto en los últimos días. 

Da la impresión de que estas elecciones esconden mucho más que la reelección –poco probable- del actual Secretario General, con la designación de uno nuevo.

Lo que debemos preguntarnos es si con la designación del nuevo Secretario, se van a arreglar de forma definitiva los problemas de la Conferencia Episcopal, los de las relaciones entre los obispos, los de la Iglesia en la sociedad española.

Es cierto, y no se puede negar, que los medios, también los eclesiales, hemos metido este proceso, -como ocurre con el de Presidente-, en la dinámica de la política, en analogía con otras elecciones dentro de las instituciones de poder en la sociedad. Y esto está haciendo que se relegue la perspectiva del servicio.

No se elige a un Secretario General no obispo, ni ahora ni antes, para que llegue a ser obispo. No se elige a un Secretario General para que una corriente, o un grupo de obispos, se impongan sobre otros. No se elige a un Secretario General para gestionar de forma particular, en función de intereses particulares o de grupo, de sus amigos, las dinámicas internas de la Conferencia Episcopal, un organismo que expresa la colegialidad, pero que no la agota. No se elige a un Secretario General para que haga magia con los medios. No se elige a un Secretario General para seguir manteniendo determinados niveles de clericalismo asfixiantes. No se elige a un Secretario General para que sea un manager o gestor de abundantes recursos. No se elige a un Secretario General para que viva como un cardenal, por no decir otra cosa. No se elige a un Secretario General para que mire para otro lado aunque llegan los problemas.

Como dice el Papa Francisco, “cuando falta la profecía, el clericalismo ocupa su sitio, el rígido esquema de la legalidad que cierra la puerta en la cara al hombre”. “El clericalismo entraña –también es del Papa- una postura autorreferencial, una postura de grupo, que empobrece la proyección hacia el encuentro del Señor, que nos hace discípulos, y hacia el encuentro con los hombres que esperan el anuncio”.

Para qué, entonces, eligen los obispos un Secretario General. Recurrir a los Estatutos de la CEE es un argumento demasiado obvio.

En este momento de la historia, probablemente, se elige a un Secretario General para que funcione una maquinaria que debe prestar un servicio a los obispos, a las diócesis, a las Iglesia y a la misión de presencia del Evangelio.

A veces da la impresión de que determinados mecanismos de trabajo en la Iglesia están muy alejados de la realidad, incluso del día a día de los católicos, a los que le preocupa, por ejemplo, no el laicismo del gobierno de Sánchez, sino su falta de ética y moral pública.

Los fieles cristianos está preocupados por el futuro de la liberta religiosa y la liberta de educación. Asisten perplejos a este resurrección política de Franco, a una campaña de desprestigio de la Iglesia con el tema de la pederastia, al auge de los populismo también extremos, a un clima de impunidad ante la corrupción, a un serio problema con la pobreza y la inmigración, a la disolución del Estado y de la forma política de la España constitucional, a la pérdida de horizontes de esperanza en el matrimonio y la familia… Para qué seguir. ¿Tiene o no que ver con eso el Secretario General de la CEE? Nadie está hablando de Superman, ni de Spiderman, por cierto.

Quizá lo que habría que pedir es que se elija a un Secretario General libre de clericalismo, en el sentido en el que el Papa entiende el clericalismo. Y estoy convencido de que hay obispos, también auxiliares, y sacerdotes, incluso laicos, que están fuera de las garras de ese estéril clericalismo.

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