Opinión

A propósito de los Heraldos del Evangelio

Heraldos del Evangelio.
photo_camera Heraldos del Evangelio.

Vuelven, por lo que veo, no solo en Brasil, y en América, también en España, los Heraldos del Evangelio a ser protagonistas de determinados medios. Más allá del proceso eclesial al que están sometidos, la construcción de una de sus casas en la diócesis de Getafe les ha colocado en el disparadero mediático hispano.

Tendría que estudiar a fondo un día de estos los sesgos, argumentos y marcos mentales que se utilizan, en los medios, cuando a la hora de abordar a una institución “conservadora” de Iglesia se trata. Es decir, el mantra de “sectarios”, “abusadores”, “censores”, “represores”, “obsesivos”, “patológicos”…

Por ejemplo, en esta narrativa, el papel de los ex miembros o “miembras”. Vamos. Sus ideas, su forma de exponerlas, el lenguaje, la insistencia en algunas cuestiones, los olvidos, la descontextualización como estrategia.

En gran medida, lo que se dice ahora de los Heraldos se ha dicho antes, durante mucho tiempo, de otras instituciones de Iglesia, y no hace falta que ponga ejemplos. El añadido en este caso es que ese imaginario también se alimenta con determinadas decisiones desde dentro de la Iglesia.

Es posible que, en el caso del que hablamos, haya formas y maneras de actuar y de presentarse que no sean del agrado común.

Las botas, los hábitos, la estética militar, las maneras de la devoción a la Virgen, según san Luis María Griñón de Monfort, –je, quien fue perseguido por varios obispos en su tiempo-, incluso sus actos o su música, la sobrecarga de Santo Tomas de Aquino y de tomismo, echen para atrás. No digo nada en lo referido a su forma de vida, su disciplina, su comprensión de la ascética cristiana, sus devociones, el gótico flamígero de sus templos. También depende de quién te cuente todo esto. 

Esto pasa ahora que, para determinado catolicismo, vuelve a estar de moda todo lo referido a las Órdenes militares, históricas, como signo de distinción eclesial. A mis alumnos de historia de la Iglesia, la verdad, lo que les interesa de la Media, son los templarios y los cátaros y albigenses. Hay demasiada gente que se ha quedado en la Edad Media, me parece y no me refiero en la Iglesia solo.

Todo esto, al fin y al cabo, es accidental o está subordinado al fin de la institución, a sus ideales, a su propuesta de vida consagrada, a su servicio. Ya sé que los Heraldos hacen mucho daño a algunos porque fueron, y son, los que con no poca fuerza y sin complejos se opusieron a la Teología de la Liberación en América. Quizá lo hicieron tan a pecho descubierto que así pasa lo que pasa.

Me voy a fijar en un aspecto de su pensamiento y de su vida. Me regalaron hace no mucho tiempo el libro de su fundador, Plinio Corrêa de Oliveira titulado “Revolución y contrarrevolución”. Lo leí en varios tiempos. Coincidió que, por esa época, también leía, más sistemáticamente, el trabajo de Mehran Kamrava, profesor de Georgetown, “Breve historia de la revolución”.

Salvando las distancias, hay un contenido y una tesis similar entre uno y otro libro, entre dos autores que nada tienen que ver, ni por asomo. Es la tesis, propia de quienes conocen la historia moderna y contemporánea, del papel de la revolución, como fruto de la modernidad, en la marcha de los acontecimientos de la historia.

Es decir, el factor revolución como palanca para el progreso de la historia. Y las formas de la revolución una vez que alimentan los sistemas ideológicos, totalitarios, y se nutren de los efectos de esos sistemas, también desde la política.

Que en la Iglesia ha existido la tentación de utilizar el sustrato revolucionario para formular su mensaje, y para su articulación y ubicación en el mundo, es una obviedad. El “Jesús revolucionario”, la “Utopía cristiana revolucionaria”, y demás familia.  

De esto, con el lenguaje y la lógica de su tiempo, escribió don Plinio. Los Heraldos son dignos herederos. Y claro, ya sabemos lo que pasa…

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