Opinión

El gesto de la Inmaculada Concepción

Inmaculada Concepción, de Murillo.
photo_camera Inmaculada Concepción, de Murillo.

Hace apenas unas semanas salió la noticia de una imagen de Santa María en un jardín de una ciudad que prefiero no nombrar. La imagen había aparecido sin cabeza y sin manos. Y cabeza y manos destrozadas y esparcidas por el suelo.

Noticias semejantes las hemos recibido a lo largo de años: imágenes destrozadas durante guerras, en otros actos vandálicos, y apenas unos años atrás, la imagen de la Virgen de Lourdes decapitada en Higuera de la Sierra, un pueblo de Huelva.

¿Por qué estos ataques, esas muestras de odio a Santa María, a la Madre de Dios hecho hombre, a la Sin Pecado?

No entro en las respuestas que pueden dar sociólogos, psiquiatras, etc. Me quedo con el gesto de María que lo explica todo: sus pies aplastan la cabeza del diablo, y su nombre es la Sin Pecado.

La Inmaculada nos habla de Jesucristo, Dios y hombre verdadero, y de Pecado. Ella que fue concebida “sin pecado original” para que el Hijo de Dios se hiciera hombre en su seno, nos recuerda la realidad de nuestro pecado, de ese pecado que está en el origen de todas las malas noticias que recibimos. Pecados de orgullo y de soberbia que originan todas las violencias, guerras, abusos de poder, etc.; de lujuria que provoca el desbordamiento sexual de las diferentes ideologías de género; de envidias y de odios que están en la base de tantos maltratos humanos, de tantos actos terroristas que siguen causando la muerte de cristianos hijos de la Virgen Santísima:  y de la indiferencia ante las verdaderas necesidades de los demás; etc.

En San Petersburgo, y en el Museo del Ermitage, luce la más famosa quizá de las Inmaculadas de Murillo, la llamada “Concepción de Walpole” (coleccionista inglés del siglo XVIII). Las manos abiertas de la Virgen Santísima acompañan su mirada elevada, perdida y encontrada en el Cielo, en el decreto de Dios Padre que la prepara para ser morada de su Hijo, y la llena ya de Espíritu Santo.

En Ella, porque es la Sin Pecado y la que ha aplastado la cabeza del demonio, el abismo insondable que separa a Dios de su criatura se hace camino transitable. Y consciente de estar preparada para transmitir a la tierra a Aquel, que es “Camino, Verdad y Vida”, eleva los ojos al cielo y abre las manos en ademán de acoger toda la Luz del Amor de Dios, y sembrarla en el corazón de todos, hombres y mujeres, mujeres y hombres, después de animarles maternalmente a abandonar el pecado, y rechazarlo con decisión.

Así, con Ella, elevamos nuestra mirada al Cielo y Ella llenará nuestro corazón y nuestra alma para que no “sigamos desorientados y perdidos en nuestros pecados” (Francisco, Angelus 3-XII-17).

Virgen Casta, Virgen Pura. Su Fiesta no aparecerá en los “medios”. Es lo mismo. En todos sus santuarios se elevará una mirada hasta el Cielo, en la esperanza de que muchos hombres y mujeres abandonen la impureza de una sexualidad vivida bajo el solo impulso del instinto y del placer, alimentada por la pornografía y por las prácticas sodomíticas y antinaturales, sobre cuya perversión ya llamó la atención el mismo Freud.

 ¿Quién puede medir la influencia no solo religiosa, sino también cultural -,       ahora que ha comenzado ese debate sobre dónde están los intelectuales cristianos-, de los grandes santuarios marianos en la historia de sus pueblos, y de todas las culturas en toda la tierra: Guadalupe, Lourdes, Fátima, La Sallette, Loreto, el Pilar, Czestochowa, Aparecida; y de las pequeñas ermitas dedicadas a la Santísima Virgen María en todos los rincones del mundo?

ernesto.julia@gmail.com

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