Opinión

Tiempo para amar, tiempo para descansar

Fotografía: Daniela Santiago. Cathopic.
photo_camera Fotografía: Daniela Santiago. Cathopic.

Estamos en una época del año en que la mayoría de la gente consigue descansar. Fácilmente se dice en estos casos “un merecido descanso”, y es verdad, lo merecemos, lo necesitamos, nos ayudará  a recuperar nuestro trabajo con ganas en cuanto volvamos a la normalidad. Pero quizá hemos pensado más de una vez en que hay formas diversas de descansar.

Para algunos es no hacer nada en un buen rato. Actitud contemplativa. Me tumbo en la playa y descanso. Le Fébure, en su libro nos dice, citando a Ratzinger: “Es a menudo un acto de auténtica humildad y de honestidad constructiva saber pararnos, reconocer nuestros límites, concedernos un tiempo de respiro y de descanso” (p. 21). Auténtica humildad parar un poco. Parar y estar. Con tranquilidad, pendiente de cómo disfrutan los hijos, eso es contemplación.

Es también más fácil tener un buen rato para estar con Dios. Además puedes invitar a uno de tus hijos a acompañarte en esos momentos, frente al sagrario. Los niños aprenden sobre todo de sus padres. Quizá, a cierta edad, es el momento mejor para que descubran esa presencia de Dios. “En un mundo consumista, las actividades gratuitas, el descanso, el tiempo dedicado a la cultura o a la meditación aparecen como una ofensa al rendimiento y a la eficacia” (p. 24). No puede ser así para nosotros. 

No nos encontraremos a mucha gente que se preocupe de la vida de oración en el descanso. Están más llenas las playas que las iglesias. No lo entienden. En el mejor de los casos tienen claro que el domingo hay que ir a misa. ¡Es obligación! Aun así serán pocos. Pero amigos nuestros que se planteen un descanso dirigido nítidamente a amar a Dios y amar, más si cabe, a los suyos, no es fácil. “No se comprende absolutamente nada de la civilización moderna si no se admite, antes que nada, que es una conspiración universal contra toda clase de vida interior”(p. 27).

La vida interior. Entenderás que en una playa abarrotada, con todo tipo de personas enseñándote sus desnudeces, es más difícil la vida interior. Estar en tu jardín o en el parque  disfrutando de la naturaleza, paseando con tu mujer, con tu marido, con tranquilidad, sin prisa por terminar pronto, jugueteando con los niños, es distinto. Buscar la paz y el silencio, eso está más cerca de la vida interior. “Un reto de nuestro tiempo es, por tanto, tomarse el tiempo de vivir, para estar más presente en las cosas y en las personas, para amar, para construir. Los frutos serán la calma, la serenidad, la admiración” (p.29).

¡Sería una pena que el verano consistiera en horas de móvil! Sería un auténtico fracaso. ¿Es que no eres capaz de dejarlo en un cajón, y mirar, en todo caso, un par de veces al día por si hay llegado una emergencia? ¿De verdad lo que a ti te descansa es mirar una tras otra las simplezas que surgen en los diversos medios? Eso es porque no te has parado a contemplar, a querer, a descubrir el tesoro que es cada uno de tus hijos, tu familia, tus amigos. 

“¿Cómo y dónde piensa usted mejor? -le preguntaba el periodista a Ratzinger-. Por una parte, sentado al escritorio; por otra, cuando tengo que reflexionar algo más a fondo, me tumbó en el diván. Allí se pueden pensar las cosas tranquilamente”. Y entonces el periodista, un tanto sorprendido insiste: ¿Siempre ha tenido un diván cerca? Es que lo necesito, responde el papa (p. 46). A veces nos cuesta descubrir lo que es bueno, lo que es vida interior, lo que es contemplación, lo que es cuidar de verdad a los hijos.

Ángel Cabrero Ugarte

Maximilien Le Fébure Du Bus, Elogio espiritual del descanso, Ediciones Cristiandad 2022

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