Católicos

Semblanza de Carlos Moran, decano del Tribunal de la Rota de Madrid, en el fallecimiento de Joaquín Llobell

Era Magistrado de la Corte de Apelación del Vaticano y profesor de Derecho procesal y  canónico de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz

Joaquín Llobell.
photo_camera Joaquín Llobell.

Carlos Morán, Decano Tribunal de la Rota de Madrid, escribe una necrología y semblaza con motivo del fallecimiento Joaquín Llobell, Catedrático de Derecho Procesal Canónico en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz. 

En la mañana de ayer, fiesta de San Juan María Vianney, recibía la noticia de la muerte en Roma, hacía una horas, de un gran sacerdote, el muy querido amigo Mons. Joaquín Llobell Tusset. Me pareció una de esas caricias de la Providencia que la partida de «Chimo», extraordinario sacerdote, se produjera precisamente en el día del patrón del clero mundial. De manera sencilla, me permito dejar constancia de mi gratitud a Dios por su obra científica, que quedará para la historia, y sobre todo, por su vida, una vida entregada a Dios y a la Iglesia.

Nacido en Valencia en 1951, Mons. Joaquín Llobell era Doctor en Derecho civil y en Derecho Canónico; Académico Correspondiente de la «Real Academia de Jurisprudencia y Legislación» de España; Profesor Ordinario de Derecho procesal canónico de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (Roma). Fue de ese grupo de buenos profesores que se encargaron de poner en marcha la Pontificia Universidad de la Santa Cruz en Roma: llegaron jóvenes, en general muy preparados, trabajadores, y se entregaron por entero a ese proyecto.

Uno de los fundadores de la Revista Ius Ecclesiae

Se suele decir que «las personas pasan, las instituciones permanecen»; no estoy muy de acuerdo con esta máxima, salvo que se lea como sigue: «la permanencia institucional es tributaria del paso personal de los individuos que un día la encarnaron, y cuando se fueron…, se quedaron, pues en la Institución permanece su memoria”; así ha ocurrido con Llobell y la Facultad de Derecho Canónico de la P.U. de la Santa Cruz. Él fue uno de los fundadores de la Revista«Ius Ecclesiae», de la que fue director desde 2002 hasta su jubilación.

Fue Referendario del Tribunal Supremo de la Signatura Apostólica y Magistrado de la Corte de Apelación del Estado Ciudad del Vaticano; durante años colaboró habitualmente como consultor de diversos Dicasterios de la Curia Romana, entre ellos: la Congregación para la Doctrina de la Fe, la Congregación para la Educación Católica, la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, la Congregación para el Clero y el Pontificio Consejo para los Textos Legislativos.

Fue miembro, entre o tras, de las Comisiones Pontificias que elaboraron el Motu Proprio Sacramentorum sanctitatis tutela, de 30 abril 2001, sobre el proceso para los delitos reservados a la Congregación para la Doctrina de la Fe, siendo esta materia —la penal— objeto de muchos de sus estudios; y, sobre todo, fue miembro de la Comisión que redactó la Instrucción Dignitas Connubii, de 28 de enero de 2005, sobre el proceso en las causas de nulidad del matrimonio, participando directamente en la redacción de otras muchas normas en el nivel de la Iglesia universal y de las Iglesias particulares. 

Producción científica

Su producción científica fue ingente: publicó diversas monografías y más de un centenar de amplios artículos sobre el proceso canónico en varias enciclopedias jurídicas, en bastantes volúmenes de la «Edittrice Vaticana», en la mayor parte de las revistas de derecho canónico existentes, obras algunas de ellas editadas en una docena de países. Director de un sinfín de tesis doctorales, impartió numerosos cursos y conferencias en actividades organizadas por Universidades y Tribunales Eclesiásticos europeos y americanos.

Estos datos curriculares que he citado, verdadera regalía para quienes nos hemos deleitado con su saber jurídico, son tan objetivos como fríos a la hora de dejar constancia de la personalidad de un hombre como Joaquín Llobell. Llobell ha sido un sabio, un maestro para muchos, un grande entre los grandes, un trabajador incansable, honesto, disciplinado, leal, inasequible a cambalaches, fiel, servidor, disponible siempre para ayudar, generoso, sencillo, y sobre todo, bueno, muy bueno.

Desde el punto de vista de la producción científica, el profesor Llobell ha sido uno de los más grandes en el ámbito del derecho procesal canónico, algo que admitirán incluso quienes, con honestidad, mantuvieron posiciones doctrinales dispares. Se ha ido un canonista con mayúsculas, con una vasta mentalidad jurídica —que recibió, en parte, de la percepción directa del ejercicio forense de su padre, y de su maestro D. Carmelo De Diego Lora—, puesta siempre al servicio de la verdad y justicia del matrimonio, así como a la defensa de su indisolubilidad.

Maestro y discípulo 

Muchas son las cosas buenas que podría referir del querido Joaquín, todas las que un discípulo agradecido puede referir de un maestro. Al escribir estas líneas vienen muchos recuerdos a mi memoria y a mi corazón: sus clases de licenciatura en Roma, el doctorado que él me dirigió, la ejemplaridad de su laboriosidad (el primero en llegar a su despacho de la biblioteca, y el último en irse), su tesón, su sencillez en el trato, su cercanía, su disponibilidad para dedicarte todo el tiempo del mundo, su honestidad intelectual, su fidelidad en la amistad, su generosidad, y sobre todo, su amor a la Verdad y a la Iglesia, a quien sirvió con toda su vida.

En la vida del hombre, y en la realidad social —también en la vida de la Iglesia—, se advierte fácilmente que hay tiempos de soledad y tiempos de compañía. Hay tiempos de esperanza y tiempos de desesperanza. Hay tiempos con horizontes anchos de libertad, que invitan a soñar, y hay tiempos con horizontes estrechados por la esclavitud, externa o interna, que agostan el respiro, sin dejar surgir el canto y la alabanza. En todo ellos, sin embargo, mantiene el hombre —o mejor, puede mantener— sus raíces en la tierra y tender su mirada al Eterno, por si logra columbrarlo, porque el Eterno está igualmente cercano a todos los tiempos.

Desempeño eclesial 

En toda su vida, Joaquín ha mirado al Eterno, siempre desde el prisma concreto de la justicia y la verdad. En su producción científica y en su desempeño eclesial, buscó la justicia hasta el final, con todas sus consecuencias, sabiendo dejar desde el principio la justificación en manos de Dios.

Sabemos que la gloria del hombre es resplandor y reflejo de la gloria de Dios. La lúcida consciencia de ello le obliga a todas las tareas —las de Llobell fueron muy muchas—, pero le prohíbe las usurpaciones del señorío de Dios, que son raíz de todas las esclavizaciones e injusticias. Dios es el único Señor de este mundo, y Joaquín lo tenía muy claro. Su vocación la vivió en lo que para él fue una verdadera familia: el Opus Dei; con respeto absoluto a quienes no participábamos de esa vocación, la Obra fue para él un camino privilegiado para servir al Señor en la Iglesia.

En el día de su «partida» —que, por la misericordia de Dios, habrá sido de su «llegada»— no puedo dejar de dar gracias a Dios por su vida y por su producción científica. El historiador latino Salustio decía que «poco me satisface aquella ciencia que no ha sabido hacer virtuosos a quienes la profesaron»; Joaquín Llobell fue un hombre de ciencia —de mucha ciencia—, pero sobre todo, fue un hombre muy bueno. Pues bien, dado que «el hombre se inclina ante el talento, pero sólo dobla la rodilla ante la bondad» (Ch. Gounod), hoy no puedo dejar de elevar mi plegaria al cielo por el querido amigo Joaquín Llobell; muchos sentimos como propia su pérdida, aunque nos solazamos sabiendo que tenemos un intercesor en el cielo. Descansa en paz querido Joaquín, maestro, amigo.

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