Opinión

Un maestro de periodistas en Alfa y Omega

Hace años que pienso que cuando Ryszard Kapuscinski escribió aquella frase que ha quedado para la posteridad que ligaba el ser buen periodista al ser buena persona tenía que estar pensando, necesariamente, en Miguel Ángel Velasco, el que ha sido, hasta el número del primero de mayo de 2014, el director del Semanario de Información Religiosa Alfa y Omega, editado por el arzobispado de Madrid y distribuido por el periódico ABC.

Miguel Ángel lleva muchas horas de vuelo en estas complicadas lides del periodismo, aún más complicadas, aunque no lo parezca, en el periodismo de información religiosa. Él era un experto curtido en los años del Ya. Pero ahora quiere dedicarse a su gran pasión: su familia. Cuando alguien se marcha, parece que deja un vacío. Sé seguro que será muy duro para los redactores de esa casa pasar por su despacho y no escuchar el crepitar de las páginas de periódicos y revistas mientras él, tras su escritorio, toma unas notas apresuradas en algún tarjetón que ya no sirve, porque el papel hay que aprovecharlo bien.

Pero lo cierto es que, aunque quede ese vacío físico de un hombre cuya fe marca su vida y cuya vida marca su periodismo, lo que realmente deja es el corazón lleno de los que tuvimos la oportunidad de trabajar a su lado. Permitan que hable en un tono muy personal. Empecé a trabajar en Alfa y Omega como redactora cuando era casi una niña con el título de periodista aún caliente debajo del brazo. Y a él le debo buena parte del periodismo que sé. Posiblemente lo mejor de lo que sé, porque mucho más importante que aprender a titular, que localizar la foto que refleja una idea, que comprender por qué esta noticia sí y aquella no, que disfrutar con humor de los puñetazos de la vida, mucho más que toda esa técnica, Miguel Ángel me enseñó que los periodistas tenemos que ser, simplemente, buenas personas. Tan fácil y tan difícil al mismo tiempo.

Las buenas personas son comprensivas, pero no ceden ante el error ajeno; escuchan, pero se guían por un norte muy claro sin que los cantos de sirena varíen su rumbo; denuncian, pero no destruyen sino que proponen; y aman, aman con amor desmedido a los que están cerca y lejos, a los que leerán el siguiente jueves Alfa y Omega y a los que jamás tocarán sus páginas o, como mucho, las usarán para encender la siguiente barbacoa. Gracias, Miguel Ángel, porque pegado a Dios, hiciste de ese don que tienes para la palabra un instrumento para que nos llegara, cada jueves, un regalo en forma de papel.

María Solano Altaba
@msolanoaltaba

Decana de la Facultad de Humanidades del CEU

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