Opinión

Para salvarte

Corrían los mediados ochenta y un jesuita alto, desgarbado, canoso, con voz profunda y potente y poco pelo ya, anunciaba su llegada con un fuerte acelerón de su Simca 1200 por la puerta añosa de la sede de los cursos de verano de la Universidad Pontificia Comillas en Santander. 

En aquel escenario donde se representaba el drama de las sensibilidades postconciliares, aquel jesuita, ya entrado en años, era un verso suelto. Y se le notaba. Cada día pululaba por el claustro del que es, además de residencia para sacerdotes ancianos, Seminario de Santander, entonces con seminaristas, con su alzacuellos negro, azul o gris. Una nota de color en el lienzo de lo descolorido.  

Su nombre era Jorge, y todos se referían a él por el apellido, el P. Loring. Como buen aventurero de la historia, y en la historia, y como buen superviviente, en aquellos meses de agosto playero, al P. Loring le gustaba salir a nadar. Y lo hacía con soltura y técnica mas que atlética. No perdía la misa diaria, y aquellos largos ratos de oración, y por la noche la tertulia animada en la que desgranaba las miles de aventuras y desventuras de un jesuita dedicado a la apologética, en un tiempo, oh mores, oh tempora, en los que la apologética había sido desterrada de la vida y de la pastoral de la Iglesia. 

Sí, el P. Loring se merece una necrológica, aunque solo fuera por haber nadado contracorriente en los veranos de Santander y haber asistido  aquellos cursos de verano que mezclaban el psicoanálisis, la literatura comparada y las cartas de san Pablo. Y así nos fue. 

El. P. Jorge Loring, autor del libro católico popular más veces editado en los años ochenta y noventa, “Para salvarte”, edición hombre y edición mujer –y ahí está la mofa habitual-, ha fallecido en la ciudad de Málaga, en un momento en el que el papa Francisco parece que ha asumido las riendas de la Compañía de Jesús y se ha convertido, de facto, en su líder natural. 

Al P. Loring se le conocía y reconocía, también, por sus conferencias sobre la Sábana Santa, por sus libros de explicación básica de la fe y por su arte a la hora de introducirse en los medios de comunicación y de utilizar las modernas técnicas de transmisión de la fe. Fue uno de los pioneros en lanzarse a “hacer vídeos” con temas de doctrina cristiana, de dogmática básica y de sana teología moral. 

Pero el P. Loring era un jesuita que caminaba por el mundo “solo y a pie”, un hombre inquieto, profundamente inquieto, al que le interesaba todo lo humano y todo lo divino. Profundamente ignaciano, y profundamente dolorido, pero alegre, por algunas de las situaciones que se estaban produciendo. 

Ahora, esa inquietud del P. Loring habrá reposado en los brazos de la eterna sabiduría, en su amado Corazón de Jesús. 

Descanse en paz. 

José Francisco Serrano Oceja


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