Opinión

¿Hay vida en los cementerios?

Cementerio de La Almudena.
photo_camera Cementerio de La Almudena.

En este mes de noviembre los cementerios estrenan flores y se llenan de vivos que recuerdan a sus seres queridos in situ. No nos parece suficiente un recuerdo desde la distancia pues deseamos estar cerca de sus restos mortales presentes en un lugar determinado. Es algo que no podríamos hacer con esa proximidad si las cenizas fueran esparcidas por la tierra, entregadas a los vientos o arrojadas a las aguas. Además, los cementerios son lugares sagrados o dormitorios, como indica su etimología griega, con la intuición de que podrán despertarse de un modo misterioso no fácil de explicar.

En una exposición sobre Tutankamón los visitantes veíamos todo un ritual fastuoso a mayor honra del faraón y de otros personajes. En realidad los egipcios admitían que la muerte es la puerta de un largo viaje hacia otra vida más duradera, y por eso no les interesaba la eutanasia para ellos.  En el amplio espacio de la tumba de Tutankamón se encontraba un conjunto de cachivaches de oro y piedras preciosas que acompañaban al faraón era para congratularse con los dioses cuando se encontraran con ellos después de largo viaje a fin de no caer en el averno.

También el egipcio Hunefer fue un escriba que vivió unos mil trescientos años antes de Jesucristo, y dejó un alegato dirigido a la divinidad por haber llevado una vida recta. Así escribía: «Señor de la Verdad, te traigo la verdad. He destruido el mal para ti. No he matado a nadie. No he hecho llorar a nadie. No he dejado que nadie pase hambre. Jamás he incitado a que un amo hiciera daño a su esclavo. Jamás he causado temor a ningún hombre».

Como buen egipcio admitía otra vida más allá de la muerte en la que sus poderosas divinidades calibraban el peso de las almas de los difuntos, y había procurado que sus obras buenas pesaran en la balanza divina más que las obras malas, probando con ello ser un hombre virtuoso.

Pues bien los cristianos sabemos más que aquel Hunefer seguidor de la intuición natural de Dios, de su juicio personal, y de la vida en el más allá. Si bien los hombres más religiosos, los sabios, y el sentido común natural de los hombres intuyen la inmortalidad -con más o menos confusión- los cristianos creemos además en la resurrección de la carne, algo desconocido para la civilización egipcia, sumeria, griega o romana. 

Se le reían a Pablo cuando exponía ante los atenienses esta realidad de fe manifestada por el mismo Jesucristo, con palabras y sobre todo con su propia resurrección: «Te escucharemos sobre eso en otra ocasión» le decían. También ante la incredulidad de algunos cristianos entre los corintios Pablo argumentaba: «Si se predica que Cristo ha resucitado de entre los muertos, ¿cómo es que algunos de entre vosotros dicen que no hay resurrección de los muertos?». Y apelando a su sentido común les recordaba el misterio del grano que trigo que cae en tierra y muere para producir nueva vida; si esto ocurre en el mundo según las leyes naturales ¿cómo no va poder Dios resucitar la carne para que la persona completa, cuerpo y alma, reviva después para Dios?

Durante este noviembre el culto católico no solo venera a los muertos sino que celebra anticipadamente esta resurrección de la carne. Esta fe se apoya en la resurrección de Jesucristo, hecho histórico y anticipo de la resurrección de todos los hombres y mujeres, unos para bien y otros para mal, unos para gozar de Dios y otros para vivir definitivamente en contra de Dios. Esta es la fe en la Vida eterna más allá de la barrera de la muerte[1].

Sin embargo, no es lo mismo la intuición humana de la inmortalidad que la fe en la resurrección de la carne como efecto sobrenatural del poder divino de Jesucristo, que vive resucitado el mismo ayer, hoy, y siempre. En consecuencia rezamos por las benditas almas del Purgatorio y ofrecemos Misas y sufragios como manifestación de la comunión de los santos, es decir, la comunicación de bienes de la gracia entre la tierra y el Cielo, entre la Iglesia que peregrina en la historia, la Iglesia de la gran esperanza en el Purgatorio, y la Iglesia celestial que ha llegado a su plenitud junto al Padre misericordioso, al Hijo resucitado, y al Espíritu Santo Amor. Esta es nuestra fe, esta es la fe de la Iglesia. 


[1] Cfr. Jesús Ortiz López, Luces largas para el Cielo. BibliotecaOnline. 2020.

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