Opinión

Una guerra en marcha

Bebé en el vientre materno.
photo_camera Niño en el vientre materno.

En más de una ocasión, la última vez que recuerde en su último discurso de Navidad, el Papa Francisco ha hablado de una tercera guerra mundial ya en marcha.

En ese día, y después de mencionar la guerra en Ucrania, añadió:

“Nuestro tiempo está viviendo una grave carestía de paz también en otras regiones, en otros escenarios de esta tercera guerra mundial”.

E hizo una referencia explícita a la situación en las diversas partes del mundo en los que las armas siguen hablando provocando muertos, asesinatos, violencias, etc. etc., Siria, Yemen, Tierra Santa, Oriente Medio, Myanmar, Irán, Afganistán, a las que hay que sumar, aunque no las haya mencionado, Somalia, Sudán, Indonesia, etc.

Comprendo la preocupación del Papa por la situación que estos conflictos provocan en todo el mundo, y que puedan llegar a provocar una gran pérdida del equilibrio en la convivencia de las naciones, de los pueblos, que origine el estallido de una guerra de las proporciones necesarias para ser considerada una guerra mundial.

De hecho, la que podríamos llamar con toda razón guerra global ya ha estallado, y sigue día a día provocando muertes, catástrofes, tragedias, y no solo en países y naciones, sino en familias y en el corazón de muchas personas, de millones de seres humanos. Y esta guerra global tiene un nombre: El Aborto provocado.

Esta es una guerra absolutamente injusta. Es la afirmación más plena de que el Poder, un Poder absoluto, que es la única ley para sí mismo y que se impone en las reglas de la convivencia humana. Es el Poder que el hombre que ha salido del vientre materno se da a sí mismo, para exterminar a cualquier otro ser humano que todavía no ha salido del vientre materno; y que, por cualquier razón, o sin ninguna razón, por puro poder de su voluntad, decide matar. El “derecho a abortar” es la afirmación más neta del ser humano, no sólo contra Dios, contra su Creador, sino contra todo principio de buena convivencia social. Ese “derecho” es el principio del suicidio de una sociedad. Si el aborto es un “derecho” saltan todas las reglas que se quieran establecer para el convivir humano.  Si el aborto se acepta, “todo” está permitido; y Todo es Todo.

Se puede entender que, en un momento de desesperación, en un momento en el que la oscuridad del futuro unida a la fragilidad del ser humano, oscurezca la inteligencia y la voluntad y una mujer se decida a abortar. Todo Pecado puede clamar por el Perdón, y alcanzarlo.

El hecho de que, en un buen número de países entre ellos España, se haya reconocido y legislado el así llamado “derecho al aborto”; y que organizaciones internacionales, como Amnistía Internacional, se sigan quejando, y tratando de manipular la opinión pública con afirmaciones falsas como las siguientes: “Hay que volver a recordar que el acceso al aborto legal y seguro es un derecho humano, y que los países que lo penalizan ponen en riesgo no sólo la salud de las mujeres y las niñas sino también su derecho a la autonomía corporal, a la intimidad, a la no discriminación y a igual protección ante la ley”; es el principio del fin de cualquier civilización y cultura.

El aborto es el que pone en peligro la vida de mujeres, niños, hombres, niñas. Según datos de la Organización Mundial de la Salud confirmados por el Instituto Guttmacher, entre 2015 y 2019 hubo una media de 73.300.000 millones de abortos no espontáneos al año; lo que hacen algo así como unos 366.500.000 millones de muertos en cinco años.

¿Habría más víctimas en otra guerra?

aborernesto.julia@gmail.com

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