Opinión

¿Huesos secos en el Sínodo?

El cardenal Juan José Omella, arzobispo de Barcelona.
photo_camera El cardenal Juan José Omella, arzobispo de Barcelona.

Un grupo de feligreses de Barcelona ha debatido durante semanas sobre el futuro de la Iglesia. Entre otros medios, El País dice haber accedido a las conclusiones de este proceso catalán, que asegura se incorporarán el próximo 11 de junio a las de la asamblea final del Sínodo de España.

Según recoge este diario, han aparecido propuestas para hacer posible el sacerdocio femenino y que el celibato de los curas (o de las futuras sacerdotisas) sea opcional. El rotativo aplaude también que sea “la primera vez” que la jerarquía eclesiástica pregunte a los fieles sobre el futuro de la institución, "un avance frente al inmovilismo que en muchas ocasiones ha caracterizado a la curia”.

No es previsible que Omella eleve dichas conclusiones en el Sínodo, además de que el texto “compite” con las demandas de otras diócesis en las que se aboga por reforzar el papel de las mujeres -sin tocar el ministerio presbiteral- y donde la propuesta de que haya sacerdotes casados es muy minoritaria. No obstante, el planteamiento que recoge el diario evidencia un virus que confunde a muchos que se reconocen católicos.

En la Iglesia no se debate, se dialoga. Y el objetivo del diálogo no es el intercambio de sensibilidades y pareceres, sino descubrir la verdad, y su motivación, la caridad (en obediencia a la misión confiada a la Iglesia). Sin estos parámetros, se rebaja a nivel de tertulia televisiva. Por otro lado, el diálogo pide discernimiento, no arengas ideológicas que crean interferencias y diluyen la doctrina. 

Pongo algunos ejemplos referidos en la noticia, entre las que se destaca, como conclusión general, “la falta de igualdad entre hombre y mujer en la Iglesia, que así se percibe jerárquica, autoritaria, machista, antidemocrática”: “La mujer ocupa un lugar secundario, aunque es mayoría en número y presencia”; “lamentamos que no puedan asumir los ministerios diaconales y presbiterales”; “los católicos creen que deben poder elegir a párrocos y obispos y acusan a la jerarquía de falta de coherencia entre aquello que se predica y lo que se hace al no ver bien el amor entre personas del mismo sexo”.

Hablábamos en la columna anterior sobre profecías con el mismo sentido que le otorga el Antiguo Testamento (no como una suerte de videncia, sino como el anuncio de la verdad). Estaría bien que este tipo de reuniones contase con profetas, no con agitadores.

Los que hemos celebrado Pentecostés hemos escuchado la profecía de Ezequiel sobre los huesos secos que reviven. Lo que necesita la Iglesia católica no son apaños estructurales ni componendas morales, sino el cambio ontológico que se produce en los cristianos con el bautismo. No es, por tanto, un problema de enquistamiento, sino de reubicarse en la dirección que infunde el Espíritu Santo.

¿Hacia dónde, entonces, debe moverse? En la Escritura este Espíritu aparece representado con figuras que no controlamos: es fuego, es agua, es viento… Es Dios quien lleva y conduce a la Iglesia. Y al Amor que te lleva, no le preguntes a dónde.  

Doctora en Ciencias de la Información

Responsable de Comunicación de la Universidad Católica de Valencia

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