Opinión

Los gritos del Ahuja

Colegio Mayor Elias Ahuja.
photo_camera Colegio Mayor Elias Ahuja.

Lo ocurrido en el Colegio Mayor madrileño adscrito a la Universidad Complutense está provocando reacciones que invitan a pensar. Hay quien valora el suceso como algo coyuntural, cuando no difiere de otros ceremoniales habituales en discotecas, verbenas de pueblos y quedadas en parques, ante los que pocos se rasgan las vestiduras.

Asimismo, aunque las palabras e imágenes que nos han llegado son absolutamente insultantes y degradantes para la mujer, creo que no puede catalogarse como delito de odio ni como violencia machista, como algunos proponen: estos jóvenes no aborrecen a las chicas y no ha habido ningún caso de acoso o agresión a sus vecinas, muchas de ellas conocedoras de un rito nefasto en el que han entrado voluntariamente, envalentonadas y divertidas.

Por otro lado, se está esgrimiendo la falta de educación como la causa principal del incidente, pero también aquí hay algo que no me cuadra, pues estos chavales saben comportarse si quieren.    

¿A qué se deben entonces los gritos del Ahuja? Conviene planteárselo, pues lo que han exteriorizado estos universitarios es síntoma de una patología y, para sanar a un enfermo, antes han de identificarse los motivos.    

Entiendo que hay distintas causas, pero una clara es que la estupidez, el mal gusto y la violencia que trasluce el episodio (el conocimiento, la estética y la ética están unidos, como enseñan los clásicos ahora defenestrados por ley) no distan de las que hay en algunas redes sociales y música que estos jóvenes consumen a diario. El abono condiciona la cosecha.    

Pensando sobre ello, me ha venido a la cabeza el profesor John Senior, que impulsó en los años setenta del siglo pasado un programa integrado de humanidades en una universidad estatal norteamericana. Su objetivo puede ser catalogado como un disparate por los que hoy se tiran las manos en la cabeza ante la capea organizada por estos chavales: enseñar que la verdad existe y que podemos conocerla.

Para ello, sus alumnos recibieron una sólida dieta de clásicos, poesía, música… y, lentamente, su vigor educativo comenzó a revivir. El lema que animaba el programa era Nascantur in admiratione (que nazcan en el asombro), pues como el mismo Senior recuerda al referirse a estos jóvenes: «No era solamente que habían perdido su fe, sino que habían perdido la razón. La fe necesita tener algo en la naturaleza del hombre sobre la cual trabajar. Y nuestra tarea fue restaurar esa naturaleza». Lo más sorprendente es que se sumaron centenares de estudiantes aun ofreciendo una visión crítica del pensamiento dominante. Quizás fue precisamente eso lo que les atrajo.    

La educación en la belleza era un punto fundamental en su iniciativa, y no sólo porque puede prevenir la vulgaridad, incluso liberarte de ella si te ha atrapado, como ha ocurrido con estos estudiantes. La experiencia de la belleza puede conducir a algo más profundo y necesario: acercarse tanto al misterio como al conocimiento de la realidad. No me va mucho el romanticismo, pero estoy de acuerdo con John Keats en que la belleza es verdad y la verdad es belleza. 

Carola Minguet Civera.

Universidad Católica de Valencia

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