Opinión

A la sombra de los santos

Santos para pecadores.
photo_camera Santos para pecadores.

¿Quién no ha leído alguna vez vidas de santos? De pequeños nos leían o contaban historias entrañables en las que sobresalía un niño o una mujer, con rasgos de santidad desde casi siempre. Luego, a lo largo de los años y dependiendo de cuanto hayamos leído, hemos conocido otras historias que, normalmente, mostraban a una persona que había luchado por llegar a ser ejemplar. De todo hay.

Se ha vuelto a publicar recientemente un libro que, desde el título, quiere hacernos ver que pueden llegar a ser santos todo tipo de gente. “Santos para pecadores”, de Goodier, recoge nueve historias, totalmente distintas entre sí, con la intencionalidad, deducible del título, de ayudarnos a pensar que podemos ser santos. Si Agustín de Hipona fue santo, y uno de los más grandes en la historia de la Iglesia, yo también puedo, seguro. Todo es ponerse.

Son nueve relatos muy distintos, de vidas muy distintas, incluso de épocas históricas bien distantes. En algunos casos vemos una vida desordenada, en sus primeros años; en otras unas dificultades de todo tipo por educación, por pobreza. Y ahí están, santos reconocidos, canonizados. Es una buena forma de hacernos ver que podemos. Sí, a pesar de ser como soy, a pesar de lo que tengo, a pesar de mis vicios incorregibles…

Sin duda la más conocida es la biografía de San Agustín. Mucha gente a leído las “Confesiones”, pero para aquellos que no han tenido la ocasión, en este libro hay un resumen sabroso. Es el prototipo: cómo es posible ser santo después de la vida que tuvo en sus primeros treinta años, con un desorden total, viviendo con una mujer sin casarse y con quien tuvo un hijo. Eso sí, siendo una persona de gran nivel cultural y pretensiones de llegar a algo.

Como puede uno llegar a ser santo después de tanto desorden. Pero es que el desorden vital de Camilo de Lelis fue terrible. Solo tuvo algo de educación de su madre, pero murió muy pronto. Le dejó al menos un cierto respeto por la religión, pero su vida fue de auténtico desastre, con una adicción al juego que le alejaba de cualquier persona honrada que pudiera ayudarle. Y en un momento dado Dios se hace el encontradizo.

Y la vida de Margarita de Cortona, que también tuvo un hijo de un hombre que no era su marido, con unos planteamientos totalmente lejanos a cualquier moral. Y hay un momento de cambio, de encontrarse con Dios y es una santa de la Iglesia. Claro, uno podría pensar que esto, para algunas personas, puede ser una tentación más. Si uno puede ser un perdido durante años y luego ser santo, pues probemos un poco de lo primero, que luego seguro que Dios se apiada.

Otras historias narradas en este libro son tan conocidas como la de San Francisco Javier o la de San Juan de la Cruz. En estos casos no se puede decir que tuvieron una juventud pervertida. Lo que se subraya son las dificultades que tuvieron desde jóvenes para vivir una vida normal, de piedad o de entrega a Dios. La lección en estos casos es: ser santo no es una cuestión baladí. Hace falta siempre una lucha dura. Contra los propios defectos, o contra los defectos de los padres, o contra la sociedad que nos rodea. Y desde luego, en la mayoría de los casos, contra los vicios propios, contra la pereza o contra la tibieza.

Hemos leído, más o menos, historias de santos. Hemos oído, quien más quien menos, que estamos llamados a ser santos. Una lectura de este estilo puede servirnos.

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