Opinión

La humildad de amar

Canción de cuna.
photo_camera Canción de cuna.

En el último libro de Jesús Montiel me encuentro con esta anécdota que me parece expresiva de lo que puede ocurrir en algunas familias: “Anoche, en el del bar del barrio, una vecina me contó que ahora que sus hijos son mayores y la pequeña va a independizarse tiene miedo, siente vértigo al pensar los últimos años de su vida al lado de su marido. Sin la distracción de los hijos, enfrentados el uno al otro en el biombo de las obligaciones, descubrirán que son los socios de una pequeña empresa que ha producido algunos frutos y que ahora, una vez detenida la producción, el futuro se bifurcará como un río al que parte en dos un obstáculo insalvable. Mi amiga, dentro de su casa, ha elegido una pequeña terraza como lugar para estar a solas” (p. 21).

No sé con cuanta frecuencia se puede producir pero entiendo que no es un invento del autor. Eso puede ocurrir y es una manifestación palpable del fracaso total. Es gráfico: el matrimonio como empresa para producir hijos. Tremendo. En los tiempos que corren lo que estamos viendo constantemente son fracasos, matrimonios que duran dos o tres años. Ni siquiera se propusieron ser una empresa productora de niños.

Por eso hay que volver a recordar una y otra vez que lo que vale es el amor. Y el amor lleva consigo entrega, conocimiento del otro, comprensión, paciencia y, resumiendo, humildad. Si uno va por la vida de protagonista de la película, de triunfador, nunca sabrá lo que es entregarse, y solo pensará en encontrar placer, un placer que tiene un plazo corto. “Así comienzan todos los infiernos: con el amor ausente, desterrado, como esos caballeros que galopan nostálgicos en un exilio que parecía inacabable” (p. 31).

El amor no tiene nada que ver con el triunfo, con el jolgorio, con un empeño egoísta de disfrutar. Y tampoco es un empeño desesperado de tener descendencia. Es imprescindible la entrega, o sea generosidad, o sea pensar en el otro. Constantemente pensando en el otro. Por eso queda claro para un cristiano que es un camino de santidad. Por eso entendemos que hace falta humildad, que en el fondo es procurar que desaparezca el yo.

“Confiar es lo más difícil del mundo, mucho más que construir una pirámide. Difícil porque exige la confesión de nuestra impotencia, que admitamos que no tenemos el control de nada. Confía, me ha dicho el dentista. Y su voz, esas palabras triviales pero cargadas de ternura, era la misma vida invitándome a salir de mi acostumbrada cobardía. Acaso la realidad, como el dentista, hace con nosotros cosas incomprensibles, pero necesarias para curarnos” (p. 56).

Confiar. Supone el reconocimiento de nuestra impotencia. Yo no lo puedo hacer todo. La maravillosa empresa que es el matrimonio supone ese convencimiento de que es tarea de dos. Sí, debo dejarme ayudar. Igual que hay que confiar en el dentista, yo debo confiar ciegamente en mi mujer, en mi marido. Pedir ayuda, y hablar de los planes y calcular entre los dos las opciones que tenemos para sacar adelante este asunto y este otro. Hablar.

“El susurro es propiedad de los que aman, mientras que el mal es un niño afónico, con la garganta irritada de tanto llamar la atención. Nadie dice te quiero con un alarido ni susurra durante el odio. El amor exige una voz tan educada como los guantes de un mayordomo” (p. 57). Hablar despacito y con delicadeza. Con la ilusión de la auténtica unión. Hace falta humildad.

Jesús Montiel, Canción de cuna, Pre-textos 2022

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