Opinión

Dante Alighieri, 700 años

Divina Comedia de Dante.
photo_camera Divina Comedia de Dante.

Celebramos en estos días el séptimo centenario de la muerte del gran escritor italiano. Tenemos un cierto conocimiento de los diversos libros que escribió: “Vida nueva”, “Monarchía”, “Libro de los poemas”; pero pensar en Dante es pensar en la “Divina Comedia”, la obra que le ha hecho mundialmente famoso y un ídolo en Italia. Pero también puede ocurrir que, buscando, nos encontremos con un libro titulado “El infierno”, o “El Paraíso”, o innumerables obras sobre… las diversas partes de esta obra maestra. Como los comentarios interesantísimos de Nembrini: “Dante. Poeta del deseo. El infierno”, y así siguiendo.

Una de las últimas ediciones, de editorial Acantilado, de gran calidad y una traducción muy acertada, de José María Micó, tiene la peculiaridad de titularse “Comedia”, sin más. Deciden, el traductor y la editorial, volver al nombre original, pues el apelativo de “Divina” es muy posterior a Dante. Esto tiene un riesgo evidente en los tiempos que corren y es que pueda pasar desapercibida por muchos lectores que busquen en las librerías o, sobre todo, en las webs.

Los italianos conocen esta obra tanto o más que los españoles conocemos El Quijote. La estudian en el colegio, con bastante detenimiento. No es cuestión únicamente de reconocer una obra de gran calidad y de reconocimiento continuado durante tantos siglos. Es que además tiene una gran profundidad que solo se llega a descubrir con un estudio bien dirigido por los expertos. La Divina Comedia trata de unas verdades esenciales para cualquier persona, pero muy difíciles de expresar.

No podemos obviar la complicación de introducirnos en las verdades últimas de la vida del hombre. Escribir sobre el Infierno, el Purgatorio o el Paraíso, es tratar de la eternidad, del más allá, de lo que no conocemos. De lo inmaterial. Hablamos de la existencia eterna del espíritu. Y eso no es una cuestión sencilla.

Leyendo con detenimiento cada una de las tres partes, bien diferenciadas, nos damos cuenta de lo complicado de distinguir la materia del espíritu en la narración. Dante recorre el infierno y los condenados que le ven descubren que es un ser vivo, no es uno de ellos, porque hace sombra con su cuerpo. Esta sorpresa se repite entre las almas del Purgatorio y en el Paraíso. Podríamos decir que es un buen truco, que nos ayuda un poco a situarnos.

Con la idea que tenemos, con un poco más de formación cristiana en los tiempos que corren, somos conscientes de que en el infierno no hay sufrimientos físicos. Seguramente Dante también lo sabe, pero con las descripciones terribles que se van sucediendo en los diversos niveles del averno está haciendo hincapié en la gravedad de los pecados. Por lo tanto, asistimos a unas lecciones de moral, manifestadas en personajes que, por otra parte, son, en su mayoría coetáneos del autor. También hace mucha referencia a los clásicos porque es lo que podía conocer: la actualidad que él vive y la buena cantidad de obras clásicas leídas.

El Purgatorio es distinto, pero sigue habiendo unos sufrimientos purificadores que ayudan también a expresar los pecados habituales en los que caemos los hombres de entonces y de ahora. Cuando llega al cielo la dificultad es mayor: se encuentra con espíritus bienaventurados y la percepción del poeta es: ve como unos cristales lisos, brillantes, que le hablan. Quizá es el momento en el que el lector es más consciente de la dificultad de hablar de la maravilla del cielo, del mundo espiritual, aun cuando quizá el autor tuvo en su vida alguna visión del cielo.

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