Religión Confidencial

Bendito perro verde

La memoria de un perro verde es algo más que el estímulo y la respuesta, la palabra y la respuesta, antwort y wort para los seguidores de Ratzinger. Paulov se equivocó. Un perro del color del arco iris del espíritu se coló por entre las entrañas de la Jornada Mundial de la Juventud, que no estaba en la nomenclatura, ni en la burocracia, que habitaba entre el sudor y los brillos de colores de los jóvenes, actores siempre principales, ningún secundario.

Un perro viejo y verde, según confesión de parte, demasiada confesión que viene al caso, ha escrito un libro que es testimonio y testamento de un tiempo, de un espacio relativo que nos metió en lo absoluto que siempre tiene rostro, ojos, cara, boca, todo muy divino y muy humano. Me quedo con los ojos azules celestes de color esperanza de la joven religiosa francesa, que ella misma era una sutil invitación a la gloria de Dios. El periodismo, al fin, se ha vuelto, por una vez y sin que sirva de precedente, puro; la palabra se ha hecho esencia de historia para dar vida a un libro, que entre la sorpresa editorial y la belleza de fondo y forma representa, querámoslo o no, la memoria más fresca de la JMJ Madrid 2011. Hasta el presente y al paso que vamos... Esa JMJ de la que sólo habla el cardenal Rouco y mi apreciada alumna Lara, que se ha ido a las Carmelitas de León después de la JMJ y que se despedía llorando con lágrimas de felicidad el otro día en el despacho. Por ti, Lara; por el color sangre de tu trabajo fin de carrera y por las impertinencias eruditas del presidente del tribunal que lo juzgó.

Los lectores pueden encontrar esta joya, cuyo nombre es "Un perro verde entre los jóvenes del Papa" (Editorial Khaf), glup, escrita con el oficio de quien sabe que contar historias es la esencia, la sustancia y la gracia creada, tumbativa y turbativa, de esto que llamamos periodismo. Su nombre es Arturo San Agustín, para servir, no sé aún, sí, seguro, a Dios, y a usted, lector in fábula. Que Dios, por cierto, mucho más que el Dios de los Filósofos, el Dios de los Teólogos, de los Periodistas, el de Brunner, guarde a usted, autor, viejo perro verde, muchos años.

Me arrepiento, mea culpa, mea culpa, con penitencia de leer al menos dos obras suyas, de no saber hasta ahora quién es Arturo San Agustín. La reseña biográfica de la solapa del libro me ha dejado frío, pese a la calentura mental de consumir el paraíso en sólo un tiempo muerto. Debe ser este maestro de la capa y de la espada de la idea y del verbo un gran testaferro de experiencias de lo humano, notario de pasiones, razones y sentimientos. La distancia entre la Marca y la Castilla eterna es cada vez más grande. Será por eso.

Aquí llegó en agosto, San Agustín, pegado a la pasión por narrar, por cincelar el viejo género de la crónica de costumbres, con los hechos y los valores de la observación, de la mirada atenta que traspasa los límites de lo convencional y de lo sabido y comentado. San Agustín, genial ilustrador de perfiles episcopales, del arzobispo de Tarragona, por quien siente debilidad, del cardenal Rouco, del arzobispo de Toledo, del arzobispo de Barcelona, del obispo secretario de la CEE, del obispo de Tortosa, del paisaje todo eclesial y católico, nos hace revivir, porque eso es también el periodismo, la JMJ, sin más manchas que las del asfalto. Con mixtura de ingenuidad consentida y de los favores, demasiados, que tiene que pagar a quienes facilitaron su trabajo, nos hace palpar, como en el Evangelio, ciegos que fuimos y somos, que la JMJ fue misterio y milagro con Cristo y con ese Papa todo finura y estilo de blanco puro que es Benedicto, conversión, metanoia. No sé por qué demasiado de lo que ocurrido en la JMJ ha pasado ya a la historia. Menos para Lara, que será siempre una joven JMJ, también entre, y para, los perros viejos.

José Francisco Serrano Oceja

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