Opinión

La “no comunión”

Papa Francisco dando la Primera Comunión.
photo_camera Papa Francisco dando la Primera Comunión.

Este sábado celebramos todos juntos en familia un día que jamás habríamos existido si el coronavirus no hubiera venido para darle un vuelco a nuestra vida. Emulando a Lewis Carroll, sentados a la mesa sin Alicia, ni sombrerero loco, ni gato, ni conejito blanco con chistera, ni “feliz no cumpleaños”, recordamos la “no comunión” de mi hijo Juan. Día brillante de primavera, perfecto, ni frío ni calor, de esos que toda madre sueña. Todo en orden salvo el confinamiento. La comunión tendrá que esperar. Por ahora, hasta la segunda mitad de octubre. En octubre, Dios proveerá.

La “no comunión” es un ejemplo de todo lo que no nos está pasando y que nos obliga a crecer a marchas forzadas, a salir de ese “mundo de la piruleta” donde todo era tan sencillo que lo dábamos por supuesto. La “no comunión” es una razón para la alegría porque si bien nos habría encantado que hoy Juan ya hubiese recibido su Primera Comunión, auguro que cuando lo logre en el otoño, o en el invierno, o en la primavera siguiente, quién sabe, lo vivirá con una intensidad que la normalidad arrebató al resto de sus hermanos.

Porque la “anormalidad”, que no “nueva normalidad”, nos ha confrontado con realidades desconocidas para nosotros, con ausencias, con imposibles que siempre parecían factibles, nos ha hecho darnos cuenta de pequeñas e inusitadas fortunas a las que no dábamos la suficiente importancia. Por ejemplo, cada mañana de las de antes, cuando examinaba la agenda de mi día con la luna todavía alta, tenía una dicha que no sabía valorar. Podía elegir en función misa a mi antojo en función de mis obligaciones: la 7,25 en Santa Elena, la del CEU a las 8,15, las otras dos en el CEU durante el mismo día, la de la tarde cerca de mi casa… la duda estaba en la elección.

Y ahora cumplimos más de 50 días de comuniones espirituales y hemos visitado todas las catedrales de España y hemos acompañado al Papa en Santa Marta. Agradezco esa alarma que me sacada de mis quehaceres cada día para “engancharme” a las 13,00 al canal de Youtube de la Fundación CEU San Pablo, donde el viceconsiliario nacional de la ACdP, don Andrés Ramos, desde una casi vacía capilla del Colegio Mayor de San Pablo, reúne a cientos de feligreses digitales ansiosos, cada vez más, aquella “vieja normalidad” a la que demasiadas veces tan poca importancia dábamos.

Por supuesto, en casa, para la “no comunión” de Juan tuvimos un menú especial diseñado por él. Arropado por todos sus hermanos, y con la familia a través del teléfono, recibió el ánimo de todos los suyos. Este tiempo pasará. Llegará otro. Llegará la verdadera Primera Comunión. Y al niño se le encienden las mejillas de la alegría al pensar en ese día (y también, un poco por los regalos, claro está, que Juan es muy especial, pero tiene nueve años…)

Me pregunto qué pasará en otoño, en invierno, en primavera, cuando por fin pueda ser. Me pregunto cómo será para Juan haber podido recorrer ese camino que media entre la “no comunión” y la “sí comunión”. Y me doy cuenta de que, verdaderamente, Dios sabe mostrarnos lo bueno que hay en todo. Al final, es la espera la que engendra la esperanza y ese don es el que tenía Juan en su cara pecosa y sonriente cuando miraba hacia el mañana.

María Solano Altaba

Decana de la Facultad de Humanidades y CC. Comunicación

Universidad CEU San Pablo

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