Opinión

Con Pikaza en esto de don Adolfo

Xabier Pikaza.
photo_camera Xabier Pikaza.

Sí, estoy con Javier, o Xabier, Pikaza en esto del caso de Almería. Y me explico. Puede resultar extraño que yo esté de acuerdo con Xabier Pikaza en su Blog de Religión Digital. Hasta a mí me lo parece.

Cuando bajé a estudiar periodismo, porque el periodismo en la Ponti de Salamanca comenzó a estudiarse en la planta baja, me encontré con la asignatura de “Hecho religioso”, o algo así, que impartía el profesor Pikaza. Aunque tenía convalidada su materia, asistí a alguna de sus clases. No a muchas, recuerdo.

En mi época del Alfa y Omega primigenio algo debí de escribir que no le gustó. Y me mandó un correo, amable, pero contundente. No sé si le conteste simile modo.

Ahora leo un artículo suyo sobre el caso Almería titulado “Monseñor Adolfo González Montes. Un programa teológico”. Suscribo al 90% el fondo de lo que escribe, desde el primer párrafo hasta el final. Lean desde la primera línea con detenimiento. Yo no lo diría así, lógicamente. Tampoco estoy de acuerdo en esa forma de entender el episcopado que subyace al texto. Pero no puedo negar que el profesor Pikaza conoce muy bien a don Adolfo, le tiene afecto y sabe que este obispo, al que cuando le hicieron obispo perdimos todos un gran teólogo, es así, una víctima de su bondad.

Ni es el momento, ni es el lugar para explicar muchas de las causas, de los procesos, de los personajes y demás ralea del caso Almería.  No niego que la cuestión económica esté sobre la mesa. Da la impresión de que la prima de riesgo de la Iglesia se está desbocando. No voy a citar otras diócesis porque nunca he creído en el argumento del “y tú más”. Entiendo que hay que hacer algo. Pero, entonces, no solo en Almería. Doctores tiene la santa madre Iglesia, en esto del pecunio, que sabrán.

Pero lo que sí pienso es que, al margen de las miserias humanas, que también las encontramos en operaciones de este calibre, con el caso Almería, que no es ni mucho menos el caso don Adolfo, seguro que hubiera habido otras soluciones más originales y creativas.

Es curioso, en este tiempo en el que se demandan iniciativas que nazcan de la base, del Espíritu, cuando hay que actuar, se saca el derecho canónico de turno y a correr. 

Dice Pikaza, dirigiéndose a don Adolfo, como siempre le llamamos sus alumnos, porque a este profesor nunca se le tuteaba, que “me alegro de que puedas tener de nuevo libertad para ser quien eres, persona admirable, intelectual y profesor, a quien muchos hemos querido y admirado, un hombre quizá demasiado bueno-bueno, sensible, sin doblez, para ser obispo en estos tiempos”.

No, el problema es que don Adolfo, que había hecho un Seminario ejemplar, en el fondo y en la forma, cuya predicación en el día a día ya quisieran muchos, que había puesto orden, que no flirteaba con los experimentos eclesiales, que en la distancia podía ser distante y en la cercanía siempre acogedor, que se había empeñado en dignificar una diócesis que lo merecía, era, para algunos, un “negrito”.   

Y cayó otro negrito…

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