Opinión

Aquellas misas de las familias

Fiesta de la Sagrada Familia en Colón.
photo_camera Fiesta de la Sagrada Familia en Colón.

Me recordaba ayer una compañera en estas lides periodísticas aquellos días, por estas fechas, en los que el cardenal Rouco era portada en los periódicos y la misa de las familias congregaba a un número no desdeñable de fieles en la plaza de Colón de Madrid.

Hay quien pueda pensar que esas misas formaban parte de la estrategia de la confrontación. Sinceramente creo que esa idea es más propia de quienes no digerían la libertad de los actos que de la realidad propositiva que conllevaban. La misa no puede ser un acto de confrontación, es un acto de sacralidad y comunión. Por lo tanto, lo propio de la expresión pública del cristianismo sería esa presencia elocuente del acto principal del amor que congrega, el banquete eucarístico al que todo el mundo está invitado y a nadie se rechaza. La misa del mundo. 

La verdad es que tenía ya amortizadas aquellas misas. Es decir, metidas en el libro de la historia. Pero no me parece mal la oportunidad para reflexionar sobre la presencia pública de la fe, sobre la respuesta que estamos dando a los retos que plantea el tiempo que vivimos.

En estos días pasados, y con motivo de la aprobación de la ley de eutanasia, leí un tuit en el que alguien decía que se ha aprobado una ley nefasta para la sociedad española sin la más mínima manifestación en contra en la calle. Tenemos el ejemplo de la ley de educación, también aprobada, en la que sí ha habido una respuesta social en la calle quizá porque hay intereses económicos directos en juego. Pero, ¿qué ha pasado con la eutanasia?

No se puede negar que ha habido declaraciones de la Conferencia Episcopal, tuits del secretario general para todas las causas. Tampoco es que hayan sido muchos los obispos que han escrito o se han movilizado. Y menos los grupos católicos, con la salvedad de la Asociación Católica de Propagandistas y su campaña Vividores, que ciertamente ruido ha hecho. Y los chicos de Hazte oír y compañía, para ser justos.

La ley de eutanasia, una legislación nefasta que lleva hasta las últimas consecuencias una conciencia sobre el sentido de la vida, se ha aprobado, por tanto, con solo algún silbido en contra. Y nada más. ¿Qué significa esto? ¿Acaso estamos en un tiempo en el que pensamos que las batallas morales están perdidas? ¿Acaso no existe una capacidad de respuesta pública ante lo que parece ser una conjura del mal, una constelación de legislaciones que van a acabar definitivamente con el sustrato ético de una sociedad?

No se trata solo de la protesta por la protesta. Ni de reivindicar la calle como el lugar de la revolución, idea propia históricamente de los marxismo. Se trata de tomar conciencia de que quienes piensan que ya no es posible el cambio de los modelos de Estado ahora apuestan por imponer el cambio de los modelos de sociedad.

Y que, como se puede comprobar por el pasado reciente, si algo tenían claro los cristianos en los países que se enfrentaron al comunismo histórico es que la Iglesia católica era la única salvaguarda que quedaba de los valores que emanan de esa dignidad de la persona, por ejemplo de la libertad y el respeto a la vida.

Pero parece que ahora estamos en un tiempo en el que se impone el silencio, y el griterío mediático que acalla el profetismo, también eclesial. Y que hay líderes eclesiásticos que han aceptado la proposición del contrario como suya.   Que conste que no es pesimismo, es constatación de una realidad que se percibe como avalancha.

Pero no desesperemos. Si algo significa la Navidad es esperanza en un tiempo nuevo.

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