Opinión

Camino sinodal

El Papa Francisco, en la apertura del sínodo 2021.
photo_camera El Papa Francisco, en la apertura del sínodo 2021.

El Papa Francisco ha inaugurado en Roma el Sínodo de los Obispos sobre la sinodalidad, que se desarrollará hasta octubre de 2023, un buen programa para lograr en dos años y lograr una mayor comunión en toda la Iglesia, a fin de impulsar la evangelización que necesita el siglo XXI, poniendo en marcha especialmente a los laicos.

Desde el Centro

Ha dicho el Papa que el camino sinodal, ese caminar juntos, no puede reducirse a convocar eventos y reuniones, ni a una reflexión teórica buscando soluciones a los problemas. Y la clave, no lo olvidemos, es caminar juntos con Jesucristo, dando espacio a la oración y a la adoración. Medios de gracia indispensables para transformar las estructuras humanos: tareas de todos porque la Iglesia, es decir, los sacerdotes y los laicos somos mucho más que asistentes sociales, gracias al tesoro de la fe y la presencia de Jesucristo en medio del Pueblo de Dios.

El esfuerzo del Pontífice a la cabeza de la Iglesia camina hacia una mayor apertura a la sociedad poscristiana con audacia e iniciativa y sin desalientos. Sin embargo, hay mucho peso muerto porque gran parte de los católicos no ha descubierto aún su misión evangelizadora constante y ordinaria en los trabajos, las familias, actividades de ocio, y las implicaciones sociales de los trabajos. Parece que casi instintivamente se creen mandados por obispos y sacerdotes pero sin llegar a asumir su misión laical, al cien por cien.

El siglo XX ha significado el despertar de los laicos y la llamada a la santidad con vocación del transformar el mundo, que es el principal mensaje del Vaticano II , desarrollado en sus documentos y en particular la Constitución Lumen Gentium, y Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual. Sería una involución volver al papel directivo por parte de los sacerdotes y religiosos, pues su vocación no es trabajar en la entraña de la sociedad, sino despertar las ilimitadas capacidades de los laicos para transformar el mundo actual empezando por las familias, la educación, la universidad, los artistas, la empresas, los organismos internacionales, y la política.

La misión de los laicos

Ciertamente los consagrados, religiosos, y frailes están al día y pueden ilustrar sobre las crisis de los católicos, los problemas sociales, y apoyar iniciativas para vitalizar las estructuras, pero no pueden estar en el quehacer diario de los trabajos que no tienen límites y están altamente especializados; precisamente esa es la vocación propia de los laicos, hombres y mujeres líderes que atraen con su prestigio a muchos cuando muestran con naturalidad la fe vivida. Una capaz inmensa de configurar estructuras de virtud, leyes humanizadoras, relaciones laborales, y el servicio sincero que facilita la convivencia en orden al bien común sin reduccionismos clericales ni materialistas. De este modo los laicos bien formados muestran que la fe no se reduce a la participación en la Misa dominical ni en dar catequesis infantiles, o ayudar en la parroquia, por muy necesarias que sean estas actividades. 

En suma, ningún eclesiástico o religioso puede sustituir a los laicos en la difusión del Evangelio de Jesucristo, tal como supieron hacer las primeras familias cristianas con gran coherencia y sacrificio. Y fueron capaces de cambiar el mundo pagano incluso antes de que aparecieran otros carismas de apartamiento del mundo. Una lectura meditada de los Hechos de los Apóstoles ilumina cómo se vive la fe en la entraña de la sociedad, aunque fuera tan hostil como de aquellos tiempos, cosa que actualmente no se da en nuestro entorno.

Solamente desde la vocación comprometida de los laicos bien formados se podrá avanzar en la nueva evangelización, con libertad para desarrollar múltiples iniciativas y sin mayores tutelas eclesiásticas. El Papa Francisco lo señala al decir que la Iglesia no puede ser temerosa ni refugiarse en excusas del «siempre se ha hecho así».

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