Opinión

Una misión eucarística para España

Exposición del Santísimo Sacramento.
photo_camera Exposición del Santísimo Sacramento.

Ahora que vamos a poder volver a la eucaristía, quizá convenga reflexionar sobre lo que nos ha pasado en estas semanas y lo que se puede hacer en un futuro inmediato. Más allá de la atención sobre las normas concretas de asistencia a la misa y a los sacramentos, que están ocupando no poco tiempo.

Sé que no pocos se ponen muy nerviosos cuando se saca a relucir a la eucaristía en este tiempo. Lo que personalmente tengo claro es que, durante este inmediato pasado, cada uno se ha demostrado a sí mismo, y a los demás, lo que es, hemos podido percibir con meridiana claridad de qué va esta historia. Mi director me decía siempre aquello de: “José, convéncete, que nadie da lo que no tiene”.

He leído durante estas semanas pasadas cientos de páginas de obispos, de España y de todo el mundo. Les puedo decir de memoria quiénes han escrito y han hablado sobre la eucaristía en sí misma. Quiénes han escrito sobre otros temas. El colmo de las últimas horas ha sido asistir a la competición sobre quién ha dicho la misa con más fieles telemáticos, y quién ha buscado a sus amigos para subir el contador. Hago un mutis argumental por el foro.

Se ha visto claramente una división de la Iglesia en lo que a la eucaristía se refiere. Desde afirmaciones como que “la eucaristía está sobrevalorada” o “hay que dejar de sacar a pasear la eucaristía a la calle”, como si de un perro se tratara, o que “hay que aprovechar este tiempo para acabar con el sacramentalismo”, a actos heroicos de sacerdotes que han hecho lo posible para llevar la eucaristía a los fieles en las circunstancias más diversas.

De entre las muchas anécdotas que me han llegado estas semanas me quedo con la ocurrida hace pocos días. A media mañana, cuatro fieles rezaban un ángelus improvisado con el sacerdote en el templo. Quien más, quien menos, cuando hemos podido salir a pasear hemos buscado una iglesia abierta para, al menos, hacer una visita al Santísimo y rezar un rato. O cuando íbamos a la compra, el devocionario eran las bolsas de naranjas.

Manteniendo la distancia, con mascarillas y guantes, por supuesto. Volvamos a la parroquia. Al término de la oración, el sacerdote les dijo con toda naturalidad que si querían comulgar. Y en ese momento, un hombre, de no excesiva edad, comenzó a llorar desconsoladamente. El resto se quedaron atónitos sin saber qué decir. El buen hombre pidió perdón y dijo que muchas noches había pensado que podía haber muerto sin haber podido recibir al Señor. Y que ese solo pensamiento le producía un profundo dolor y le quitaba la paz.

Cuando le comenté esta anécdota a un buen amigo, me dijo algo que es muy sencillo. No te olvides, que lo que más le molesta al demonio es la eucaristía. Sí, al demonio. Como el Papa habla del demonio, yo también. Si algo pudiera hacer el demonio –me decía mi amigo- es acabar para siempre con la eucaristía. Y añadió, “y con el matrimonio, dos sacramentos que están íntimamente unidos”.

Lean, por favor, en el volumen XI de las Obras Completas de Joseph Ratzinger, el texto “La fundamentación sacramental de la existencia cristiana”. O los que componen la parte C del citado volumen, dedicados a “La celebración de la eucaristía: fuente y cumbre de la vida cristiana”. Incluso si me apuran, en el volumen VIII/1 de las citadas obras, el que lleva por título “¿Derecho de la comunidad a la eucaristía?”.

La Iglesia se ha volcado, y se seguirá volcado, en la atención a los pobres. ¿Acaso no tendrá que volcarse en la eucaristía? ¿No habrá que preparar una misión eucarística para cuando vuelva la normalidad, sea como sea, se llame como se llame? 

                                    

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