Opinión

Cristo: Resucitó la Verdad

Resurrecció de Cristo de El Greco.
photo_camera Resurrecció de Cristo de El Greco.

“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Jamás ser humano había dicho palabras semejantes de sí mismo. Ni los apóstoles, ni Pilato, ni el Sanedrín, entendieron lo que les estaba diciendo.

Sufrimiento en la Cruz, pasión dolorosa, lastimosa, en la que los seres humanos, todos, hemos descargado la plenitud de nuestras miserias, de nuestras maldades, de nuestros pecados. Mientras la sinfonía de los latigazos seguía dirigida por la sombra de satanás, las palabras de Cristo quedaban enterradas en el silencio ¿Quién era aquel pobre desgraciado que se decía “hijo de Dios”, y que estaba
siendo objeto de mofa de cuatro soldados romanos, de cuatro fariseos y escribas judíos que habían perdido el horizonte de sus vidas, al no saber leer a Moisés y a sus profetas?

Pilato se atreve a preguntar: ¿Tú eres rey? “Mi reino no es de este mundo; y para eso he venido para dar testimonio de la Verdad”. ¿Hay otro mundo que supere a Roma; hay otra verdad que no sea ser romano?

¿Qué es la Verdad?, A Pilato no se le ocurre responder que cada uno es su propia verdad; “yo soy mi verdad”, como le hubiera respondido hoy un cualquier aprendiz de intelectual

Lo que ha tenido lugar en un rincón de Judea, y que apenas llegó en su momento a los oídos de los que entonces se encontraban en Jerusalén, un pueblo pequeño. Está preparando el acontecimiento definitivo que da sentido a toda la Creación, a toda la naturaleza, a la historia del ser humano en la tierra: Dios va a decir su Palabra definitiva, y su Palabra es Eterna.

Tiempo de silencio, el sábado santo, para que cada ser humano se meta dentro de sí mismo, y piense y medite, seamos más conscientes de nuestra ceguera, y ansiemos con toda nuestra alma contemplar el amanecer de la Resurrección.

Por desgracia, huimos del silencio y no llegamos a apreciar con toda claridad, la realidad de nuestro pecado, de nuestra capacidad de mal, nuestro rechazo de Dios.; apenas nos llenamos del ruido de nuestras propias palabras y no nos unimos al clamor de los Ángeles que gozan en el Cielo, en toda la tierra, de la Resurrección de Cristo.

“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. El Camino fue la Cruz, es la Cruz; la Verdad es la vida y la muerte de Cristo, Dios y hombre verdadero, que estará presente en la tierra hasta el final del mundo, y ante el que todas las ideologías que podamos construir los hombres son apenas polvo que se lleva el viento, aunque sea mucho el mal que puedan hacer en la tierra; y la Vida es Cristo Resucitado, que
hace nuevas todas las cosas y prepara al mundo para recibir el Espíritu Santo. La plenitud de Dios en la historia de los hombres.

“Mi reino no es de este mundo”. No se asienta en la tierra con perspectiva definitiva; pero el Reino de los Cielos dentro de vosotros está, nos dice el Señor. y echa sus raíces en nosotros mientras hace germinar ya la flora de la Vida Eterna. 

La Resurrección de Cristo rompe todas las perspectivas humanas en las realizaciones terrenas de los seres humanos. Las rompe, y las abre a horizontes sublimes; a los horizontes de Dios al participar en la historia de los hombres. “¿Dónde está oh muerte tu victoria? ¿Dónde está oh muerte tu aguijón? El
aguijón de la muerte es el pecado”. La Resurrección -cuerpo glorioso lo que antes era un cuerpo mortal- es ya la Eternidad en el tiempo y tan real como la propia muerte. La Resurrección es el golpe mortal al pecado y a la propia muerte.

Hemos querido arrancar el pecado personal de la perspectiva del ser humano; hemos hablado de misericordia sin hablar de que solo el hombre, la mujer, arrepentidos de su pecado, y pidiendo perdón al Señor, anhelan recibir la misericordia; y la misericordia es despreciada. Y esto, ¿por qué? Porque solo quien reconoce su pecado y su miseria y pide perdón arrepentido, como Pedro, recibe el perdón y se goza en la luz de la Resurrección de Cristo. ¡Qué pena tiene Cristo cuando los hombres nos arrancamos los ojos para no verlo Resucitado!

Se hizo la Luz. Las palabras de Cristo engendran la nueva creación, y la Virgen María es su nueva Reina. “He aquí que hago nuevas todas las cosas”.

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