Opinión

Orientación pastoral: descubrir de nuevo la familia

La Exhortación apostólica recién aparecida, “Amoris laetitia”, ha sido recibida con un visión más bien sesgada en algunos ambientes también dentro de la Iglesia, entre los creyentes.

Esperada desde el anuncio del Sínodo de 2014; anunciada en una supuesta redacción desde los comienzos del Sínodo de 2015; y propagada en “su deseado contenido”, en un osado adelanto, desde la Relatio final, el documento definitivo ha alegrado a muchos, ha desilusionado a otros, ha sorprendido a ciertos grupos; y a no pocos, entre los que me encuentro, nos he hecho reflexionar, leerla con calma, y tratar de desentrañar sus afirmaciones netas, sus silencios, sus preguntas no formuladas, sus sugerencias en espera de una contestación, etc.

Siguiendo la invitación implícita y explícita del Papa a hacer un análisis del texto: - “Por eso consideré adecuado redactar una Exhortación apostólica postsinodal que recoja los aportes de los dos recientes Sínodos sobre la familia, agregando otras consideraciones que puedan orientar la reflexión, el diálogo o la praxis pastoral y, a la vez, ofrezcan aliento, estímulo y ayuda a las familias en su entrega y en sus dificultades” (n. 3)-, quiero salir al paso de quienes han pretendido manipular algunos textos , y han señalado una “ruptura” en la doctrina sobre el matrimonio que la Iglesia ha proclamado, proclama, y proclamará siempre: el ideal del matrimonio único, indisoluble y abierto a la vida, instituido Sacramento por el Señor, que abre para los esposos el camino de santidad, de unión con Dios.

La Exhortación subraya claramente esa grandeza humana y sobrenatural del matrimonio cristiano y anima a que la pastoral tenga esa meta.

Juan Pablo II, en la Familiaris consortio, documento citado unas 20 veces en la Exhortación, señaló en su día: “La Iglesia, consciente de que el matrimonio y la familia constituyen uno de los bienes más preciosos de la humanidad quiere hacer sentir su voz y ofrecer su ayuda a todo aquel que, conociendo ya el valor del matrimonio y de la familia, trata de vivirlo fielmente; a todo aquel que, en medio de la incertidumbre o de la ansiedad, busca la verdad y a todo aquel que se ve injustamente impedido para vivir con libertad el propio proyecto familiar. Sosteniendo a los primeros, iluminando a los segundo y ayudando a los demás, la Iglesia ofrece su servicio a todo hombre preocupado por los destinos del matrimonio y de la familia” (n. 1).

El Papa Francisco reafirma con otras palabras el mismo, y perenne, deseo de la Iglesia de hoy y de siempre:

“Los cristianos no podemos renunciar a proponer el matrimonio con el fin de no contradecir la sensibilidad actual, para estar de moda, o por sentimientos de inferioridad frente al descalabro moral y humanos. Estaríamos privando al mundo de los valores que podemos y debemos aportar” (n. 35).

Los dos papas son bien conscientes de que el Espíritu que infunde el Señor en los esposos, renueva el corazón y hace al hombre y a la mujer capaces de amarse como Cristo nos amó. El amor conyugal alcanza así de este modo, la plenitud a la que está ordenado interiormente, la caridad conyugal.

Juan Pablo II lo recuerda con estas palabras: “Es a las familias de nuestro tiempo a las que la Iglesia debe llevar el inmutable y siempre nuevo Evangelio de Jesucristo; y son a su vez las familias, implicadas en las presentes condiciones del mundo, las que están llamadas a acoger y a vivir el proyecto de Dios sobre ellas” (n. 4).

El Papa Francisco insiste a su vez señalando: “El sacramento del matrimonio no es una convención social, un rito vacío o el mero signo externo de un compromiso. El sacramento es un don para la santificación y la salvación de los esposos, porque “su recíproca pertenencia es representación real, mediante el signo sacramental, de la misma relación de Cristo con la Iglesia. (…) El matrimonio es una vocación, en cuanto que es una respuesta al llamado específico a vivir el amor conyugal como signo imperfecto del amor entre Cristo y la Iglesia. Por tanto, la decisión de casarse y de crear una familia debe ser fruto de un discernimiento vocacional” (n. 72).

Es con esta perspectiva, el Papa Francisco orienta claramente la acción pastoral que invita a levar a cabo en toda la Iglesia. El n. 307 de la Exhortación no deja lugar a ninguna duda:

“Para evitar cualquier interpretación desviada, recuerdo que de ninguna manera la Iglesia debe renunciar a proponer el ideal pleno del matrimonio, el proyecto de Dios en toda su grandeza: “Es preciso alertar a los jóvenes bautizados a no dudar de la riqueza que el sacramento del matrimonio procura a sus proyectos de amor, con la fuerza del sostén que reciben de la gracia de Cristo y de la posibilidad de participar plenamente en la vida de la Iglesia”. La tibieza, cualquier forma de relativismo, o un excesivo respeto a la hora de proponerlo, sería una falta de fidelidad al Evaneglio y también una falta de amor de la Iglesia hacía los mismos jóvenes. Comprender las situacviones excepcionales nunca implica ocultar la luz del ideal más pleno ni proponer menos que lo que Jesús ofrece al ser humano. Hoy, más importante que una pastoral de los fracasos es el esfuerzo pastoral para consolidar los matrimonios y así prevenir las rupturas”.

Esta es la perspectiva que señala el Papa, y es la que, lógicamente, la Iglesia va a seguir viviendo la pastoral de la familia. Con Pablo VI, Francisco recuerda la lección de la Sagrada Familia para mantener vivo este espíritu:

“La alianza de amor y de fidelidad, de la cual vive la Sagrada Familia de Nazaret, ilumina el principio que da forma a cada familia, y la hace capaz de afrontar mejor las vicisitudes de la vida y de la historia. Sobre esta base, cada familia, a pesar de su debilidad, puede llegar a ser una luz en la oscuridad del mundo. “Lección de vida doméstica. Enseñe Nazaret lo que es la familia, su comunión de amor, su sencilla y austera belleza, su carácter sagrado e inviolable; enseñe lo dulce e insustituible que es su pedagogía; enseño lo fundamental e insuperable de su sociología” (Pablo VI, Discurso en Nazaret, 5-I-1964) ( Amoris laetitia, n. 66).


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