Opinión

El poeta del deseo

Dante y Virgilio
photo_camera Dante y Virgilio

Releyendo la Divina Comedia en una edición que titula simplemente “Comedia”, que es el título original, he descubierto, gracias a mis amigos tertulianos, a un comentarista italiano, Nembrini, gran experto en esta obra. Él dice que Dante es el poeta del deseo y hace ver un detalle en el que nunca me habría fijado: los tres libros, Infierno, Purgatorio y Cielo, terminan con la misma palabra: estrellas. Ni que decir tiene que cuando uno lee semejante cosa lo más normal es ir corriendo a comprobarlo.

Y así es, pero va más allá Nembrini y explica que la palabra latina sidera significa estrella y por lo tanto de-sidera, de las estrellas, es el deseo. Por eso Nembrini califica a Dante como poeta del deseo. Pero cuenta también este profesor italiano que en su país se hizo hace poco un estudio en el que se manifiesta que “el problema que tiene nuestro país es el decrecimiento del deseo que se manifiesta en cada aspecto de la vida; tenemos menos ganas de construir, de crecer y de buscar la felicidad” (p. 25).

Creo que se puede extender ese dato a los países occidentales. El consumismo hace que muchas personas, mayoría hablando así en general, solo piensan en su comodidad, y en el momento en que ya tienen de casi todo lo material se convierten en abúlicos y atontados. Se puede apreciar a todos los niveles. Si los matrimonios se rompen con tanta facilidad es porque un planteamiento consumista enfría los afectos y crea egoísmo. Y los jóvenes, con tanta frecuencia, se permiten todo tipo de placeres, sin ningún límite moral. Por lo tanto, les queda poco en que pensar para sus muchos años de vida.

La Comedia (o Divina Comedia) es un viaje. La situación más triste es la de los que están en el infierno y, por lo tanto, no pueden aspirar a nada. Pero en ese viaje que hace Dante con Virgilio lo que se plantea es un avance, un ir conociendo, una posibilidad de salvación, una puerta abierta al paraíso. Es una perspectiva constante de posibilidad de avanzar, y el autor, haciendo gala de una magnífica imaginación, va abriendo, poco a poco, la perspectiva de lo que significa el cielo. Al final, siempre las estrellas.

“El único alimento digno del hombre -escribe Nembrini- es la sabiduría, la verdad; lo que nos hace distintos de los otros seres animales es el alimento de la verdad, la pasión por caminar hacia nuestro destino y gozar de la verdad de las cosas. Démosle un nombre que resonará esta noche, felicidad: caminar hacia el cumplimiento de uno mismo, hacia el destino propio” (p. 17). Y esto es precisamente lo que muchos no quieren ni oír hablar. El relativismo presente en tantas mentes vacías es la enfermedad más grave de nuestra sociedad. Sin una búsqueda habitual de la verdad hay muchas gentes perdidas en su egoísmo, en una vida vacía de contenidos valiosos.

Dante escribe su obra magna después de tiempo, años, de preocupación por la vaguedad de los caminos de tantas personas. Tiene el proyecto en la cabeza durante años, influido por el deseo personal de encontrarse con Dios. Al parecer tuvo la suerte de una visión del cielo, de algo sobrenatural, y eso fue el empujón definitivo para escribir mostrando a los hombres la realidad última de la vida.

“Un milagro tan potente que cambia la vida, hace la vida nueva, la Vida Nueva: una vida distinta, más digna, con más dignidad, más verdadera, finalmente capaz de experimentar la caridad, de experimentar la acogida del otro, la verdadera acogida del otro que es el perdón” (p. 34).

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