De Libros

El recuerdo de monseñor Antonio Dorado Soto

Juan Antonio Paredes retrata un perfil biográfico de quien fuera obispo de Guadix-Baza, Cádiz y Ceuta y de Málaga hasta que en 2008 el papa Benedicto XVI le aceptó la renuncia

Juan Antonio Paredes Muñoz.
photo_cameraJuan Antonio Paredes Muñoz.

Al servicio de Dios y del hombre: Antonio Dorado Soto
Juan Antonio Paredes Muñoz
PPC

Suelo leer todo lo que cae en mis manos que haga referencia a la historia reciente de la Iglesia, máxime si se trata de biografías o autobiografías de obispos, arzobispos, cardenales y demás familia…

Como muy bien afirma el autor de este libro, “no he intentado escribir una biografía del obispo Antonio Dorado Soto. Ni lo he intentado ni sabría hacerlo”. ¿Qué es lo que ha hecho entonces? Un perfil biográfico de quien fuera obispo de Guadix-Baza, de Cádiz y Ceuta, y de Málaga hasta que en 2008 el papa Benedicto XVI le aceptó la renuncia que había presentado dos años antes, y presidente de las Comisiones episcopales de Apostolado Seglar, Enseñanza y Clero durante períodos completos. Períodos clave en estas Comisiones por sus textos y acciones. 

Un perfil que se construye con documentos del biografiado a lo largo de su largo ministerio, testimonios sobre su persona, correspondencia inédita –apasionante la carta de su ordenación a su familia desde Comillas-, escritos ya publicados en diversos medios, y, de forma muy singular, la memoria de la estrecha relación de años de convivencia entre el biógrafo y el biografiado.

En este sentido sorprenden algunas afirmaciones de contexto que el autor de esta biografía del obispo Dorado Soto hace, desde muy al principio del libro. Afirmaciones que no sabemos si son conclusiones de su estudio o son “presupuestos epistemológicos”, tesis previas que se desarrollan durante todo el trabajo y que, sin lugar a duda, condicionan la perspectiva y el resultado final del texto.

Cambiar el ritmo de la Iglesia 

Por ejemplo, ya en las primeras páginas se nos dice que “la llegada a España del Nuncio Mario Tagliaferri y la presencia del cardenal Suquía en la Sagrada Congregación para los obispos, y años más tarde la del cardenal Rouco, implicó un intento de cambiar la orientación y el ritmo de la Iglesia en España. Lo hicieron
mediante el nombramiento de nuevos obispos, de un estilo más conservador”.

Para concluir poco más adelante que “desde aquí deseo rendir un homenaje a los arzobispos y obispos que fueron orillados y que supieron aceptarlo con humildad y amor profundo a la Iglesia, como es el caso de don Antonio Dorado Soto”.

¿Demuestra a lo largo de las páginas en qué consistió ese “orillamiento” de monseñor Dorado? De las afirmaciones anteriores habría mucho que discutir. Por lo que parece, por cierto, el ejercicio de orillar se repite a lo largo del tiempo. Unas veces unos, otras otros.

A lo largo del libro, muy rico en experiencias de vida, en historia compartida entre quien escribe la biografía y monseñor Dorado Soto, se van colado reflexiones, en plan leve ajuste de cuentas, que desmerecen del tono y la finalidad de este libro, que pretende una, en justicia, reivindicación de la biografía de uno de los obispos
españoles más interesantes durante la transición política.

Cuenta el autor que, “cuando tuvo lugar el relavo de don Antonio Dorado por don Jesús Catalá como obispo de Málaga, alguien tuvo un interés especial en alejarme y en que no pudiera hablar con los periodistas, a pesar de que yo era el delegado de Medios de Comunicación Social en funciones”.

O cuando habla de la delegación de Medios de Málaga, de lo que se hacía y de lo que su sustituto ha dejado de hacer. O las críticas a las nuevas generaciones de sacerdotes de la página 73 y 127 –que evito al lector-; o la dialéctica entre Acción Católica y nuevos movimientos, en clave de adjetivación de los “nuevos movimientos” como conservadores.

Al margen de estas consideraciones previas, los datos que se ofrecen, el modo tanto de ser su ser sacerdotal como del ejercicio ministerial de don Antonio Dorado Soto refulge con un estilo propio. Don Antonio fue un obispo formado en el Seminario de Toledo, Iglesia fecunda donde las haya, en la mejor tradición Comillense, jesuita, por el cincel espiritual del recordado santo P. Nieto.

Un obispo ligado a don Gabino Díaz Merchán, una de las personalidades más interesantes de la Iglesia, que esperemos haya dedicado, o esté dedicando, algo de tiempo a escribir sus memorias. Don Antonio Dorado, hombre de inquietudes intelectuales, fue un obispo que hizo posible la aplicación del Vaticano II en
equilibrio.

Amistad en la Conferencia Episcopal 

Devoto mariano, sus textos pastorales son ampliamente citados, y algunos merecen incluso hoy una particular reflexión, como el dedicado a hablar de Dios en nuestra sociedad. Son muy interesantes las páginas que abordan cuestiones como las secularizaciones de sacerdotes, o la crisis de la Acción Católica
dado que Dorado Soto fue consiliario de esa realidad eclesial.

Perteneció a esa generación de la Conferencia Episcopal en la que los debates tenían la altura de su tiempo y en la que, teniendo en cuenta las distintas sensibilidades, existía una comunión afectiva y efectiva, una amistad y relación sincera entre los obispos.

Sean por tanto bienvenidas estas páginas que nos recuerdan a un tiempo y a un hombre de nuestra Iglesia.

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