Opinión

Benedicto XVI: sesenta años de amistad

Había preparado un guión, con ideas de la convocatoria de la Congregación del Clero del 13 de mayo y, sobre todo, de la homilía en la clausura del año sacerdotal el 11-6-2010. Desde luego, ha tenido un eco excepcional en el mundo esa invitación a los obispos, para organizar al menos sesenta horas de adoración eucarística en cada una de las 2.956 circunscripciones eclesiásticas: una por cada año de sacerdocio. Uno no es muy amigo de números. Pero me hizo gracia la valoración cuantitativa: 177.360 horas de adoración eucarística para pedir a Dios sacerdotes santos y nuevas vocaciones.

Lógicamente, a Roma han llegado infinidad de cartas de felicitación y de gratitud, de las que daba cumplida cuenta L’Osservatore Romano, en su edición del 29 de junio. Quizá la síntesis de los obispos canadienses refleja un sentido común en quienes manifiestan su agradecimiento por la vida de Benedicto XVI, “sacerdote, profeta, pastor”.

Pero todo lo que había pensado yo para esa tertulia fue a la papelera (de reciclaje, claro), al leer la homilía del Papa el día 29 en San Pedro. Me parece un texto antológico, en el que se trasluce un alma sacerdotal profundamente conmovida. Apenas dedicó espacio a los aspectos propios del día, incluida la importante presencia, ya tradicional, de una delegación en Roma del Patriarca de Constantinopla. Quería dar gracias a Dios por aquel evento de 1951. Y lo hizo en términos no cuantitativos, sino personalísimos: el sacerdocio como manifestación de la amistad divina. No soy experto, pero me parece que ha sido una excepción en la predicación de Benedicto XVI, siempre basada en los textos litúrgicos del día.

Así comenzaba: “«Non iam dicam servos, sed amicos» - «Ya no os llamo siervos, sino amigos» (cf. Jn 15,15). Sesenta años después de mi Ordenación sacerdotal, siento todavía resonar en mi interior estas palabras de Jesús, que nuestro gran Arzobispo, el Cardenal Faulhaber, con la voz ya un poco débil pero firme, nos dirigió a los nuevos sacerdotes al final de la ceremonia de Ordenación. (...) yo sabía y sentía que, en ese momento, esta no era sólo una palabra «ceremonial», y era también algo más que una cita de la Sagrada Escritura. Era bien consciente: en este momento, Él mismo, el Señor, me la dice a mí de manera totalmente personal. En el Bautismo y la Confirmación, Él ya nos había atraído hacia sí, nos había acogido en la familia de Dios. Pero lo que sucedía en aquel momento era todavía algo más. Él me llama amigo. Me acoge en el círculo de aquellos a los que se había dirigido en el Cenáculo.

En el grupo de los que Él conoce de modo particular y que, así, llegan a conocerle de manera particular. Me otorga la facultad, que casi da miedo, de hacer aquello que sólo Él, el Hijo de Dios, puede decir y hacer legítimamente: Yo te perdono tus pecados. (...) Sé que el perdón tiene su precio: en su Pasión, Él ha descendido hasta el fondo oscuro y sucio de nuestro pecado. Ha bajado hasta la noche de nuestra culpa que, sólo así, puede ser transformada. Y, mediante el mandato de perdonar, me permite asomarme al abismo del hombre y a la grandeza de su padecer por nosotros los hombres, que me deja intuir la magnitud de su amor. Él se fía de mí (...) Él se abandona a mí. «Ya no sois siervos, sino amigos»: esta es una afirmación que produce una gran alegría interior y que, al mismo tiempo, por su grandeza, puede hacernos estremecer a través de las décadas, con tantas experiencias de nuestra propia debilidad y de su inagotable bondad”.

El Papa ve en esas palabras del Señor que transmite san Juan todo un programa de una vida sacerdotal. Como corresponde al temple de Benedicto XVI no falta una importante consideración sobre el sentido profundo de la amistad, tan presente en el pensamiento occidental desde Homero, Platón y Aristóteles. Los antiguos veían ahí el Ídem velle, ídem nolle –querer y no querer lo mismo, una comunión en el pensamiento y el deseo. Esa realidad de afectos está presente en toda la vida y la predicación de Cristo, lejos de cualquier anonimato.

Para el Papa, contituye un motivo de esperanza y ánimo, en un momento de gratitud: “gratitud al Señor por la amistad que me ha ofrecido y que quiere ofrecer a todos nosotros. Gratitud a las personas que me han formado y acompañado. Y en todo ello se esconde la petición de que un día el Señor, en su bondad, nos acoja y nos haga contemplar su alegría”.

Y no he podido por menos de recordar cómo han valorado la amistad los santos, concretamente san Josemaría Escrivá. Aparte de titular uno de sus libros “Amigos de Dios”, escribvió en “Forja” 565: “En un cristiano, en un hijo de Dios, amistad y caridad forman una sola cosa: luz divina que da calor”.

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