Opinión

La vitalidad de la familia cristiana en Italia

Es cierto que hay una diferencia importante. Si uno repasa recuerdos más o menos personales, llega a la conclusión de que la mundialización, tan presente en las jornadas de los jóvenes, parece alejada de los encuentros de las familias. Se pueden aducir muchas razones. En el caso de Francia, aventuro una de entidad: la JMJ de París, presidida por Juan Pablo II, marcó un antes y un después en la historia reciente de la Iglesia en el país vecino. Tal vez, sería preciso convocar a las familias en una capital francesa, para que cambiase el signo de atención.

Respecto de España, denota quizá la desmotivación de tantos creyentes adultos hacia causas positivas. Suelen ser más capaces de reaccionar contra desmanes negativos. Pero se inhiben ante acciones colectivas de interés común. No entro en lo político: personalmente, me alegra mucho que en España no exista democracia cristiana ni extrema derecha, a diferencia de países próximos. En parte, la partitofobia de Franco segó las raíces de esas posibles formaciones que, en el caso democristiano, todo hay que decirlo, nunca tuvo había tenido mucho atractivo por estos pagos.

De Italia, y del Encuentro de Milán, deseo retener algunas ideas importantes reiteradas el Papa, junto con la comprobación de la capacidad transalpina de vertebrar socialmente intereses de carácter general. Parece no haberse dado la triste decadencia que llevó en España al desmoronamiento de tantas facetas institucionales tras el Concilio Vaticano II. Allí siguen saliendo con fuerza y amplísimas tiradas viejas publicaciones de carácter familiar, que nunca cuajaron aquí, a pesar de encomiables intentos.

Benedicto XVI animó en Milán a redescubrir en la familia un "patrimonio principal de la humanidad". Ese legado deberá fructificar con nueva eficacia en el tercer milenio, como ámbito esencial para la socialización de la persona y la formación de una solidaridad abierta al don y la gratuidad, superadora de individualismos egoístas. En el hogar, como subrayó el Papa –sin dejar de mencionar el ineludible "reconocimiento de la identidad propia de la familia, fundada en el matrimonio entre hombre y mujer"‑, "se experimenta por primera vez cómo la persona humana no ha sido creada para vivir encerrada en sí misma, sino en relación con los demás; en la familia se empieza a encender en el corazón la luz de la paz para que ilumine nuestro mundo".

En un Encuentro con el tema "la familia: el trabajo y la fiesta", es lógico que la conciliación de tiempos y dedicaciones se reflejase en el domingo. Por eso, Benedicto XVI recordó la necesidad de "defender el tiempo de la familia, amenazado por una especie de 'predominio' de los compromisos laborales: el domingo es el día del Señor y de la persona, cuando todos deben ser libres; libres para la familia y para Dios. Si defendemos el domingo, defendemos la libertad del ser humano".

En uno de los actos del Encuentro, Cat Tien, niña de siete años de origen vietnamita, pidió al Pontífice que contase algo sobre su familia y su infancia. Benedicto XVI recordó que el domingo era esencial: "comenzaba ya el sábado por la tarde. Mi padre nos leía las lecturas del domingo. (...) Así entrábamos ya en la liturgia, en una atmósfera de alegría. El día después íbamos a Misa. Yo vivía cerca de Salzburgo, por lo que hemos podido escuchar mucha música -Mozart, Schubert, Haydn-, y cuando comenzaba el Kyrie era como si se abriera el Cielo. (...) Eran tiempos muy difíciles, porque era la época de la dictadura, luego vino la guerra, después la pobreza. Pero el amor recíproco que había entre nosotros, la alegría incluso por cosas simples, eran fuertes, y así se podían superar y soportar estas situaciones. (...) veíamos que la bondad de Dios se reflejaba en los padres y en los hermanos. (...) Así, en este contexto de confianza, alegría y amor, éramos felices, y pienso que el Paraíso debe de ser parecido a los tiempos de mi juventud. En este sentido, espero ir 'a casa' cuando vaya a 'la otra parte del mundo'".

No faltó la cita con la música en la estancia del Papa en Milán. Asistió en La Scala a un concierto en que, como resumiría después en Roma, "las notas de la Novena Sinfonía de Beethoven dieron voz a la instancia de universalidad y fraternidad que la Iglesia propone incansablemente anunciando el Evangelio; una fraternidad que resplandece en el célebre 'Himno a la alegría'".

Dentro del esfuerzo por presentar las facetas más positivas del mensaje cristiano, parece clara la prioridad que merece "la causa de la familia, que es la causa misma del ser humano y de la civilización", en feliz síntesis de Benedicto XVI.

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