Opinión

La virtud cristiana de la pobreza exige luchar contra la miseria

Acaba de ser presentado el mensaje del papa Francisco para la Jornada Mundial de los Pobres, que se celebrará por vez primera el próximo 19 de noviembre, penúltimo domingo del tiempo ordinario, antes de la solemnidad de Cristo Rey. Se introduce así un elemento más en el ya recargado calendario de celebraciones religiosas y laicas. Ciertamente, el último pasará por delante, por la radical importancia de su motivación en un mundo globalizado demasiado herido por la cultura del descarte. A título anecdótico, ese día de otoño, aparte de siete santos de la Iglesia católica, Wikipedia incluye, entre otros, los siguientes eventos, de consistencia y enfoque desiguales:  Día Internacional del Hombre (más bien, varón),  Día Mundial para la prevención del abuso de los niños, Día Mundial del Ajedrez, Día Mundial del Inodoro, para "concientizar sobre la importancia del acceso a los servicios básicos de saneamiento para la prevención de enfermedades".

Desde el primer momento, y sin necesidad hasta ahora de esta nueva y bienvenida celebración, el papa ha hecho honor al nombre que eligió tras ser elegido en el cónclave: amor a los pobres y a la naturaleza... Y seguirá insistiendo una y otra vez, porque la pobreza responde a un rasgo central de la vida y de la doctrina de Jesucristo.

El pasado jueves me topé con la clásica cuestación de Caritas, que recordaba la antigua celebración entre semana de la fiesta del Corpus, enlace de la radical communio con el espíritu de comunión cada vez más mencionado tras el Concilio Vaticano II: me propuse escribir este artículo. Pensé, incluso, la posibilidad de que esa cuestación tuviera sede más apropiada en ese domingo del tiempo ordinario. En cualquier caso, me decidí a revisar mi información sobre la pobreza, término ciertamente polisémico, por utilizar una expresión cursi.

El propio papa Francisco hizo uso con libertad de esa característica un tanto paradójica del término, en el título de su mensaje para la Cuaresma de 2014: “Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza”. Esa imagen procede de la Segunda Carta de San Pablo a los Corintios; el apóstol alentaba a mostrar su generosidad ayudando a los hermanos de Jerusalén que atravesaban serias dificultades. El pontífice se interrogaba sobre el significado de la invitación a la pobreza evangélica de San Pablo en nuestros días, y proponía a los fieles algunas reflexiones, para facilitar “el camino personal y comunitario de conversión”.

Resulta imposible olvidar cómo, en el derecho canónico, se consolidó el voto de pobreza, junto con castidad y obediencia, como elementos esenciales de la vida consagrada: de los “religiosos”, como se decía llanamente. Se configuraba como una gran virtud, que hundía sus raíces en la vida de los primeros cristianos en Jerusalén: ponían todo en común.

A la vez, en el lenguaje habitual, la pobreza denota carencias, algo negativo, no deseable para nadie..., sinónimo de miseria, en sentido material, indigna de la condición de la persona. Es como la miseria que entra por los ojos a todos, aunque Francisco ha señalado otras, como la miseria moral, “que consiste en convertirse en esclavos del vicio y del pecado", o la miseria espiritual, que nos golpea cuando nos alejamos de Dios y rechazamos su amor".

Hace bastantes años, en unos apuntes sobre la vida del fundador del Opus Dei, tuve ocasión de reflejar esa paradoja de la pobreza. La había incluido en Camino 194 entre los tesoros del cristiano, junto con hambre, sed, calor, frío, dolor, deshonra, soledad, traición, calumnia, cárcel... Pero no dejaba de reiterar en sus enseñanzas la respuesta de Jesucristo a los discípulos del Bautista: "Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia el Evangelio a los pobres" (Mateo, XI, 45): esas palabras le removían por dentro hasta concluir: “luego amaremos el desasimiento, lo amaremos con predilección; porque cuando el espíritu de pobreza se resquebraja, es que va mal toda la vida interior”. Enseñaba a gente que vive en medio del mundo que la pobreza no se reduce a mera renuncia: implica utilizar los recursos humanos para resolver los problemas de la vida y facilitar el desarrollo de las personas y de las comunidades”.

Me permito recomendar la lectura del mensaje pontificio, que comienza con unas palabras claras de la primera carta de san Juan: “Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras”. Ahí está la clave. Pero no deja de exigir discernimiento según las circunstancias de cada uno; por eso, invitar a continuar dando vueltas a las exigencias profundas de la pobreza cristiana. Y, por mi parte, intentaré seguir escribiendo sobre esta materia.





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