Opinión

Viejas y nuevas reformas litúrgicas

Benedicto XVI hojeando L'Ossevatore Romano en su despacho
photo_camera Benedicto XVI hojeando L'Ossevatore Romano en su despacho

En mis lecturas de prensa italiana, he visto recientemente el debate sobre la nueva edición del misal romano, aprobada en la última asamblea plenaria del episcopado. Incorpora las modificaciones de la typica tertia, no editada ya en versión “de bolsillo”, es decir, accesible a todos. Los aficionados al latín tenemos ahora menos problemas, gracias a las versiones digitales que circulan en la Red (la tela totius terrae, según la traducción de la triple “w”). Pero siguen existiendo lugares sin cobertura, en que es útil la editio altera del Missale romanum cum lectionibus de la Libreria Editrice Vaticana.

Desde luego, no dejaré de manifestar –afirmación tajante, ciertamente- la preferencia del derecho de los fieles laicos en materia litúrgica –incluida la belleza expresiva de las lenguas clásicas‑, sobre la creatividad de los celebrantes, tantas veces pobretona, reiterativa, cansina, capaz de espantar a quienes no tengan una firme creencia en el misterio.

En este contexto, me hizo gracia leer en tempi.it, a punto de desaparecer en su día, pero que perdura como mensile, un artículo con una información para mí desconocida: la influencia de Agatha Christie para que se mantuviera el latín en Westminster, tras imposiciones que contradecían el texto del correspondiente documento del Concilio Vaticano II.

Se trata de la amplia traducción de un artículo de Joseph Shaw, presidente de la Latin Mass Society, aparecido el 2 de noviembre en Catholic Herald. También incluye el texto original inglés. Relata cómo en diciembre de 1971 The Times publicó la noticia de que el papa había autorizado la celebración de la misa tradicional en latín en Gran Bretaña. De hecho, comenzó la costumbre de celebrar dos misas al año en el altar mayor de la catedral de Westminster, y una mensual en la cripta, ahora trasladada a la capilla de la Virgen.

Por aquel tiempo, como en Alemania, también en el Reino Unido habían surgido asociaciones para defender el hoy rito extraordinario, de acuerdo con la sabia decisión del papa Benedicto XVI, que subrayó más el contenido histórico y teológico de las fórmulas litúrgicas que la lengua en que se expresaban, a diferencia de grupos como el de Latin Mass Society o el Una Voce de otros países. (De hecho, no hay inconveniente en celebrar el rito extraordinario en lenguas vernáculas, como tampoco el casi desaparecido canon romano del rito ordinario).

Y surgió una iniciativa promovida por Alfred Marnau, poeta eslovaco que llegó a Gran Bretaña en 1939. Utilizó sus contactos en el sector del arte para obtener firmas en apoyo de una petición que lamentaba la pérdida de la antigua misa en el contexto de la "historia del espíritu humano": "Estamos ignorando la experiencia religiosa o espiritual de millones de personas. El rito en cuestión, en su magnífico texto latino, ha inspirado también una avalancha de realizaciones artísticas inestimables, no sólo místicas, sino obras de poetas, filósofos, músicos, arquitectos, pintores y escultores de todos los países y épocas. Pertenece a la cultura universal y no sólo a los hombres de Iglesia y a los cristianos".

El llamamiento de Marnau se dirigió también a no católicos, y en sólo tres semanas consiguió reunir las firmas de más de 50 figuras públicas, entre ellas un miembro del parlamento de cada uno de los principales partidos políticos, dos obispos anglicanos y varios escritores, artistas y músicos, como Graham Greene, Colin Davis, Iris Murdoch, Frank Raymond Leavis, Malcolm Muggeridge, Yehudi Menuhin y Nancy Mitford. William Rees-Mogg, director entonces de The Times, hizo que la petición alcanzase gran difusión en el país.

Al parecer, cuando el cardenal Heenan la presentó al papa Pablo VI, la hojeó silenciosamente y, de repente, exclamó: "¡Ah, Agatha Christie!” Y dio su aprobación. Concluye Joseph Shaw que Christie no era católica, pero la gran creación de su fantasía, el católico belga Hércules Poirot, ciertamente habría estado de acuerdo.

Se no è vero, è ben trovato.

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