Opinión

Superar los nacionalismos en defensa del sueño europeo y la auténtica humanidad

Manifestación en Barcelona por la unidad de España.
photo_camera Manifestación en Barcelona por la unidad de España.

A finales del siglo XX, la Europa del centro y del este conoció un despertar de los nacionalismos, favorecido en gran parte por la caída del comunismo, monopolizador antes de la política y la economía en tantos países. La crisis de los Balcanes exigió una medida tan excepcional como el ataque militar de la OTAN a un Estado soberano por vez primera en sus cincuenta años de historia. En la medida en que los dirigentes yugoslavos fueron perdiendo la fe en el socialismo, en la última etapa de Tito, exacerbaron desde el poder, no menos totalitariamente, antiguos sentimientos nacionalistas. Contribuyeron así, en expresión de Edgar Morin, al nacimiento de un “total-nacionalismo”, que se convirtió en una gran amenaza para la paz.

Desde entonces, con orientaciones políticas no unívocas, los nacionalismos han crecido, hasta el punto de que van a estar muy presentes en los próximos comicios europeos, con serio riesgo de trasladar a Bruselas y Estrasburgo experiencias no muy brillantes de algunos países y regiones, con el consiguiente debilitamiento de una Unión no precisamente fuerte.

Tampoco se libra España del fenómeno, que parecía superado en los primeros años de la Transición, a pesar de ETA. No es necesario describir sus consecuencias, en términos de intolerancias, que acallan a mayorías y minorías, con tics autoritarios propios del antiguo régimen. Produce, incluso, perversiones del lenguaje: como señaló en su día José Antonio Marina, con el uso nacionalista de la lengua, “el idioma deja de ser medio de comunicación y se convierte en símbolo de identidad nacional, de afirmación cultural, de integración hacia dentro y segregación hacia fuera”.

Más grave es aún el nacionalismo cuando aparece en el clero o en la jerarquía religiosa en países de tradición católica, es decir, universal. Aunque se discuta con razón sobre su influencia real en la vida pública de las naciones, contribuye de hecho al deterioro ético de la convivencia y limita excesivamente el indispensable entendimiento cívico de los ciudadanos.

Comprendo que el papa quisiera abordar el problema, detenidamente, al presidir la sesión en la Academia pontificia de ciencias sociales el pasado 2 de mayo, en el contexto de la nueva presidencia de Stefano Zamagni. Francisco no habló ese día –lo ha hecho antes en múltiples ocasiones y sobre muy diversos temas- de posibles clericalismos, al abordar este problema tan actual, agudizado quizá por el hecho de “que las fronteras de los Estados no siempre coinciden con las demarcaciones de poblaciones homogéneas y que muchas tensiones provienen de una excesiva reivindicación de soberanía por parte de los Estados, a menudo precisamente en áreas donde ya no son capaces de actuar de manera efectiva para proteger el bien común”.

 El pontífice recordó la doctrina clásica sobre el patriotismo, a partir de una cita de santo Tomás sobre el concepto de pueblo: “Al igual que el Sena, no es un río que se determina por el agua que fluye, sino por un origen y un lecho precisos, siempre se considera el mismo río, aunque el agua que fluye sea diferente, del mismo modo un pueblo es el mismo no por la identidad de un alma o de los hombres, sino por la identidad del territorio, o todavía más, de las leyes y el modo de vida, como dice Aristóteles en el tercer libro de la Política”.

Añadió que “la Iglesia siempre ha exhortado al amor del propio pueblo, de la patria, a respetar el tesoro de las diversas expresiones culturales, de usos y costumbres, y del justo modo de vivir enraizados en los pueblos. Al mismo tiempo, la Iglesia ha advertido a las personas, a los pueblos y a los gobiernos de las desviaciones de este apego cuando deriva en exclusión y odio hacia los demás, cuando se convierte en un nacionalismo conflictual que levanta barreras, también de racismo o antisemitismo”.

Muchas veces lo había señalado, en el contexto de la inmigración y la xenofobia, porque “la forma en que una nación recibe a los migrantes revela su visión de la dignidad humana y de su relación con la humanidad. Toda persona humana es miembro de la humanidad y tiene la misma dignidad”. Esa actitud profunda se articula en torno a cuatro verbos: “acoger, proteger, promover e integrar”.

Vale la pena releer y meditar ese discurso pontificio, que reitera una verdad no precisamente pacífica hoy: la soberanía estatal no es un absoluto. Por tanto, “un Estado que suscitase los sentimientos nacionalistas de su pueblo contra otras naciones o grupos de personas fracasaría en su misión. Sabemos por la historia donde conducen desvíos similares; pienso en la Europa del siglo pasado”.

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