Opinión

No sorprende el apoyo al islamismo por partidos de cuño totalitario

Estado Islámico.
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Una idea central del pensamiento postmoderno es la negación de lo absoluto, comenzando por la tradición de la metafísica clásica. Lógicamente, en el plano social, la caída del Muro de Berlín, que precedió al esperado desmoronamiento del comunismo, fue recibida con máxima alegría; y no era
para menos. Pero las transformaciones culturales son menos rápidas que los deseos, y ahí siguen, con sus peculiaridades, sistemas como el chino, el vietnamita e, incluso, el de Singapur.

Pero no era pesimismo por mi parte contraponer entonces el declive del comunismo, con la expansión del absoluto islamista: también en 1989 moría el ayatola Jomeini, que comenzó diez años antes la revolución iraní, después de su exilio en Francia. No era fácil prever entonces la deriva terrorista que se fue gestando en el mundo árabe, apenas frenada levemente al comienzo del nuevo siglo por unas “primaveras” que no fueron adelante, a diferencia de lo sucedido con los antiguos países “satélites” de Moscú.

Tampoco se podía prever la expansión de los musulmanes por Europa y Estados Unidos. Menos aún la influencia que iba a tener en el replanteamiento de una cuestión religiosa de fondo que caminaba en términos de creciente laicismo, como se pudo comprobar en el debate histórico sobre el rechazo de
las raíces cristianas en la constitución europea.

Por aparente paradoja, las raíces marxistas de buena parte de la izquierda continental unen su arcaico absolutismo con el islamista. Me pareció claro en un hecho reciente, que quizá no se ha destacado suficientemente: la presencia de la plana mayor “gauchiste” –desde los verdes a los insumisos de
Mélenchon, sin excluir al viejo sindicato CGT- en la manifestación contra la islamofobia que se celebró en París el domingo 10 de noviembre.

Había sido convocada desde las columnas del diario Libération por varias personalidades y organizaciones como el Nuevo Partido Anticapitalista (NPA) o el Colectivo contra la islamofobia en Francia, tras el ataque perpetrado contra la mezquita de Bayona. Entre los lemas de la manifestación estaban los de “parar la islamofobia”, la “creciente estigmatización” de los musulmanes, víctimas de
“discriminación” y “agresiones”.

Se produjo cierta complacencia silenciosa de diversas formaciones políticas y sindicales. Sólo Marine le Pen, presidente de RN, las nuevas siglas del antiguo Frente Nacional, manifestó claramente su repulsa con palabras parecidas a éstas: “todos los que asistan a esta manifestación irán de la mano
de los islamistas, es decir, de los que están desarrollando en nuestro país una ideología totalitaria que pretende combatir las leyes de la República francesa”.

Con menos radicalidad, tampoco participó oficialmente en la manifestación el partido socialista. Su primer secretario, Olivier Faure, no quiso asociarlo a una protesta “iniciada por el colectivo contra la islamofobia en Francia y por personas que tienen reivindicaciones que no son las nuestras”.

Se comprende la postura de Faure, en un momento en el que ha lanzado un amplio debate dentro del partido para redefinir su posición sobre el laicismo. Lo considera un valor irrenunciable -frente a la aparente indecisión del presidente de la República Emmanuel Macron-, que debería adaptarse a los tiempos. Por eso, ha organizado una serie de audiencias de filósofos e historiadores -especialistas en religiones, inmigración o Islam- así como de líderes de asociaciones e, incluso, logias masónicas. Se trata de considerar todos los puntos de vista, para dibujar un nuevo enfoque.

La definición de República laica, así calificada por la constitución vigente, dista de ser pacífica dentro y fuera del socialismo francés. El objetivo de Olivier Faure sería doble: apaciguar al partido resolviendo las divisiones mediante la adopción de una postura común, y mostrar el deseo de una posición menos
dogmática: “Quiero reafirmar nuestro ADN sin cambiar la forma en que vemos cómo podemos vivir juntos. No me reconozco en este período de tensión e ‘histerización’: la laicidad no es la gestión de las playas o del vestido en el espacio público!”

Mucho ha cambiado desde la famosa ley de separación de 1905 que, en rigor, iba contra la Iglesia católica. Hoy, el islam se ha convertido en la segunda religión de Francia, y tener en cuenta su realidad social lleva a preconizar algo impensable respecto de los cristianos. “Mi partido también debe decir a los musulmanes que estamos aquí para defenderlos”, dijo Rachid Temal, senador
socialista de Val-d´Oise: una afirmación comprensible desde una óptica que no entiende la separación de política y fe, justamente porque se aleja de la fe en Cristo, que propugna la autonomía del orden temporal.

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