Opinión

Riesgo y ventura del cristianismo ante la construcción de las culturas

Alumnas musulmanas.
photo_camera Alumnas musulmanas.

Me pregunta un público juvenil cómo vivir la fe católica en la cultura actual. Mi respuesta va en esta línea: ante todo, no hay "una cultura", aunque no todas valgan lo mismo, como sugería el ambiguo "multiculturalismo" cada vez menos invocado. Luego, que la fe no transita o pervive dentro de la cultura –menos aún se defiende-, sino que influye para dotar de sentido trascendente a las construcciones humanas.

En cada época, como muestra la historia, los cristianos –iguales a sus conciudadanos- contribuyen a elaborar soluciones culturales, que no son necesariamente ni mucho menos confesionales, a pesar de aquella tajante frase de Juan Pablo II: "Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no enteramente pensada, no fielmente vivida". La escuché por vez primera en el aula magna de mi vieja Facultad de Derecho de Madrid, en el acto dirigido a intelectuales y académicos durante su viaje por España en 1982. Supe luego que procedía del documento pontificio de creación, poco tiempo atrás, de un consejo vaticano dedicado expresamente a la cultura.

Apenas faltaban siete años para la caída del Muro y el desmoronamiento de la URSS. El comunismo moría de pie, como dicen que les sucede a los elefantes. Era cuestión de tiempo la desaparición, porque el Kremlin era la síntesis de una gran estructura burocrática de poder, que había perdido el alma, si es que alguna vez la tuvo.

La vida intelectual caminaba ya por otros derroteros. Con el avance de la postmodernidad y su pensamiento débil, se celebraba la muerte de lo absoluto, que excluía en primer plano la existencia de una Verdad por encima de la razón y, por tanto, reducía definitivamente la religión al ámbito del sentimiento y de lo privado.

Curiosamente, cuando el marxismo daba sus últimos coletazos en los países comunistas, se difundió dentro del cristianismo una teología política de inspiración también germánica, que conoció máxima difusión en América, en la forma de teología de la liberación. La Congregación de la Fe, presidida entonces por el cardenal Ratzinger, elaboró dos importantes instrucciones, con la crítica radical de la aplicación del marxismo a la tarea teológica (Libertatis nuntius, 1984), y le profundización del concepto de la libertad cristiana con sus ineludibles exigencias sociales liberadoras (Libertatis conscientia, 1986).

Algunos intérpretes consideraron por aquella época que una de las revoluciones del Concilio Vaticano II, era el redescubrimiento de la libertad, también respecto de la unidad de los cristianos o el diálogo interreligioso. Parecía apreciarse más la búsqueda de la Verdad que la posesión de un sistema de creencias firmemente asentadas, así como el modo de difundir las verdades tradicionales en una cultura descompuesta. De hecho, al convocar la asamblea conciliar, san Juan XXIII subrayó desde el primer momento ese objetivo fundamentalmente pastoral.

Por paradoja, a esto se sigue acogiendo hoy el tradicionalismo encarnado en la Hermandad sacerdotal san Pío X, fundada por Mons. Marcel Lefebvre. Reitera la necesidad de integrar las enseñanzas conciliares en la tradición, sin rupturas, con un enfoque distinto al del “preámbulo doctrinal” redactado por la Santa Sede, que les exige la aceptación global del Concilio, antes de seguir perfilando el futuro de la fraternidad dentro de la Iglesia. Repiten una y otra vez su pregunta sobre la autoridad dogmática de un concilio que fue pastoral...

No es justo ese reproche. Aunque sí es cierto –lefebvrianos al margen- que entre los eclesiásticos aparecen hoy demasiadas manifestaciones postmodernas, como hubo antes cierta utilización acrítica de principios marxistas.

Entretanto, sigue pendiente la respuesta al gran absoluto demoledor, sustituto del comunismo y del capitalismo salvaje: el absoluto islamista. Carece hoy –aunque la tuvo en otros tiempos- de una concepción cultural coherente. Pero se muestra inasequible, con la imposición de sus principios dogmáticos, como se comprobó en reacciones violentas contra las caricaturas de Mahoma o –menos justificable aún- contra el ejemplo que puso Benedicto XVI en su lección de Ratisbona, justamente sobre las relaciones de fe y razón, de religión y cultura.

Por ahí van serios riesgos de la fe –hasta la persecución más violenta, psicológica o física- en la tarea civilizadora de sus fieles. La eternidad se hizo tiempo en la Encarnación. Y sigue fecundando las almas al hacerse cultura hoy, con máxima libertad, dentro de las diversas características de las personas y las sociedades: sin uniformidades artificiosas.

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