Opinión

Religión y política en el mundo

Jair Bolsonaro
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En el comienzo del tercer milenio, sigue siendo necesario, a mi entender, luchar para evitar enfrentamientos políticos por cuestiones religiosas. Puede ser una utopía, a la vista de la situación real en tantos países, en los que domina el fundamentalismo, a pesar de que los textos constitucionales reconocen la libertad religiosa: desde las repúblicas islámicas más o menos radicales, al laicismo militante de occidente.

Tampoco faltan, en naciones de raigambre cristiana, mezcolanzas entre lo espiritual y lo temporal, como se comprueba en estos momentos, por ejemplo, en Brasil. Bajo la presidencia de Jair Bolsonaro se reiteran afirmaciones y gestos, apoyados en principios supuestamente populares, que intentan dar fundamento religioso a políticas más bien antisocialistas.

De momento, no parece que las esperanzas de cambio sean acogidas con satisfacción, si se aceptan los datos de los sondeos de opinión a los tres meses del comienzo de su mandato: el porcentaje favorable al presidente está en el 32%, el peor dato respecto de sus predecesores de la izquierda Lula y Dilma Rousseff, e incluso Fernando Collor, destituido dos años después de su investidura, en 1990.

Bolsonaro recuerda a Trump por su empeño en reiterar los argumentos que le llevaron a la presidencia, como si se dirigiera sólo a sus votantes, no al conjunto de los ciudadanos. No basta con la profunda y repetida crítica a la cultura marxista o a la perversa ideología de género, para comenzar a resolver los graves problemas sociales planteados en la gran nación del sur de América. Se advierte un componente religioso de fondo, es decir, la adhesión a una creencia fundamental, como lo es, en el plano de la lógica, la aplicación indiscriminada de lo políticamente impuesto a cualquier circunstancia de la vida pública. Menos mal que, a diferencia de Trump, no tienen eficacia fuera de sus fronteras.

Si en Brasil se difundió mucho en el siglo pasado un liberacionismo inspirado sobre todo en la acción de sacerdotes y religiosos católicos, el apoyo a Bolsonaro refleja más bien la implantación de criterios procedentes de peculiares iglesias evangélicas, tan expandidas en aquella tierra en los últimos tiempos, sobre todo, entre las clases más desfavorecidas. A pesar de su catolicismo de origen, el presidente refleja fuertes dosis de irenismo y sincretismo, dentro de la defensa de valores cristianos en la educación y la sociedad.

En el polo opuesto figura la campaña tenaz del laicismo estadounidense que, desde los campus universitarios y grandes medios de comunicación, se proyecta actualmente en fenómenos inquietantes que amenazan la tradicional libertad, con la consiguiente separación constitucional de Estado e Iglesias. Una manifestación específica es el intento de cerrar el paso a los católicos para el ejercicio de la judicatura, sobre todo, en los tribunales que deben velar por la aplicación de la Constitución.

El juez del Tribunal Supremo Clarence Thomas –católico- ha denunciado el intento de senadores demócratas de establecer criterios que evocan aquellos juicios –prejuicios- de “limpieza de sangre” aplicados en España para depurar a los responsables de la tarea evangelizadora tras el descubrimiento de América: los sufrió en su propia carne el futuro san Juan de Ávila.

Thomas, que gusta de pasar inadvertido, ha considerado oportuno manifestar públicamente en un acto universitario su idea de que América se había “librado de los tests en materia religiosa”, gracias al artículo sexto de la Constitución: “ninguna prueba religiosa será jamás requerida como cualificación para ningún oficio o cargo público en los Estados Unidos”. Y afirmó tajantemente: “no conozco a ningún juez que haya permitido que la religión interfiera en su trabajo”; al contrario, “si empiezas el día de rodillas, enfocarás tu trabajo de un modo diferente a si pensases al comienzo del día que alguien te ungió para imponer tu voluntad a los demás”.

Aun sin llegar a mesianismos extremos, tiene razón Juan Meseguer cuando analiza la instrumentalización de las creencias –también laicistas- que convierten la política en religión. Prefiere la distinción de planos. Por mi parte, he rechazado siempre el llamado “voto católico”, también en España, configurada en la constitución vigente como Estado no confesional. Al cabo, y aunque siga pareciendo utopía, se impone dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

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