Opinión

Otro peligroso virus en China: la persecución religiosa

Un bandera de China en la Plaza de San Pedro del Vaticano.
photo_camera Un bandera de China en la Plaza de San Pedro del Vaticano.

No pretendo en modo alguno suscitar lamentaciones, sino más bien ampliar horizontes de oración entre los creyentes, en solidaridad con quienes llevan años sufriendo graves limitaciones de su libertad religiosa en China. El régimen de Pekín, con el proceso de “chinización” lanzado por Xi Jinping, ha
acentuado los problemas, que parecían haber alcanzado una vía de solución, al menos para los católicos, gracias al acuerdo con Roma sobre nombramiento de obispos.

No es posible resumir en pocas palabras el alcance de los problemas, que se difunden con cuentagotas, y pueden quedar ahogados por las fuertes campañas de imagen que las autoridades chinas lanzan periódicamente en occidente, para lavar una imagen francamente deteriorada. Lo estamos viendo estos días, con el doble juego de la aparente cooperación internacional que oculta la falta de información, cuando no la pura “desinformación”.

Aunque no lo parezca a primera vista, China es uno de los Estados con mayor número de cristianos: una minoría en el conjunto de la nación con más habitantes del planeta, pero superior en cifras absolutas a muchos países del mundo. Se comprende el interés hacia el continente amarillo mostrado desde siempre por los romanos pontífices. Es más, en este último mes de marzo, en El vídeo del Papa, Francisco manifiesta una vez más su solicitud hacia aquel inmenso pueblo: “La Iglesia quiere que los cristianos chinos sean cristianos en serio y que sean buenos ciudadanos”. Y no olvida el gran deseo de “alcanzar la unidad de la comunidad católica, que está dividida”.

Desde Roma se hizo desde hace años un gran esfuerzo, que protagonizó con especial prudencia el cardenal Roger Etchegaray, fallecido en agosto pasado a los 96 años: fue un gran colaborador de Juan Pablo II en diversas misiones de paz en el mundo; organizó la histórica jornada interreligiosa de Asís
en 1986; y buscó incansablemente la reconciliación de los católicos chinos en la etapa final de su trabajo en Roma, así como la apertura hacia la tolerancia del partido comunista chino.

En el primer objetivo se lograron grandes avances, que permitieron las conocidas decisiones de Benedicto XVI, así como las orientaciones de su carta de 2007. Pero, tras un periodo de aparente distensión, la intolerancia parece haberse agravado bajo el mandato de Xi Jinping. La firma del acuerdo de 2018 no parece haber logrado la libertad deseada: el gobierno de Pekín continúa
actuando a través de organismos e instituciones oficiales que casi se identifican con la llamada iglesia patriótica.

Como es sabido, Pekín concede autonomía a las autoridades provinciales para lo que le conviene; esto permite un cierto doble juego en materia de libertad religiosa, en la medida en que les puede hacer responsable –ahora- de las medidas anticristianas: demolición de lugares de culto o de cruces, aprovechando que los ciudadanos están confinados en sus casos por la cuarentena debida a la pandemia. Así lo denuncia, con conocimiento de causa, The Voice of Martyrs, una ONG que ayuda a cristianos perseguidos en todo el mundo. Concretamente, como un ejemplo entre varios semejante, una demolición en la ciudad de Yixin fue grabada y difundida por Bob Fu, el fundador de China Aid. Además, como informó Religión Confidencial, consta que las autoridades en la provincia de Shandong, no sólo establecieron el cierre de lugares de culto: prohibieron también la emisión de misas on line, algo que no afecta a la difusión de la pandemia…

Se comprende la reticencia ante la secretaría de Estado Vaticana del cardenal Joseph Zen, arzobispo emérito de Hong Kong. Fue llamado al orden por el decano del colegio cardenalicio Giovanni Battista Re, a finales de febrero.

Pero Zen insiste en lo fundado de su planteamiento, desde la experiencia directa de años. En la mente de algunos, resulta inevitable pensar en la época del cardenal secretario de Estado Agostino Casaroli y en la que la prensa dio en llamar ostpolitik vaticana. Desde luego, la defensa de los uigures en Xinjiang
por parte de importantes diarios internacionales más bien laicistas, confirmaría el despotismo de Pekín.

Por lo demás, la opacidad y el desprecio de la opinión pública no juegan a favor de la credibilidad de Pekín. Nada menos que otro cardenal católico, Charles Bo, arzobispo di Yangon (Myanmar), se ha hecho famoso, al acusar de modo explícito en una carta publicada en su diócesis, al régimen comunista como principal responsable de la actual epidemia mundial: “por lo que ha hecho y por lo que no ha hecho”. Desde luego, “el pueblo chino fue la primera víctima de este virus y luego de un régimen represivo”. El cardenal concluye su carta abierta con las conocidas palabras del evangelio de san Juan: “La verdad os hará libres”.

La Semana Santa no es tiempo de lamentaciones, aunque se me tolerará, espero, el desahogo. En todo caso, ante el COVID-19, se impone renovar la confianza en Dios y vivir la situación “con la fuerza de la fe, la certeza de la esperanza y el fervor de la caridad”, como señaló el papa Francisco hace ahora un mes.

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