Opinión

El octavario de la unidad por los cristianos

Me refería la semana pasada a la insistencia del papa sobre el diálogo como camino de la evangelización. Estos días, la oración de petición pasa a primer plano, para conseguir del Cielo ese anhelo universal por la unidad de cuantos confiesan a Cristo como Hijo de Dios. Desde tiempo inmemorial se reza por esa intención en el hemisferio norte del mundo; en la página Web del Vaticano se pueden encontrar textos preparados conjuntamente por el Consejo Pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos y la Comisión Fe y Constitución del Consejo Mundial de Iglesias, para contribuir a las iniciativas locales por la unidad.

            Se trata de un material muy elaborado, que cada año se encarga a personas con especial cualificación, tratando además de responder a algún matiz especialmente vivo. Este año han llevado a cabo el trabajo inicial especialistas de varios lugares de Canadá, reunidos por invitación del Centro Canadiense para el Ecumenismo y el Centro para el Ecumenismo La Prairie. El enfoque es más genérico que en años precedentes, quizá porque va al fondo del problema, en torno al lema central ¿Es que Cristo está dividido? (1 Corintios 1, 1-17).

            El arranque resulta expresivo, y apenas necesita glosa: “Los canadienses vivimos en un país marcado por la diversidad de la lengua, la cultura e incluso el clima, y también encarnamos la diversidad en nuestras expresiones de la fe cristiana. Vivir con esta diversidad, y al tiempo permanecer fieles al deseo de Cristo de la unidad de sus discípulos, nos lleva a reflexionar sobre la provocadora pregunta de Pablo en I Corintios: ‘¿Es que Cristo está dividido?’ Con fe, respondemos: ‘¡no!’ y sin embargo nuestras comunidades eclesiales continúan albergando divisiones escandalosas”.

            Sin duda, como se ha reiterado tantas veces, la desunión de los cristianos no es un signo positivo para la nueva evangelización. Por eso, la cuestión de la unidad forma parte importante del servicio de la Iglesia a los hombres. Especialmente desde el Concilio Vaticano II, ha estado muy presente en el magisterio y en el trabajo de los obispos de Roma, hasta Francisco.

            Han recordado la vigencia de los grandes criterios, confirmados en el Concilio, frente al riesgo de irenismos o indiferentismos, acentuado en una cultura más expuesta a un relativismo filosófico y práctico que renuncia a la verdad –la contempla como inaccesible al hombre‑, y se limita a perspectivas consecuencialistas que aporten mejoras efectivas para los problemas del mundo. Como señalaba Benedicto XVI, “sin la fe, todo el movimiento ecuménico quedaría reducido a una forma de 'contrato social' al que adherirse por un interés común. La lógica del Concilio Vaticano II es completamente diversa: la búsqueda sincera de la plena unidad de todos los cristianos es un dinamismo animado por la Palabra de Dios".

            En alguna ocasión me he referido a la magnanimidad teológica de Benedicto XVI, reflejada en su aprecio por las múltiples aportaciones de rabinos judíos sabios y piadosos, así como por las riquezas espirituales históricas de diversas iglesias y confesiones cristianas, expresión de la única fe y auténtico don que no se puede dejar de compartir. Tuvo muy en cuenta esa realidad en el proceso de retorno al hogar común –aún abierto‑ de tantas comunidades anglicanas, manteniendo sus tradiciones litúrgicas y sacramentales. En el fondo, reflejaba el deseo de tornar a formas del ministerio petrino aceptables por cuantos se confiesan discípulos de Cristo. Hoy por hoy, la resistencia más terca a la unidad proviene del movimiento lefebvriano, a pesar de los serios intentos de aproximación que manifestó el propio Benedicto.

            En la Exh. Evangelii Gaudium, Francisco dedica un apartado especial al diálogo, a partir de 244: “El empeño ecuménico responde a la oración del Señor Jesús que pide ‘que todos sean uno’ (Jn 17,21)”. Como se recordará, fue el título de la gran encíclica de Juan Pablo II, del 25-5-1995: Ut unum sint.

            Poco después, el Papa se refiere a la “gravedad del antitestimonio de la división entre cristianos, particularmente en Asia y en África”, razón de urgencia para buscar nuevos caminos de unidad: “Si nos concentramos en las convicciones que nos unen y recordamos el principio de la jerarquía de verdades, podremos caminar decididamente hacia expresiones comunes de anuncio, de servicio y de testimonio (…) ¡Son tantas y tan valiosas las cosas que nos unen! Y si realmente creemos en la libre y generosa acción del Espíritu, ¡cuántas cosas podemos aprender unos de otros!”


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