Opinión

Nuevo impulso del papa Francisco a la bioética global en los 25 años de la Academia Pontificia para la vida

El profesor Jérôme Lejeune, científico francés en proceso de beatificación.
photo_camera El profesor Jérôme Lejeune, científico francés en proceso de beatificación.

No sé si Jérôme Lejeune será beatificado o no, pero consta el aprecio que le tuvo san Juan Pablo II, quien acudió a rezar ante su tumba en uno de los viajes pastorales a Francia. De hecho, atendió la sugerencia de crear un organismo pontificio para profundizar científica y teológicamente sobre la vida. No sé, repito, si será proclamado santo, pero fue un modelo de coherencia cristiana entre fe y ciencia, frente al gran drama del siglo XX señalado por Pablo VI en la Evangelii nuntiandi: la ruptura entre Evangelio y cultura.

El profesor Lejeune fue el primer presidente de la Academia de la Vida. Años antes, en 1974, al recibir el doctorado honoris causa por la Universidad de Navarra, su Gran Canciller resumía con trazos rápidos y expresivos su condición de "uno de sus primeros y más altos investigadores en Genética, esa aventura maravillosa del entendimiento humano, que indaga el origen inmediato de la vida, y la lleva a su plenitud mediante los recursos descubiertos en el oficio inventivo y paciente del laboratorio y de la clínica". Y añadía, con unas palabras en cierta medida proféticas para el investigador francés: "la Universidad sabe que la necesaria objetividad científica rechaza justamente toda neutralidad ideológica, toda ambigüedad, todo conformismo, toda cobardía: el amor a la verdad compromete la vida y el trabajo entero del científico, y sostiene su temple de honradez ante posibles situaciones incómodas, porque a esa rectitud comprometida no corresponde siempre una imagen favorable en la opinión pública".

Han pasado veinticinco años y, en este tiempo, ha crecido en el planeta la esperanza de vida –salvo raras excepciones-, pero los hombres son más conscientes aún de posibles amenazas –viejas y nuevas- a la existencia humana en la tierra. De ahí el interés del pontífice por ampliar el trabajo científico de la Academia pontificia, a la luz de las necesidades de nuestro tiempo. Lo resume en la espléndida carta (Humana Communitas) que envió con motivo de este aniversario al Arzobispo Vincenzo Paglia, Presidente de la Academia. Como me decía un gran defensor de la vida en España, "voy a leerlo con más calma y sacarle punta a las sugerencias".

El papa confirma y amplía la misión de la Academia, a veces con tonos severos, de algún modo en contraste con su habitual temple positivo, optimista, alegre. Realmente, resulta en cierto modo penoso tener que recordar con fuerza el compromiso por la defensa y promoción de la vida en una época, como la actual, en la que el avance económico y técnico permitiría cuidar eficazmente la casa común y los derechos humanos. Pero Francisco lo hace, según me parece entender, justamente para ayudar a superar el posible "desánimo espiritual" que acecha a tantas almas. De ahí la llamada a una respuesta clara, consciente, solícita, "antes de que sea demasiado tarde".

En la cultura contemporánea laical se invoca periódicamente la fraternidad, como criterio potencialmente inspirador de soluciones prácticas a los interrogantes de nuestro tiempo. No es necesario citar la revolución de 1799, para reconocer con Francisco que "la fraternidad sigue siendo la promesa incumplida de la modernidad". Al menos, los cristianos hemos de comprometernos en su construcción real, justamente porque el hombre es camino de la Iglesia, como subrayó Juan Pablo II en Redemptor hominis, y no se puede despreciar olímpicamente el efectivo significado de las exigencias de la familia humana: así, familia, real, no tópico. Menos aún si se sospesa la esperanzada afirmación del pontífice en esta carta: "La fuerza de la fraternidad, que la adoración a Dios en espíritu y verdad genera entre los humanos, es la nueva frontera del cristianismo".

Muy oportuna parece también una lectura digamos civil de la fraternidad humana, desde la perspectiva de la "bioética global", que enlaza situaciones personales con l protección del medio ambiente, del conjunto del orden de la creación. Permitirá elaborar, como sugiere el papa a la Academia, "argumentos y lenguajes que puedan ser utilizados en un diálogo intercultural e interreligioso, así como interdisciplinario".

En definitiva, la carta Humana Communitas interpela no sólo a los académicos, sino, como suele decirse, a los hombres de buena voluntad. No es difícil encontrar el texto castellano: 

 
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