Opinión

Un nuevo Adviento en la vida de la Iglesia

No esperábamos encontrarnos con la niebla y, menos aún, con fortísimos vientos que bajaban la sensación térmica a muchos grados bajo cero. Un rápido cambio de plan nos llevó a pasear por senderos mullidos con hojas ocres de los famosos abedules del lugar, cruzado por el arroyo del Sestil del Maíllo. Tuvimos ocasión de contemplar la prolongada chorrera de Mojonavalle completamente helada. Aunque parezca cursi, caminamos horas de subidas y bajadas con el calor de la amistad y conversaciones interesantes sobre los últimos sucesos en el mundo y en la Iglesia, con especial referencia a la reciente exhortación apostólica del papa Francisco.

Recordamos la primera encíclica de Juan Pablo II, Redemptor hominis, que constituyó también un auténtico programa del pontificado, ampliamente cumplido más allá de la espera activa de la Iglesia del siglo XXI. Aunque se publicó en marzo, el Pontífice hablaba en su primer parágrafo del Adviento y de Jesucristo, “centro del cosmos y de la historia”, a finales del segundo milenio.

De hecho, la preparación del año 2000 sería una de las claves hermenéuticas del pontificado, como escribió años después en su carta apostólica Tertio millennio adveniente de 1994.

            En la relativa cercanía del cambio de siglo, subrayaba en 1979: “También nosotros estamos, en cierto modo, en el tiempo de un nuevo Adviento, que es tiempo de espera: ‘Muchas veces y en muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por ministerio de los profetas; últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo...’, por medio del Hijo-Verbo, que se hizo hombre y nació de la Virgen María. En este acto redentor, la historia del hombre ha alcanzado su cumbre en el designio de amor de Dios. Dios ha entrado en la historia de la humanidad y en cuanto hombre se ha convertido en sujeto suyo, uno de los millones y millones, y al mismo tiempo Único. A través de la Encarnación, Dios ha dado a la vida humana la dimensión que quería dar al hombre desde sus comienzos y la ha dado de manera definitiva —de modo peculiar a él solo, según su eterno amor y su misericordia, con toda la libertad divina— y a la vez con una magnificencia que, frente al pecado original y a toda la historia de los pecados de la humanidad, frente a los errores del entendimiento, de la voluntad y del corazón humano, nos permite repetir con estupor las palabras de la Sagrada Liturgia: ‘¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!’”.

            La cita es larga, pero expresiva del constante reconocimiento de la centralidad de Cristo en la vida de la Iglesia, más allá de coyunturas externas o reformas internas. Y me parece oportuna, como punto de referencia cuando comienza un nuevo año litúrgico con el Adviento, mientras vamos abordando poco a poco la exhortación Evangelii Gaudium. La evidente diferencia del lenguaje de uno y otro papa confirma en cierto modo la realidad de la multiculturalidad en la vida de la Iglesia. Basta recordar también la variedad y riqueza de los textos sagrados que anuncian la llegada del Señor, tanto en la Navidad como en su venida gloriosa al final de los tiempos. De los dos advenimientos hablan los textos litúrgicos estas semanas.

            Ante objetivos apostólicos apasionantes, Francisco acentúa el optimismo. Como señaló Mons. Rino Fisichella en la presentación de la exhortación, el texto emplea la palabra alegría hasta 59 veces. También la liturgia del Adviento lleva al espíritu positivo, con sus referencias plásticas a los montes que se derriten como cera y a los valles que se aplanan; o a las armas de combate que se transforman en instrumentos de cultivo.

            No era difícil sentirlo en Canencia cuando el vendaval podía al fin con la niebla y aparecían cercanas las cumbres nevadas del sistema central. Más o menos a esa hora, el Papa presidía en la basílica de san Pedro las primeras vísperas de Adviento con los universitarios de Roma, como habían hecho sus predecesores en la sede de Pedro.

            Les habló de ser protagonistas –no espectadores‑ de los grandes desafíos contemporáneos, sostenidos por el poder del Espíritu Santo que habita en el alma desde el bautismo. El entusiasmo de la juventud no puede ser enterrado por el pensamiento débil, por el pensamiento uniforme. Al contrario, vale la pena forjar criterios auténticamente fecundos, a través de una mente abierta, capaz de discernir –y de actuar con valencia, incluso contra corriente‑, iluminada por la verdad, el bien y la belleza. Así, cada uno puede transformarse en auténtico don en beneficio de todos.

Salvador Bernal


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