Opinión

Algunas noticias sobre el cisma lefebvriano

Lejos de producirse la reconciliación que intentó Benedicto XVI, reacciones de figuras destacadas de la fraternidad sacerdotal constituida como baluarte organizativo del cisma, muestran un creciente alejamiento. Para el dogmatismo un tanto rígido, que denotó desde sus comienzos ese movimiento, no resulta fácil entender la continua referencia del papa a la misericordia. Menos aún cuando se valoran decisiones recientes como si fuesen una agresión a la tradición y al buen espíritu. Pienso, por ejemplo, en la desmesurada oposición a la apertura de la causa de canonización del conocido obispo brasileño Helder Camara.

Sin embargo, las autoridades católicas siguen mostrando una actitud positiva, no exenta de cierto desencanto. En esa línea de comprensión y diálogo se sitúa la decisión del arzobispo de Buenos Aires, cardenal Mario Poli, de intervenir positivamente ante el gobierno argentino para el reconocimiento civil de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X como asociación católica. Es un requisito necesario para la inscripción en el registro oficial de entidades religiosas, de acuerdo con el derecho común argentino. Como informaba La Croix hace unas semanas, "se trata de un gesto único que supera todos los avances realizados por Benedicto XVI", según el comentario de un jurista local publicado en el blog tradicionalista Adelante la Fe.

Monseñor Guido Pozzo, secretario de la Comisión Pontificia Ecclesia Dei, encargada del diálogo con los lefebvrianos, se mostró satisfecho de la solución encontrada en Argentina, pero precisó que “no compromete a la Santa Sede”, pues "no se trata de un reconocimiento jurídico de la Fraternidad San Pío X como sociedad canónica" –explicó en la página web Vatican Insider-. "La cuestión de la legitimidad del ejercicio del ministerio sacerdotal de sus sacerdotes sigue abierta. El arzobispo de Buenos Aires ha reconocido que sus miembros son católicos, aunque no estén hoy por hoy en plena comunión con Roma".

El cardenal prefecto de la congregación para la doctrina de la fe, Gerhard Ludwig Müller, presidente también de la comisión Ecclesia Dei, sigue repitiendo que la clave está en la aceptación del llamado “preámbulo doctrinal” redactado en 2011, síntesis de criterios mínimos indispensables: “El Papa desea la reconciliación, pero corresponde a quienes están separados de la Iglesia recuperar la plena comunión con el sucesor de Pedro". El cardenal Müller intenta facilitar esa decisión, pero insiste en que “las condiciones para una plena comunión con Roma son las mismas para todos los bautizados: la fe, los sacramentos, el reconocimiento de la autoridad del Papa”. Y advierte, a propósito del preámbulo, que no es negociable: “la fe no se negocia”.

Tampoco para la Fraternidad San Pío X la decisión argentina prejuzga un estatuto global que sólo corresponde a Roma conceder.  Aunque las conversaciones no están zanjadas, la realidad es que las últimas reuniones informales entre sus miembros y obispos de la comisión Ecclesia Dei, manifiestan siempre y muy claramente las divergencias doctrinales.

Algo de eso se apreciaba también en el comunicado oficial de marzo pasado con motivo de la consagración episcopal de Jean-Michel Faure, conferida por el tristemente famoso Richard Williamson en el monasterio benedictino de Santa Cruz de Nova Friburgo (Brasil): “Mons. Williamson y el P. Faure no son miembros de la Fraternidad San Pío X desde 2012 y 2014, respectivamente, a causa de las fuertes críticas que formularon contra toda relación con las autoridades romanas, denunciando lo que, en su opinión, era una traición a la obra de Mons. Marcel Lefebvre”.

El comunicado justifica las ordenaciones episcopales ilícitas que este último realizó en 1988, que nada tendrían que ver con las actuales. Pero reafirma que “el estado actual de necesidad dentro de la Iglesia legítima su apostolado en todo el mundo, sin dispensarla de reconocer a las autoridades eclesiásticas por la que sus sacerdotes piden en cada misa. Al oponerse a los errores, vengan de donde vengan, quiere guardar el depósito de la fe y de la moral y transmitirlo a través de la liturgia tradicional y la predicación, en el espíritu misionero de su Fundador: credidimus Caritati (1 Jn 4,16 [“hemos creído en el amor que Dios nos tiene”])”.

Por ahí va el problema. Para resolverlo, qué importante resulta, para todos sin excepción, y cerca ya de Pentecostés, el gran consejo de San Juan de la Cruz de poner amor, donde no hay amor, para sacar amor. No es tarea fácil. Pero vale la pena.

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