Opinión

La música sacra, asignatura pendiente

Tenía pendiente escribir sobre el discurso de agradecimiento de Benedicto XVI por la concesión del doctorado honoris causa de la Universidad pontificia y la Academia de Música de Cracovia. Lo recibió el pasado 4 de julio en Castel Gandolfo.

Seguramente es un tema menor dentro de la reforma litúrgica abierta tras el Concilio Vaticano II. Pero me sigue pareciendo que en España –con tantos compositores de primer nivel en el barroco, sufrimos un serio déficit, que apenas colman los coros o las escolanías de grandes monasterios benedictinos. En tantos lugares de culto, se repiten canciones, quizá populares por reiteración, pero de escaso gusto estético, a mi juicio.

Benedicto XVI, una vez más, hace pensar: en este caso, sobre el papel de la música. Lo dice expresamente en su discurso, auténtica lección –breve, sistemática, completa  sobre la función y la naturaleza de la música. Señala la presencia de la literatura, las bellas artes y la música en las diversas culturas y religiones. Pero considera honesto reconocer que “en ningún ámbito cultural existe una música de la grandeza de la nacida en el contexto de la fe cristiana: de Palestrina a Bach, a Handel, hasta Mozart, Beethoven y Bruckner. La música occidental tiene algo único, sin paralelo en otras culturas. Y esto –me parece- debe hacernos pensar”.

Evocó una vez más sus vínculos con Polonia y con san Juan Pablo II: “con su ejemplo vivo, ha mostrado también cómo pueden ir de la mano el gozo de la gran música sacra y la participación común en la sagrada liturgia, el gozo solemne y la sencillez de la humilde celebración de la fe” (la traducción de frases del discurso es mía, no sé si hay versión oficial en castellano).

¿Cómo no recordar la misa celebrada por el papa en la Basílica de san  Pedro, el 29 de junio de 1985, en la que Herbert von Karajan dirigió a orquesta y coros en su interpretación de la misa de la coronación de Wolfang Amadeus Mozart, fácil de encontrar en You Tube. A esa gran obra se refirió expresamente Benedicto XVI, como experiencia de fe en la liturgia: “permanece indeleblemente grabada en mi memoria cómo, apenas resonaban las primeras notas de la Misa de la coronación de Mozart, el cielo casi se abría y se experimentaba profundamente la presencia del Señor”.

Ciertamente, el joven Ratzinger conoció los debates sobre el papel de la música sacra, en una época de un movimiento litúrgico desarrollado con especial viveza. Percibía bien la tensión entre la participatio actuosa conforme a la liturgia y la música solemne durante la acción sagrada. Esa tensión no ha desaparecido hoy, y el papa emérito recomienda volver a la Constitución sobre la Liturgia del Concilio Vaticano II, donde se establece con claridad el deber de conservar y fomentar el patrimonio de la música sacra, sin perjuicio de la participación activa de los fieles.

Para superar las tensiones, Benedicto aconseja repensar la naturaleza de la música, a partir de sus tres “lugares” de nacimiento: la experiencia del amor, la experiencia de la tristeza y –el más importante  el encuentro con lo divino, parte de lo que define lo humano. Los describe brevemente. En síntesis, y a partir de la experiencia del Salterio, concluye: “la calidad de la música depende de la pureza y la grandeza del encuentro con lo divino, con la experiencia del amor y del dolor”.

Como es obvio, “la música occidental supera con creces el ámbito religioso y eclesial”.  Sin embargo, “encuentra su origen más profundo en la liturgia en el encuentro con Dios”. Resulta evidente en Bach, para quien “la gloria de Dios es en definitiva el fin de toda la música”. El director japonés Masaaki Suzuki lo reconocía en La Vanguardia (22-5-2015): "Se necesita fe cristiana para tocar Bach de verdad". Pero, en general, la gran música de Occidente, continuaba el papa emérito, “para mí, es una demostración de la verdad del cristianismo”.  Por esto, “la gran música sacra es una realidad de rango teológico y de significado permanente para la fe de toda la cristiandad”, y –añadía  “no puede desaparecer de la liturgia y su presencia puede ser una forma especial de participar en la celebración sagrada, en el misterio de la fe”. Para concluir que, si todos necesitamos de la “belleza de la fe”, “la música es una parte esencial”.

Como sugería Benedicto XVI en su discurso, son temas que vale la pena pensar..., considerando también que la Iglesia tiene una periferia culta.


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