Opinión

Milán bien vale un rosario

Matteo Salvini.
photo_camera Matteo Salvini.

He preferido no escribir antes de las elecciones del 26 de mayo, porque respeto las diversas opiniones políticas, incluidas las confesionales, aunque son quizá las que menos comparto. No me gusta nada la escena de un líder político que besa el rosario y lo blande coram populo en un mitin, dentro de la gran manifestación de los “soberanistas” europeos celebrada el pasado 18 de mayo en la gran plaza del Duomo de Milán: el protagonista, Matteo Salvini, líder de la antigua Liga del norte, ahora formación política nacional que comparte el gobierno con el movimiento de las 5 Estrellas, y ha sido la más votada el 26 de mayo en Italia.

No llega al extremo, tantas veces condenado por el papa Francisco, de quienes invocan el nombre de Dios para justificar la guerra, como sucede por desgracia en esta contienda mundial fragmentaria a la que suele referirse el pontífice. Se subrayó expresamente en el documento sobre la fraternidad humana firmado en los Emiratos Árabes Unidos por el papa y el gran imán de la universidad egipcia de Al-Azhar. Como tantos años atrás, lo hizo san Juan Pablo II, dentro del llamado “espíritu de Asís” y el consiguiente “decálogo de la paz”.

Me parece también un hecho bastante distinto de la relativa costumbre de tantos presidentes de Estados Unidos que terminan sus discursos pidiendo la bendición de Dios… para el pueblo americano. Me parece laudable que un líder del viejo continente tenga devoción a las excepcionales figuras humanas de los santos copatronos de Europa: Benito de Nursia, Brígida de Suecia, Catalina de Siena, los hermanos Cirilo y Metodio, Teresa Benedicta de la Cruz; y que les encomiende el destino, el futuro, la paz y la prosperidad de los pueblos. Pero no que les invoque públicamente, junto con el Corazón Inmaculado de María, para conseguir la victoria en las elecciones de mayo.

En el caso de Salvini, salvo que me haya equivocado al entender las informaciones, pedía la bendición de la Virgen María para sí mismo y para su plataforma política. Y no ahorraba un viajecillo al romano pontífice, por las evidentes distancias que mantiene desde el ministerio del interior con la doctrina social de la Iglesia en materia de migraciones.

Parece lógica la reacción de Antonio Spadaro, director de la revista Civiltà Cattolica, jesuita, que se quejó en Facebook del uso indebido de signos y nombres de la Iglesia: “No invocar el nombre de Dios en vano” incluye no usarlo para los propios intereses, con exclusión de los demás. En el fondo, no se sostiene que el César se apropie de lo que es de Dios. Así se ha recordado, con enfoques y argumentos diversos, por muchas personalidades católicas, incluidos el secretario de Estado cardenal Pietro Parolin, o el presidente de los obispos europeos, Angelo Bagnasco. Ciertamente la jerarquía no criticó el uso de símbolos cristianos por la extinta DC -más bien al contrario-, pero la doctrina de la constitución Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II, dio un gran paso adelante en cuanto a las relaciones Iglesia y Estado, en línea de mutua independencia, sin perjuicio de la posible cooperación al servicio de todos.

Por eso, tampoco veo sentido en el uso de ateísmo o la increencia en las batallas electorales, como hizo recientemente la candidata del PP a presidir la comunidad de Madrid. Quizá sólo fue una ingenua entrada al trapo de un periodista, que éste destacó luego en titulares, al menos en la edición electrónica del diario: “Perdí la fe a los nueve años”. Pero puede ser un criterio de fondo, si se tiene en cuenta su colaboración con Cristina Cifuentes, que proponía suprimir la referencia en los estatutos del partido al “humanismo cristiano”, y no precisamente por la profunda contradicción, al menos en su origen histórico, de ese arcaico concepto.

Al menos, dentro de una ignorancia impropia en una dirigente política, se muestra tolerante con las ideas ajenas. No es el caso de tantos laicistas recalcitrantes que niegan el pan y la sal a los creyentes, con desprecio a libertades humanas básicas reconocidas en las grandes declaraciones de derechos humanos del siglo XX. Denotan un dogmatismo absoluto más bien clerical. Por eso los incluyo en mi repugnancia a las mezcolanzas entre política y religión. Y me hacen recordar la irónica frase de Cesare Cavalleri en 1975: “Il clericalismo è duro a morire”. Todo un trasunto a sensu contrario del “París bien vale una misa” del hugonote borbón Enrique IV al final del siglo XVI.

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