Opinión

Los lefebvrianos no dan su brazo a torcer

No obstante, la fiscalía presentará recurso ante el tribunal de apelación de Nuremberg que dictó esa resolución. En julio, un tribunal de Ratisbona le había condenado a una multa de 6.500 euros, por haber negado la existencia de cámaras de gas y criticado el número de judíos muertos en los campos de concentración. Sus declaraciones, hechas en Alemania a finales de 2008, fueron difundidas por la televisión sueca en enero de 2009. A juicio del tribunal de apelación, no es perseguible una entrevista hecha en territorio alemán, pero difundida en el extranjero: constituiría, de hecho, para el ordenamiento jurídico germano, una conversación privada.

El obispo británico sigue en sus trece, especialmente después de esta victoria jurídica en el campo civil. En su día fue muy consciente de su decisión, en un momento muy delicado, cuando Roma había anunciado la adopción de un gesto de buena voluntad para intentar superar el cisma lefebvriano: levantar la excomunión que pesaba sobre Richardson y tres obispos integristas más, ordenados ilícitamente por el arzobispo Lefebvre. Benedicto XVI atendía por razones pastorales la súplica que le había dirigido a finales de 2008 el Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Las declaraciones negacionistas de éste ‑de las que no se retractó entonces ni ahora‑, provocaron un buen escándalo, especialmente en Alemania. De hecho, en el libro de entrevistas Luz del mundo, Benedicto XVI llegó a afirmar que habría tomado otra decisión de haber conocido antes las declaraciones de Richardson.

El último paso importante para intentar la vuelta a Roma de la Fraternidad San Pío X tuvo lugar el 14 de septiembre de 2011, en la sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe: una reunión del cardenal William Joseph Levada, Prefecto de esa congregación y Presidente de la Comisión Ecclesia Dei –encargada del problema y del diálogo con los lefebvrianos‑, el arzobispo Luis Ladaria, S.J., secretario de la congregación, y Guido Pozzo, secretario de Ecclesia Dei, con el obispo Bernard Fellay, Superior General de la Fraternidad, y Niklaus Pfluger y Alain-Marc Nely, Asistentes generales de la Fraternidad.

Concluían así las reuniones de la comisión mixta celebradas en Roma, en cumplimiento de las disposiciones del Santo Padre, entre octubre de 2009 y abril de 2011. En estas sesiones se expusieron y analizaron a fondo las dificultades doctrinales esenciales sobre temas controvertidos, perfilando las respectivas posturas y sus motivos, hondamente teológicos y no sólo litúrgicos, como se dice en ocasiones superficialmente.

La clave está en la aceptación del magisterio del Concilio Vaticano II que, para los integristas, supondría una ruptura con la Tradición, particularmente en materia de libertad religiosa, ecumenismo y colegialidad. Por eso, la Congregación para la Doctrina de la Fe considera que la reconciliación plena con la Sede Apostólica exige de modo radical que los lefebvrianos acepten el Preámbulo doctrinal entregado en la sesión del 14 de septiembre de 2011: contiene principios y criterios de interpretación necesarios para garantizar la fidelidad al Magisterio de la Iglesia, dejando abierto a una discusión legítima el estudio y la explicación teológica de expresiones o formulaciones particulares de los documentos del Concilio Vaticano II y del Magisterio posterior.

Desde septiembre, las escasas declaraciones de Bernard Fellay muestran exiguos avances por su parte. Los puntos de fractura entre Roma y Écône se mantienen. Libertad religiosa, ecumenismo y colegialidad, tres aspectos recibidos con enorme satisfacción en su día en el orbe católico, aunque hayan conocido altibajos en su aplicación práctica, siguen siendo considerados por Fellay como "el corazón de la crisis que sacude a la Iglesia".

Para el segundo sucesor de Monseñor Lefebvre, el fondo del problema radica en "una pérdida de la fe en la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo", que se traduce, a su juicio, en el "rechazo de su Reinado", consecuencia de la libertad religiosa defendida por el Concilio Vaticano II: "al poner en un plano de igualdad lo verdadero y lo falso, dispensa deliberadamente al Estado y a la sociedad humana de sus deberes de honrar y servir a Dios, su Creador".

Desde esos puntos de partida, se explica el rechazo al ecumenismo y a la colegialidad prevista en el Concilio. Y se atisba que la respuesta enviada por la Fraternidad a Roma no acepte sus enseñanzas tal como las sintetiza el vigente Catecismo de la Iglesia. Así se deduce de las palabras de Monseñor Fellay en su última carta a los amigos y bienhechores de la Fraternidad, según informa Nicolas Senèze en La Croix del 23 de febrero: "Nuestras relaciones con Roma son difíciles".

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