Opinión

Una laicidad contra los creyentes fomenta religiones seculares intolerantes

Macron junto a su mujer y obispos franceses.
photo_camera Macron junto a su mujer y obispos franceses.

El término latino fides indica, al menos en el lenguaje jurídico clásico, confianza, en sus diversas acepciones y aplicaciones prácticas. La vida cotidiana no sería posible sin un continuo fiarse de los demás: no se puede comprobar todo personalmente. Tal vez esta razón da cuenta del incremento de las religiones civiles –cada vez más intolerantes- en una sociedad teóricamente en vías de secularización.

No es necesario poner ejemplos de España; están en la mente de todos. Pienso que puede ser útil repasar eventos recientes en materia de laicidad en Francia, un país confesionalmente laico. La obsesión antirreligiosa resulta cada vez más compatible con la presencia continua en el debate público de las múltiples creencias de las personas. Al cabo, la propia Revolución francesa intentó crear la religión civil de la modernidad: hace unos días se ha cumplido el aniversario de la inauguración por Robespierre del Culto de la Razón y del Ser Supremo en 1794.

Al menos desde los tiempos de Chirac existía un Observatoire de la laïcité, que se suprimió recientemente para trasladar sus competencias a una comisión interministerial.  A continuación, la ministra delegada de ciudadanía, Marlène Schiappa, lanzó estados generales de laicidad, para recabar información de abril a julio sobre lo que realmente piensan los franceses dando voz a todas las sensibilidades, como suele decirse. Algo semejante se hizo en su día con la bioética, aunque luego el proyecto de reforma legal, aún en trámite parlamentario, no fue coherente con las conclusiones del extenso informe que resumió los debates.

Tal vez por esto, y por la actual polarización política ante las elecciones regionales -una especie de ensayo general de las presidenciales de mayo de 2022-, la propuesta no ha sido bien recibida. Una treintena de sindicatos y asociaciones se han negado a participar, comenzando por el más representativo actualmente, la moderada CFDT. No les parece lógico convocar ese debate, cuando acaba de discutirse una ley en el parlamento contra el “separatismo”, en defensa de los valores republicanos, que, además, hace obligatoria la formación en laicidad de los funcionarios públicos: todos deberán seguir un módulo previo o de actualización, para ponerse al día en el plazo de tres años...

Por si fuera poco, trece personalidades conocidas, entre ellas Jean-Louis Bianco, presidente durante ocho años del mencionado Observatoire, anuncian el 9 de junio en una tribuna de Le Monde, la creación de la Vigie de la laïcité, un organismo independiente y cívico, para fomentar el consenso, mediante la difusión de experiencias basadas en la razón, el conocimiento y el debate crítico, frente a manipulaciones y oportunismos, en continuidad con las leyes de 1882 y 1905: la separación Iglesia-Estado asegura la libertad de las conciencias y garantiza el ejercicio del culto también en el espacio público; desde los principios inspiradores de esas normas se puede resolver pacífica y equilibradamente las tensiones actuales, sin caer en los extremismos propios de algunas religiones seculares contemporáneas.

Desde la distancia, se intuye cierto nerviosismo en el equipo de Macron, ante las ya cercanas elecciones regionales y las presidenciales del 2022.  Comprendo su temor ante el auge del islamismo, aun sin aceptar la tesis del “islamogauchisme”. Y su deseo de reafirmar la identidad francesa, al margen de las posturas de la extrema derecha.

Pero parece claro que el actual debate, a diferencia de lo sucedido al comienzo del siglo XX, reafirma la fuerza de esa laicidad propia de los seguidores de Cristo, que comparten las maravillas de lo humano sin caer en clericalismos. ¿Acaso no fue Jesús ejemplo de mentalidad laical –expresión acuñada por Josemaría Escrivá- en sus años de artesano en Nazaret, como luego en la vida pública? No era repartidor de herencias, mi mesías-caudillo temporal del pueblo elegido. Tras sus huellas, el cristiano actúa a fondo en los diversos ámbitos de la sociedad sin imponer sus creencias; defiende la libertad de todos; pone su energía al servicio de la humanidad, de cada persona.

Los debates sobre laicidad serán quizá estériles si se olvida que es un concepto profundamente cristiano y, por tanto, liberador. Si es fiel a su condición, el laico se compromete al servicio de todos: imprime una huella espiritual en sus diversos comportamientos, sin confesionalismo alguno. Porque, en expresión no sé si de Pablo VI, pero repetida por Juan Pablo II, es “experto en humanidad”.

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