Opinión

No exagerar las débiles manifestaciones islamofóbicas en Europa

Es lógico el proceso del fundador de Pegida, el movimiento de extrema derecha alemán, que se celebra estos días. Más discutible es la autorización formal para llevar a juicio a un periodista germano por supuestas injurias contra el presidente Erdogan. Ambas decisiones, como la decisión del Tribunal Constitucional italiano de anular la llamada ley antimezquitas aprobada en Lombardía en 2015, muestran la vigencia de derechos humanos básicos en Europa.

La ley lombarda había sido promovida por Liga Norte, partido que no oculta su lucha contra una inmigración que supondría a su entender una sumisión cultural intolerable. En su cruzada llegaron a insultar al entonces cardenal arzobispo de Milán, Dionigi Tettamanzi, que aplicaba con moderación los principios del diálogo interreligioso sancionados hace ya cincuenta años por el Concilio Vaticano II. En este punto se alineaban más bien con las tajantes afirmaciones de Oriana Fallaci en sus últimos años de vida.

La aplicación de aquella norma regional habría hecho prácticamente imposible la construcción de un nuevo lugar de culto. Su carácter general no disimulaba la intencionalidad contra las mezquitas, con el establecimiento de requisitos urbanísticos, paisajísticos y medioambientales casi imposibles de cumplir: alturas, aparcamientos propios, normas de seguridad y, además, la exigencia de un referéndum local previo para contar con la opinión de los ciudadanos de cada lugar antes de autorizar un nuevo edificio. Fue significativa la reacción del presidente lombardo Roberto Maroni en un tuit demasiado irónico: “El Constitucional ha rechazado nuestra ley que reglamentaba la construcción de nuevas mezquitas. La izquierda está exultante: Allah u Akbar (Dios es grande)”.

Se comprende la inquietud cuando se leen afirmaciones como las de un erudito conocido por libros y conferencias, como Tariq Ramadan, cosmopolita nacido en Suiza, nieto de Hassan al-Banna, que fundó el movimiento de los Hermanos Musulmanes en Egipto (1923), casado con una bretona, domiciliado en Londres: “El Islam es una religión francesa” –dice a un auditorio convencido de antemano- “tenéis la capacidad de hacer que la cultura francesa sea considerada una cultura musulmana. Hay que decirlo con fuerza y vivirlo con determinación para vivir". Su plan es trabajar en la difusión de los valores del Islam en una sociedad civil golpeada por un materialismo del que no siempre se beneficia, y alimentada por un fuerte sentimiento de injusticia social (cfr. Le Monde 20-4-2016).

Hoy por hoy, la incidencia cultural musulmana es muy reducida en Occidente. Prevalece la presencia social externa, con manifestaciones en el atuendo y en las plegarías públicas. En modo alguno justifican los graves ataques violentos a lugares de culto o de oración ya existentes, y no digamos las profanaciones de tumbas, fenómeno sorprendente para una mentalidad hispana, pero demasiado extendido en países al norte de España.

Pero la limitación de la libertad no puede ser respuesta europea a ningún problema, tampoco cuando cala en la opinión pública la conexión islam-mezquita-imán radical-terrorismo. No es fácil comprobarlo, pero hay indicios locales suficientes, agravados por el habitual silencio de los propios responsables religiosos musulmanes, ante los múltiples atentados en el mundo o las violencias que sufren las minorías en países islámicos. No parece que esté alcanzando mucha difusión, ni aplicación práctica, la declaración de Marrakech -a la que me refería no hace mucho- para asegurar la libertad religiosa frente a persecución de los cristianos, firmada el pasado enero por doscientos cincuenta eruditos islámicos.

Nunca se insistirá bastante –también por el excesivo sentimentalismo que inunda la vida pública, reflejo del predominio del lenguaje audiovisual- en la crítica del fundamentalismo, grave perversión de las creencias, derivado casi siempre de un serio déficit de racionalidad en el conocimiento religioso. Lo subrayó también con fuerza el Concilio Vaticano II, Juan Pablo II dedicó dos encíclicas de madurez a las relaciones entre razón y fe, tema, en fin, profundamente querido de Benedicto XVI, más allá de la no bien asimilada lección de Ratisbona de 2006. Pero las débiles manifestaciones contra el Islam en Europa muestran también la vigencia de un también débil pensamiento.

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