Opinión

La difícil integración del islam en la cultura occidental

Macron junto a su mujer y obispos franceses.
photo_camera Macron junto a su mujer y obispos franceses.

De nuevo se plantea en Francia la integración social y cultural del islam en un país democrático, definido constitucionalmente como República laica. Lo intentó en su día el presidente Jacques Chirac, que promovió un amplio estudio por parte de una comisión independiente, y llevó a la actualización de la ley de separación de 1905, con disposiciones más concretas sobre la presencia de signos religiosos en los servicios públicos, especialmente en la educación. Desde entonces, también como consecuencia del incremento del número de musulmanes y de su creciente presencia en la vida francesa, el sentido de lo laico no es en modo alguno una cuestión pacífica, menos aún, respecto de la religión musulmana, a consecuencia de la perpetración de diversos atentados de entidad desde 2015.

En su campaña electoral para la presidencia, Emmanuel Macron anunció su intención de replantear el problema, porque consideraba necesario avanzar en aspectos como la formación de los imanes, la financiación y gestión del culto en mezquitas y lugares de oración, la lucha contra el proceso de radicalización de gente joven o, en fin, la promoción social de barriadas periféricas de las grandes sociales que se convertían en escenario reiterado de conflictos violentos. Considera llegado el momento de impulsar esos objetivos, según expuso durante un viaje a la ciudad de Mulhouse, donde son notorios los barrios problemáticos. El 18 de febrero describió las grandes líneas de sus planes para el quinquenato. Según muchos observadores, la decisión no se debe solo a la proximidad de las elecciones municipales de marzo: quiere ir preparando ya su reelección presidencial en 2022.

El plan refleja una vez más la capacidad de Macron de plantearse objetivos de síntesis entre extremos difícilmente conciliables. Está dispuesto a encajar dentro del orden constitucional francés laico una inspiración religiosa que no admite la separación entre religión y política. Esto exige intervenir en cuestiones que pueden ser incompatibles con la ley de 1905, que prohíbe a los poderes públicos financiar la religión e injerirse en la organización de los cultos. Veremos.

El presidente francés abandona el llamado comunitarismo, que llevaría a la formación de guetos segregados, con leyes propias, ajenas a los valores republicanos, especialmente en materia de derecho de familia, como se observa ya en ciudades del Reino Unido. Lo sustituye por la lucha contra otro enemigo: el “separatismo islamista”, preludio de la radicalización y del terrorismo, aunque, desde algunas ópticas, como la de los llamados Hermanos Musulmanes, el deseo no es separar, sino islamizar la sociedad en que viven. Macron insiste en la idea, y subraya que “no se puede jamás aceptar que las leyes de una religión sean superiores a las leyes de la República. Es así de simple”.

Y así de complejo, porque no es fácil de entender desde una perspectiva laica la intervención estatal para financiar y organizar la formación autónoma de los imanes que predican en las mezquitas. Actualmente llegan cada año unos trescientos, procedentes sobre todo de Turquía, Marruecos y Argelia. El Estado asumiría la responsabilidad de su formación, con el apoyo del Consejo francés del culto musulmán.

Macron se propone también abolir en los centros confesionales la enseñanza de la lengua y la cultura de los países de origen. Se ocupan de esa tarea profesores designados y enviados por gobiernos extranjeros. Los programas actuales se sustituirían por otros de carácter internacional, integrados en los planes de estudio. Como era previsible, Turquía se opone radicalmente al proyecto.

Queda en el aire, en fin, el contenido de la posible ley sobre cuestiones económicas: así, la construcción y el mantenimiento de mezquitas, o la transparencia en los flujos financieros derivados de los productos halal y de la organización de las peregrinaciones a la Meca.

La cultura católica, especialmente desde el Concilio Vaticano II, fomenta la máxima comprensión y entendimiento con hebreos y musulmanes, “merecedores de admiración por todo lo que en su culto a Dios hay de verdadero y de bueno”, en expresión de Pablo VI. Ese espíritu permite apoyar también iniciativas en el campo de la libertad religiosa, de la hermandad humana, de la cultura, de la asistencia social. Forma parte de la fraternidad humana, objeto de la famosa declaración de Abu Dabi, firmada hace ahora un año

Pero, en el plano de la acción política, no parece posible la integración, mientras subsistan fuertes posiciones que consideran irrenunciables los elementos tomados de la sharía, la ley islámica, por encima de cualquier ordenamiento jurídico estatal.

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