Opinión

La deriva apocalíptica del movimiento ecologista

Prevenir los delitos ecológicos.
photo_camera Prevenir los delitos ecológicos.

Parecen haber cesado los incendios –cíclicos- en la Amazonia, con lo que desaparecería uno de los elementos apocalípticos de la amenaza del fin del mundo por el colapso del medio ambiente. Ese fenómeno ha reflejado en parte el doble rasero con que se abordan estas delicadas cuestiones, como expresaba en una viñeta el dibujante Xavier Goncé: “los ecolo-exaltados están en el oeste, pero las centrales de carbón, en el este”.

No es fácil entender a los militantes radicales, que exigen comportamientos religiosos -arrepentimiento, expiación-, para recuperar la pureza original… A veces, desde la perspectiva de un modesto senderista de la sierra de Madrid, parecen molestos con el aumento de personas que goza de la naturaleza los fines de semana: cada vez más prohibiciones y límites. Recuerdan la pena de Charles Péguy –en otro contexto- antes quienes quieren conservar las manos tan puras que acaban por no tener manos. El colmo, un prohibido el paso a peatones en una de las pistas forestales que cruzan la hoya de san Blas: daba acceso a un camino abierto para acceder en vehículos a las trampas contra las cabras montesas, llevadas por los ecologistas como especie protegida, que destrozaban un hábitat ya bastante duro: es mi hipótesis de trabajo, que rectificaré con gusto si existe otra explicación…

Ciertamente, hay que proteger la naturaleza, pero no necesariamente a base de prohibiciones. Entre otras cosas, porque lo peor de la sierra de Madrid, normalmente cerca de carreteras –plásticos y envases abandonados-, no se resuelve con bandos, sino con sensibilidad. No hay lugar para el maniqueísmo: basta pensar en los depósitos de agua, cerrados, que se encuentran en tantos lugares de los bosques de Valsaín, seguro de vida en caso de incendio… Un ejemplo de cómo la civilización humana ayuda a proteger la naturaleza.

Esta realidad no impide la tipificación de los delitos contra el medio ambiente en las leyes penales. Resulta necesaria la sanción contra los recalcitrantes, aunque, al menos en España, las frecuentes y sucesivas reformas del código están provocando cierta confusión sistemática, con una relativa desproporción respecto de infracciones más clásicas.

En este campo, el delito ecológico ha precedido al pecado ecológico. En el reciente sínodo para la Amazonia, entre las propuestas entregadas al papa, no falta una referencia omnicomprensiva a este nuevo ilícito moral: “Proponemos definir el pecado ecológico como una acción u omisión contra Dios, contra el prójimo, la comunidad y el ambiente”, se lee en el Documento final; se explica también que es un pecado “contra las futuras generaciones”, manifestado “en actos y hábitos de contaminación y destrucción de la armonía del ambiente, transgresiones contra los principios de interdependencia y la ruptura de las redes de solidaridad entre las criaturas y contra la virtud de la justicia”.

Con mucho mayor rigor, también lingüístico, lo había tratado el papa Francisco en la encíclica Laudato Si’: “La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes” (nº 2).

En el nº 8, el papa mencionaba el empeño del patriarca Bartolomé, que lamentó repetidamente “que los seres humanos destruyan la diversidad biológica en la creación divina; que los seres humanos degraden la integridad de la tierra y contribuyan al cambio climático, desnudando la tierra de sus bosques naturales o destruyendo sus zonas húmedas; que los seres humanos contaminen las aguas, el suelo, el aire. Todos estos son pecados”. Porque “un crimen contra la naturaleza es un crimen contra nosotros mismos y un pecado contra Dios”.

A partir de los relatos sobre la creación del libro del Génesis se fundamenta la doctrina teológica acerca de una de las consecuencias del pecado original: “la armonía entre el Creador, la humanidad y lo creado fue destruida por haber pretendido ocupar el lugar de Dios, negándonos a reconocernos como criaturas limitadas”. Se desnaturalizó así el mandato de dominar la tierra (cf. Gn 1,28) y de “labrarla y cuidarla” (cf. Gn 2,15). Lejos del modelo de san Francisco de Asís, el pecado se manifiesta hoy con toda su fuerza también en “los ataques a la naturaleza” (cf. nº 66). Y el papa propone en 218 “una sana relación con lo creado como una dimensión de la conversión íntegra de la persona. Esto implica también reconocer los propios errores, pecados, vicios o negligencias, y arrepentirse de corazón, cambiar desde adentro”.

Nada que ver, pues, con los excesos y demagogias de un ecologismo radical cada vez más apocalíptico, que evoca los viejos tiempos del crecimiento cero preconizado por el Club de Roma. No será fácil la concordia entre civilización y naturaleza, conservación y progreso, tradición y futuro. Pero cabe siempre la esperanza de que, desde la ecología, se recupere –sin añorar el paraíso perdido- la fuerza de la ley natural que lanzó el estoicismo griego y asumió con luces nuevas el cristianismo.

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