Opinión

Dejar que los maestros enseñen lo que saben

Clase de religión.
photo_camera Clase de religión.

Hace ya mucho tiempo, se consiguió la plena escolarización en los países occidentales. Los sistemas difieren, pero los objetivos básicos son muy semejantes. Cosa distinta es la tendencia reciente a reformar con demasiada frecuencia los contenidos de los planes de estudio, y no sólo por razones pedagógicas, sino por influencias ideológicas y partidistas.

Para evitar la sobrecarga de los programas, se eliminan o reducen materias antes consideradas fundamentales. Y se añaden nuevos –a veces, minúsculos- contenidos, porque todos desean que, desde la parcela de poder político conseguida, “lo suyo” se enseñe en la escuela. Se produce así cierto galimatías y los efectos –si hemos de atender a los resultados de informes tipo Pisa- distan de ser halagüeños.

Se comprende el hastío de tantos maestros, y no por razones gremiales. Son ellos quienes conocen de verdad a los alumnos, sus carencias, sus posibilidades... Y saben bien lo fundamental que deberían aprender en las habilidades básicas del pensamiento, la expresión y la convivencia. Ahí pondrían todo su entusiasmo, si no distrajeran su atención las exigencias oficiales llenas, además, de burocracia. Porque, sí, la atención no es sólo problema del alumno... Demasiadas bagatelas disturban al profesor.

No sé cómo habrá acabado la protesta de los docentes de filosofía en Francia ante la reforma del mítico “bac” (el examen final del bachillerato, gran acontecimiento educativo y familiar al final del curso en el país vecino desde tiempo inmemorial).

Unos 350 profesores firmaron una tribuna en Le Monde contra la reforma impuesta para el Bac 2021 por el ministro Jean-Michel Blanquer: "nos abstendremos de participar en la mascarada de esta edición”. Le acusan de pretender prescindir de los profesores y destruir la relación pedagógica para sustituirla por procedimientos "neutros". Aun desmitificado con el paso de los años, el bac no había perdido su prestigio, y seguía conservando, como vestigio de tiempos de esplendor, el primer ejercicio escrito sobre filosofía. Se transforma ahora en una especie de prueba de expresión oral, subordinada a criterios de evaluación continua, y ésta con una fuerte carga informática. Los profesores lamentan el avance de los startupers y financieros de la EdTech, promotores de la digitalización de la escuela. El maestro se transformaría en una especie de ayudante pedagógico de una máquina, que no opina: se limita a corregir en cadena mediante un menú desplegable de anotaciones pregrabadas.

Los filósofos no aceptan ese rechazo del pensamiento. Con razón, consideran que la “desmaterialización” de la corrección de exámenes, muestra el profundo desconocimiento de lo propio de su oficio: lleva a una deriva social, cultural y ecológica, que extiende la coacción a todos los niveles de la sociedad. La encierra en una red de algoritmos. Puede parecer arcaico, pero les gustaría enseñar a los alumnos a través del diálogo, en una relación viva. Y no evaluar mecánicamente la valía de alumnos preparados sólo para ser futuros gestores.

Lo del viaje de estudios a Mallorca puede ser anecdótico, o bien síntoma efectivo del origen de una nueva ola de expansión del covid. En cualquier caso, muestra derivas poco satisfactorias de nuestro modesto equivalente al bac francés. Da que pensar sobre la eficacia del vigente sistema escolar. Y no parece que las reformas que se anuncian vayan precisamente en la dirección de mejorar el sentido crítico y la responsabilidad ética de las nuevas generaciones.

Rogaría a gobernantes y políticos electos que limitasen su furor legislativo, y dejasen  trabajar con más libertad a los maestros y, a ser posible, con mejores condiciones, también económicas.

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