Opinión

La defensa de la libertad puede justificar cierta orgullofobia

Más de una vez he lamentado la crueldad contra Fernandito, compartida con mis jovencísimos amigos insensatos en los veranos de Segovia. Las homofobias actuales son poco menos que nada frente a aquella desfachatez en una época más bien caracterizada por el silencio, la disciplina, la exigua crítica social. Aunque mal de muchos…, me consolé alguna vez recordando la agresión sufrida por mí en la oscuridad de un cine de Madrid por un pederasta adulto desconocido. Víctima después de verdugo. Sin traumas.

Como habitante de la capital de España en estos momentos, estoy más cansado que cuando niño por la actual agresión –ahora de otro signo- que me parece profundamente injusta, porque no es lógico defender los propios derechos violando los de los demás. Dentro de la amplia y generosa jurisprudencia del Tribunal Constitucional sobre el derecho a la información, se abrió paso que esa libertad no incluye el derecho al insulto (incluso si se trata de personas que ocupan un cargo público: en la marcha del sábado en París, foto de Hollande, con la boca tapada por la palabra traidor).

La profundización histórica de los derechos humanos se basa netamente en la progresiva centralidad de la dignidad humana. No se pueden sacralizar colectivos ni cosas abstractas. El sujeto de los derechos es la persona individual, por mucho que se intente culpabilizar penalmente a instituciones o sociedades: al final, siempre hay alguien que responde del ilícito, se quiera o no.

En esa posible equivocación cayeron probablemente quienes defendían a capa y espada los derechos de la verdad, y afirmaban que el error no tenía derechos: ése era precisamente su error. Como el de los fundamentalistas condenados por la jerarquía católica, porque interpretaban literalmente el viejo adagio del extra Ecclesia nihil salus.

Mi sensación es que el fundamentalismo laicista está incurriendo en una falacia semejante, al defender sin fisuras ideologías discutibles por tantos conceptos. Confunden y crucifican a quien habla en contra, como si fuese enemigo de las personas, lo que no es el caso.

Y ha mitificado el orgullo. Me recuerda, en sentido contrario, la maravilla de esa difícil humildad, parte de la virtud de la templanza, que hace equilibrada a la gente. Mueve a actuar por razones objetivas, sin buscar protagonismos ni aplausos. Facilita la convivencia, frente a la vanidad, la soberbia y el orgullo, raíces de la mayor parte de los conflictos, porque no dan el brazo a torcer.

Me vienen a la mente sinónimos –aunque cada uno aporte un matiz propio- que denotan el carácter objetivamente negativo de ciertos comportamientos –quizá el mío en estos momentos- que reflejan soberbia, orgullo, egocentrismo, presunción, altanería, arrogancia, vanidad, engreimiento. Sin ponerse trascendente, preciso es reconocer que no somos ni seremos dioses, pero dependemos de Dios en todo; al cabo somos criaturas, enriquecidas por lo mejor de su imagen y semejanza: la libertad.

Se puede entender mi rechazo del orgullo en sí, con mayor motivo, en sus consecuencias hacia los demás. El vanidoso suele acabar en cierto ridículo, que le aparta del aprecio de los demás, aunque le disculpen con una mirada entre irónica y comprensiva. Pero el orgulloso difícilmente suscita un mínimo de aceptación; más bien justifica el rechazo y el alejamiento.

Me dispongo a sufrir con serenidad estoica las afrentas de estos días, si se repiten las de años anteriores, en el contexto de unas celebraciones en Madrid, que no respetan mis derechos, y se financian con demasiado gasto público. Quien haya tenido la paciencia de leer artículos míos precedentes, sabrá de mi oposición a las subvenciones ideológicas. Mi crítica no admite excepciones, en la línea del viejo lema liberal –y quizá burgués, en el sentido clásico del término- de Medina del Campo: ni del rey oficio, ni del papa beneficio. Con el dinero de todos no se pueden financiar ideas o acciones de unos: ni partidos, ni sindicatos, ni medios de comunicación o educación, ni confesiones religiosas. Menos aún, cuando su lema es el orgullo, no precisamente una virtud, tampoco desde la imperecedera Ética a Nicómaco de Aristóteles.




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