Opinión

Ante la crisis de los refugiados, la Francia laica se dirige a las iglesias

Son evidentes los bandazos de la política europea sobre refugiados y asilo. Aunque en sí la emigración es competencia de los Estados, no ocurre lo mismo con los principios generales sobre el derecho de asilo. Sin embargo, el tema se aborda consejo tras consejo sin lograr avances. Y el affaire del Aquarius ha venido a poner sobre el tapete dramáticamente la debilidad del sistema ante una de las grandes tragedias del viejo continente.

En este contexto, y más aún en la Francia republicana y laica, lo último que uno se esperaba era un manifiesto, firmado sobre todo por personalidades de la izquierda, que pide ayuda a las confesiones religiosas. El propio título con que Le Monde presenta el documento refleja resonancias del origen eclesiástico del derecho de asilo...: “¡por un asilo santuarizado en los santuarios!”  Entre los primeros firmantes, aparte del superclásico Edgar Morin, Jacques Attali, Alain Touraine, Olivier Mongin, Yves Cochet, Daniel Pennac, Corine Pelluchon.

A lo largo de los años, se han sucedido, también en Francia, leyes cada vez más represivas –la última, del pasado 22 de abril-, en el límite de la constitucionalidad, como sucede con algunas propuestas recientes elaboradas en Bruselas. La reforma del derecho de asilo promovida por Europa se considera anticonstitucional por el Consejo de Estado francés. En el fondo, ese derecho humano forma parte de la "identidad constitucional de Francia": no se puede devolver a un solicitante de asilo a un tercer país considerado "seguro" sin antes estudiar su expediente sobre el fondo. Actualmente, Europa cuenta con el consenso de Turquía –no precisamente gratuito- para derivar inmigrantes. Pero esa solución se opone al párrafo cuarto del preámbulo de la Constitución de 1946, al que se remite la vigente de 1958: “todo hombre perseguido por su acción a favor de la libertad tiene derecho de asilo en los territorios de la República”. Aun en el caso de que prospere en Bruselas, esa solución exigirá una reforma constitucional en Francia.

Pero la tierra emblemática del derecho de asilo asiste impávida a evacuaciones de campamentos de exiliados. Ciertamente presiona la extrema derecha de Le Pen, como en otras naciones, pero la política restrictiva ha sido protagonizada sucesivamente por Nicolas Sarkozy, François Hollande y Emmanuel Macron quien, por cierto, está más de acuerdo con el Ministro del Interior italiano, Matteo Salvini, de lo que pudo parecer en los primeros momentos de tensión.

El manifiesto evoca la durísima ruta de los exiliados, que ofrece un cúmulo excepcional de tragedias contemporáneas, donde se despliegan las gamas modernas del sufrimiento humano: proceden de situaciones de guerra letales como Siria, Sudán o Yemen, o de sistemas autoritarios represivos como Eritrea, que proyectan una precariedad absoluta sobre las capas más pobres del Tercer Mundo, que no dudan en arriesgar la vida hacia un camino de libertad... que acaba en los campos de retención.

Los firmantes del documento confían en que los demócratas de los países europeos lucharán por una política común de hospitalidad digna. Pero entretanto se permiten hacer una llamada angustiosa “a los representantes de las instituciones que precedieron históricamente al estado nación, mucho antes del siglo XIX, para recordar su constante predicación, subrayada sin cesar, en concreto, por el actual Papa católico: abrir generosamente lugares de hospitalidad a las personas en exilio”.

En la práctica, hacen “un llamamiento a los ministros de todas las religiones en Francia y Europa para que abran las puertas de sus iglesias, templos, mezquitas y sinagogas, lugares de culto seculares y regulares, parques, escuelas y bibliotecas, sitios de su propiedad, para acoger a los exiliados desde su llegada, en línea con las asociaciones y voluntarios que están trabajando ya, y han permitido proteger a los menores no acompañados, haciéndose cargo de ellos sin el menor retraso”.

Aunque hoy en el Mediterráneo algunas ONG están bajo sospecha, la realidad es que, sin SOS-France, la Caritas del país vecino, y tantas otras organizaciones, los problemas serían mucho más inhumanos. Y no son pocos los obispos o párrocos que vienen poniendo en práctica medidas de acogida. Hace años, con motivo de guerras y persecuciones en Oriente nació un “ecumenismo de sangre”. De modo análogo, tal vez la intensidad del actual problema humanitario ayude a fortalecer una laicidad de concordia, alejada de arcaicos tics laicistas.





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