Opinión

No cesa en China la batalla contra el crecimiento de la vida cristiana

El régimen de Pekín está continuamente presente en los medios de comunicación, por abundantes y comprensibles razones. La última, de estos días, es la próxima reforma de la política del hijo único, para pasar a la dos. Los científicos de la demografía consideran insostenible el futuro económico con el sistema actual: el posible cambio no se fundaría en razones de libertad familiar, sino de pura previsión de eficiencia financiera.

En España apenas se habla de la represión de la libertad religiosa, que sigue con fuerza, a pesar de la actitud dialogante de los últimos pontífices romanos, también de Francisco. La Santa Sede puso muchos medios durante el pontificado de Juan Pablo II para intensificar el diálogo con el régimen de Pekín, y tratar también de resolver el problema de la iglesia patriótica. Con Benedicto XVI se dieron nuevos pasos. Envió una externa carta a los católicos en 2007, e instituyó una jornada anual de oración, el 24 de mayo, fiesta de María Auxiliadora, patrona de China, venerada en el santuario mariano nacional de Shenshan, a unos 40 Km. de Shangai.

Pero la realidad es que las autoridades chinas siguen destruyendo templos –basta que incumplan real o supuestamente alguno de los múltiples requisitos administrativos establecidos para los edificios dedicadas al culto o, al menos, exigen retirar las cruces de fachadas o torres, porque son demasiado visibles: contaminan el horizonte... Se estima que el año pasado, sólo en la provincia de Zhejiang, la represión oficial afectó a 425 templos.

Se trata de una persecución mucho más sutil que la de los yihadistas del Estado Islámico, pero no menos real. Con la diferencia de que los cristianos disminuyen en Oriente –por la violencia y el exilio casi forzoso, mientras que aumentan en China, especialmente entre personas de nivel intelectual y profesional, lejos de la imagen antigua de las misiones en ámbitos rurales pobres. Como ha escrito el sociólogo norteamericano Rodney Stark, China podría ser en las próximas décadas el país con mayor número de cristianos, más aún que Brasil.

El profesor emérito de Baylo University de Waco (EEUU), ha descrito la atracción que ejerce el cristianismo sobre la población de China, después del desierto de la Revolución Cultural. Antes de 1949, los cristianos no llegaban quizá al 1%. En 2010, entre católicos y protestantes, eran ya 67 millones de personas. El incremento se debe –según una explicación sociológica, siempre discutible a que los chinos ven el cristianismo como una religión compatible con el mundo moderno, que incluiría libertad y democracia (más que las religiones tradicionales). De hecho, las conversiones se producen en personas relativamente jóvenes, con formación cultural.

Ciertamente, ha amainado la violencia de los tiempos de Mao, que condenaba sin juicio a los creyentes, y trataba de lavarles el cerebro en cárceles y campos de reeducación. Se les obligaba, por ejemplo, a leer todos los días el “Diario del pueblo”, el más importante periódico comunista, instrumento de una feroz propaganda del materialismo marxista, el ateísmo, el leninismo y el pensamiento de Mao. Además, con frecuencia, a la lectura –que podía ser sólo aparente se añadían discursos y proclamas difundidos por los altavoces de las prisiones durante horas y horas. Resultaba casi imposible no escuchar.

De hecho, según escribe Piero Gheddo, el Superior General de las obras misionales pontificias desde 2013, P. Ferruccio Brambillasca, viajó a China el pasado mes de junio. En una carta dirigida a los misioneros de ese instituto, que trabaja en diversos países del mundo, considera que el continente amarillo atraviesa un momento de grandes cambios y estima que “la Iglesia necesita misioneros capaces de construir no grandes estructuras o proyectos insostenibles, sino –enamorados de Cristo capaces de forjar personalidades, sacerdotes, religiosos e incluso laicos, que sepan llevar adelante la Iglesia y su propio carisma”. No excluye una presencia de misioneros extranjeros –Mao expulsó en unos años a los 5000 que había entonces, “muy discreta y humilde, capaz de un anuncio sin ruido, que parece no cambiar a nadie, pero se transforma a sí mismo y a la realidad inmediata, también en China”.

El gran riesgo siendo siendo el recrudecimiento de la persecución, que puede acelerarse en cualquier momento, como consecuencia de factores políticos domésticos, no religiosos.

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