Opinión

El aparente silencio de Dios ante las tragedias humanas

Periodistas y políticos dedicarán mucha atención a la tragedia y a sus diversas razones y consecuencias. Pero, sin dejar de atender a problemas reales que podrían evitarse –o no‑ en el futuro, el drama invita también a reflexionar sobre el sentido de la vida y de la muerte, que trasciende estrictos marcos ciudadanos.

En estos terribles acontecimientos, vuelve siempre a la memoria el terremoto que asoló Lisboa el día primero de noviembre de 1755. Constituyó un gravísimo escándalo para Voltaire. No entendía cómo Dios podía permitir la muerte de tantos inocentes a manos de las fuerzas de la naturaleza.

Mayores problemas se plantearán en el siglo XX, con las dos guerras mundiales y especialmente con el Holocausto. El mal no procede ya de fuerzas ciegas, sino de las decisiones de personas, y la humanidad se pregunta dónde estaba Dios que no evitaba comportamientos tan inhumanos. Hans Jonas, en su breve ensayo sobre El concepto de Dios después de Auschwitz, describió bien a ese perplejo ser, incapaz de comprender la existencia de una divinidad que autoriza el mal absoluto.

Sin embargo, y en contra de tanto profeta del secularismo, no crece el ateísmo en el mundo. Ciertamente, el espíritu de Europa ha envejecido, y la tradicional religiosidad de EEUU manifiesta fisuras. Pero se comprende que una tragedia en Santiago de Compostela reabra la esperanza de caminantes y peregrinos, en la estela de la famosa apelación de Juan Pablo II en 1982.

El hecho, pleno de dolor y solidaridad, golpea en la conciencia. No bastan suaves halagos de alternativas a lo New Age. Reaparece con fuerza la inquietud del corazón que hizo famoso a Agustín de Hipona. Y vuelve a la mente la profecía de Malraux sobre el renacer religioso del siglo XXI. La sed de Dios brota, al menos, como recurso ante la magnitud de dramas e injusticias, que parecerían confirmar el "si Dios no existe, todo está permitido" de Dostoievsky.

En su momento, tendremos noticia bastante cierta de las causas del accidente y se repartirán responsabilidades. No estarán lejos de esa arrogancia ‑personal o técnica‑ tan ajena a la auténtica fe cristiana, como recuerda Francisco en la encíclica Lumen fidei, 34. Con expresión quizá ratzingeriana, afirma que "la luz del amor, propia de la fe, puede iluminar los interrogantes de nuestro tiempo en cuanto a la verdad". La fe que nace del amor "puede llegar al corazón de cada hombre: "El creyente no es arrogante; al contrario, la verdad le hace humilde, sabiendo que, más que poseerla él, es ella la que le abraza y le posee. En lugar de hacernos intolerantes, la seguridad de la fe nos pone en camino y hace posible el testimonio y el diálogo con todos".

Ya al término de esa encíclica, reafirma que "hablar de fe comporta a menudo hablar también de pruebas dolorosas, pero precisamente en ellas san Pablo ve el anuncio más convincente del Evangelio, porque en la debilidad y en el sufrimiento se hace manifiesta y palpable el poder de Dios que supera nuestra debilidad y nuestro sufrimiento. (...) En la hora de la prueba, la fe nos ilumina y, precisamente en medio del sufrimiento y la debilidad, aparece claro que 'no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor' (2 Co 4,5)".

El papa Francisco comunicó enseguida al arzobispo compostelano sus sentimientos de intenso dolor, y manifestó a todos su cercanía espiritual, fraterno afecto y emocionada solidaridad, "asegurándoles al mismo tiempo que ofrezco sufragios por los difuntos y oraciones por todos los que se encuentran maltrechos en estos momentos de aflicción, pidiendo a Dios su pronta y total recuperación".

La bendición papal es "portadora de la esperanza que viene de la fe y del consuelo que ofrece el auténtico amor". Sin eufemismos, por mucho que cueste abrir hoy y aquí espacio a la trascendencia, "la luz de la fe no disipa todas nuestras tinieblas, sino que, como una lámpara, guía nuestros pasos en la noche, y esto basta para caminar" (Lumen fidei, 57).

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