Opinión

El amor a la vida, don de la comunidad cristiana a la familia humana en tiempos de coronavirus

Mons. Vincenzo Paglia, presidente de la Pontificia Academia de la Vida.
photo_camera Mons. Vincenzo Paglia, presidente de la Pontificia Academia de la Vida.

No voy a recordar el desvelo, desde el papa Francisco al último católico en cualquier rincón del mundo, para ayudar a entender y sobrellevar las dolencias de la pandemia. Me quiero referir al esfuerzo de la Academia Pontificia de la Vida para aportar bases doctrinales a la reflexión de los creyentes en estos tiempos de dolor e incertidumbres.

Hace unos días, Vatican News difundía un texto con un título desconcertante a primera vista, para quien no está en los intríngulis: información útil sobre el Documento de la Academia Pontificia para la Vida: Humana Communitas en la era de la pandemia: Consideraciones intempestivas sobre el renacimiento de la vida. No parece un informe completamente articulado, sino más bien una reunión de materiales con los que cada lector puede construir su propio relato. Han contribuido al  texto, entre otros, el académico prof. Henk ten Have, uno de los principales expertos en bioética global, y prof. Roberto Dell’Oro, de la Universidad Loyola Marymount.

En la información general, se incluye una entrevista al presidente de la Academia, Mons. Vincenzo Paglia, que ofrece aportaciones de entidad. En cierto modo, ofrece una gran síntesis del trabajo realizado cuando responde a la pregunta sobre el papel de la comunidad cristiana en esta crisis, en torno a varias palabras clave: vulnerabilidad, interdependencia, cooperación, solidaridad, acceso a tratamientos.

“La comunidad cristiana puede ayudar en primer lugar a interpretar la crisis no solo como un hecho organizativo, que puede superarse mejorando la eficiencia. Es una cuestión de comprender más profundamente que la incertidumbre y la fragilidad son dimensiones constitutivas de la condición humana. Este límite debe respetarse y tenerse en cuenta en cada proyecto de desarrollo, cuidando la vulnerabilidad de los demás, porque nos confiamos el uno al otro. Es una conversión que pide incluir y elaborar existencial y socialmente la experiencia de la pérdida. Solo a partir de esta conciencia será posible involucrar la conciencia y un cambio que nos haga responsables y solidarios en una fraternidad global”.

Como se repite desde tantas instancias, no se puede perder la oportunidad de poner en marcha, no meros ajustes organizativos, sino nuevos modelos de desarrollo y convivencia, que estén cada vez más en consonancia con la dignidad humana, tan amenazada en muchos aspectos antes de la expansión cósmica de la pandemia. Así, el reciente acuerdo alcanzado por los líderes de la Unión Europea puede quedarse en simple “salida”, o ser el comienzo de un replanteamiento a fondo de las raíces comunitarias. No es cuestión de números, sino de ideas.

Es útil efectivamente la lectura de este segundo informe de la Academia Pontificia para la Vida desde que comenzó la crisis. Se inscribe en la estela de Humana Communitas, la carta del papa Francisco en 2019 al presidente de la Academia para la Vida con motivo del XXV aniversario de la institución; ¿para qué negarlo?, es muchísimo mejor: en el fondo y también en la forma, al menos en la deslavazada versión en castellano del documento.

Desde el arranque, sitúa el misterio de la vida en sus auténticas raíces: “La comunidad humana ha sido el sueño de Dios desde antes de la creación del mundo (cf. Ef 1,3-14). El Hijo eterno engendrado por Dios tomó en ella carne y sangre, corazón y afectos. La gran familia de la humanidad se reconoce a sí misma en el misterio de la generación. De hecho, entre las criaturas humanas la iniciación familiar en la fraternidad puede ser considerada como un verdadero tesoro escondido, con vistas a la reorganización comunitaria de las políticas sociales y a los derechos humanos, tan necesarios hoy en día. Para que esto pueda darse, necesitamos ser cada vez más conscientes de nuestro común origen en la creación y el amor de Dios”.

No se podrá construir un nuevo planeta si se olvida o se pone entre paréntesis la “pasión de Dios por la criatura humana y su mundo. Dios la hizo a su ‘imagen’ —‘varón y mujer’, los creó (cf. Gn 1,27)— como una criatura espiritual y sensible, consciente y libre. (...) La familia humana es una comunidad de origen y de destino, cuyo cumplimiento está escondido, con Cristo, en Dios (cf. Col 3,1-4). En nuestro tiempo, la Iglesia está llamada a relanzar vigorosamente el humanismo de la vida que surge de esta pasión de Dios por la criatura humana. El compromiso para comprender, promover y defender la vida de todo ser humano toma su impulso de este amor incondicional de Dios. La belleza y el atractivo del Evangelio nos muestran que el amor al prójimo no se reduce a la aplicación de unos criterios de conveniencia económica y política o a ‘algunos acentos doctrinales o morales que proceden de determinadas opciones ideológicas’ (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24 noviembre 2013, 39)”.

Basten estas citas para comprender la necesidad de un sentido radical para la vida humana. En la estela de sus predecesores, especialmente la encíclica Evangelium vitae-, el papa sintetiza ese fundamento en una docena de apretados puntos, que vale la pena releer: Humana Communitas

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